martes, 30 de junio de 2020

AguaProfunda - Refugio de Conspiraciones Oscuras - ACTO II - Sesión 2 - La Serpiente se revuelve

Aunque la noche no fue la más apacible que el variopinto grupo de aventureros había tenido, al menos había un techo sobre sus cabezas. Las ratas no causaron muchos problemas, ni las cucarachas de las que éstas se alimentaban. Finalmente, por la mañana, con el ruido de la gigantesca urbe y el ajetreado puerto, mientras todos se resguardaban de miradas indiscretas en el almacén abandonado, Idris decidió hacer una incursión matutina en el mercado, para deshacerse de la "mercancía" requisada a los Xanatharianos en la posada, además de hacer algunas compras con la pasta obtenida de sus cuerpos aún sangrantes con que mejorar el equipamiento del grupo que pretendía cumplir su trato con la fugitiva Yagra.

Al salir del almacén abandonado, en la paralela al norte del cruce de las Calles Presper y Seis Barriletes, la elfa taimada se dirigió hacia el Carril de La Víbora, donde la esperaba El Herrero Escamoso, una tienda de equipo de aventurero modesta y abarrotada, regentada por un dracónido dorado de dimensiones enormes y diminutos anteojos, cuya sonrisa era lo más parecido a que un lechón observa antes de que el cocodrilo lo devore. Negociando con el enorme -y amable- Rischard, la elfa flirteó como era costumbre para intentar que el firme tendero le hiciese un descuento, el cual éste -como era costumbre- negó con amabilidad, dada la modestia de su negocio.
Su siguiente visita era un asunto de mayor prudencia, pues en el Carril Estrella Negra encontraría la herrería enana de las Hojas Silbantes... pero también antes de llegar a ella, tenía que pasar junto al Cuartel de la Guardia de los Muelles. Escuchando a un jovencito entre la muchedumbre vender un periódico, la muchacha compró un ejemplar para pasar desapercibida... habida cuenta que en la puerta del Cuartel, un molesto Capitán Hyustus

parecía intercambiar intensas impresiones con un extraño elfo de vestimentas extravagantes, mientras daba un enérgico golpe en su mano con un folleto periodístico. Teniendo en cuenta lo sucedido la noche anterior, no tenía ganas de cruzarse con alguien a quien a lo mejor tenía que dar explicaciones si algún testigo lo había puesto en conocimiento de su implicación con las muertes ocurridas en la posada. Así, zigzagueando con la mirada fija en su destino, bordeó por Calle Caracol hasta la entrada de las Hojas Silbantes.
Al entrar, el espectáculo que encontró fue de lo más curioso: el regente de la herrería, un enano de cabello y barba blancos, con rollizos mofletes y brazos como troncos se mesaba la barba con expresión desesperada ante cinco gnomos que no se ponían de acuerdo en una compra común de herramientas y muestrario. Viendo llegar una nueva clienta, suspiró y apartó con una sonrisa forzada a sus otros alborotados clientes, indicándoles que podían hacer sus cábalas tranquilamente en otra parte del recibidor, mientras él atendía a la recién llegada. Braddar el Herrero recibió a la muchacha con cierta suspicacia, cuando ésta le planteó un negocio de intercambio de bienes, donde ella le proporcionaba una buena cantidad de material para vender, a cambio de algunas armas, armaduras y munición. Aunque el enano parecía duro en su habilidad para contrastar la lamentable calidad de lo entregado, al final llegaron a un acuerdo en que Idris recibió una decente cantidad de dinero por el material entregado, menos el porcentaje correspondiente a la compra realizada. Despidiéndose de ella con un suspiro, Braddar volvió con gesto adusto a los ruidosos gnomos, tratando de espantarlos como una manada de ovejas de su camino al pasar al mostrador. Idris, al poner sus ojos en el Cuartel, se percató que el extraño elfo
ahora hablaba con otro hombre: un humano elegante de cabello plateado, quien aferraba con seguridad un libro repujado en cuero con adornos de pedrería. Interesada y curiosa por la identidad de aquellas personas que rondaban el Cuartel, utilizó su habilidad para pasar desapercibida entre la gente para acercarse lo bastante a límites auditivos -leyendo su periódico-, hasta descubrir que los conversadores (Naëris el Elfo y Vincen el Humano) hablaban de una investigación que Vincen estaba realizando en el puerto, por donde había empezado a desplegar sus "ojos y oídos" (contactos) para encontrar indicios de drow.
Por su parte, Naëris seguía insistiendo prudentemente en que la muerte del antiguo propietario de su posada, Lif, era un quebradero de cabeza que le estaba costando el tiempo y el esfuerzo que robaba a otros asuntos, así que necesitaba respuestas que Vincen podría entregarle.
Habiendo curioseado lo suficiente, antes de exponerse a ser descubierta, Idris se marchó rápidamente con su compra hasta volver al almacén. Allí, Yagra se sobresaltó al sentir la llegada de la elfa. Estaba claro que los nervios de la fugitiva le estaban pasando factura. Aquello la tenía en vilo. Cuando el grupo estuvo reunido de nuevo y repartiendo sus pertrechos, empezó a planificar qué opciones tenían con la semiorca, incluyendo el hecho de que podría convertirse en un problema. De hecho, al poco de llegar Idris, al grupo le llamó la atención la portada del noticiario que traía: El Unicornio Azul. A pesar de saber de oídas que se trataba de una revista de cotilleo en la que los nobles de AguaProfunda eran despellejados mordazmente, la portada traía algo suculento en cuanto a verdadera actualidad. Un boceto del rostro de Yagra -relativamente conseguido- así como su nombre era distribuido por la Guardia de AguaProfunda. Aquella fugitiva era buscada por conspiración y participación en el asesinato de un noble de la ciudad, el hijo menor de la familia Atriu, Lord Philleas. Aunque la guardia no ofrecía una recompensa formal, otra parte del reportaje indicaba que una familia con posibles tramas de corrupción, en la que un hijo asesinado en un almacén sórdido cerca de los muelles, no debería sentirse muy orgullosa de quedar señalada de aquella manera. Así pues, Lord Nwanhem, el cabeza de familia, ofrecía una recompensa -no indicada- por traerle a la responsable reconocida por los testigos de los hechos, la semiorca Yagra.
Ante aquella nueva información, los compañeros observaban a Yagra con escepticismo, pues no sólo estaba ya en el punto de mira de los Zhentarim, sino también en el de la guardia... y el de un noble enfurecido de la ciudad. Quizá entregarla a los vigilantes de la ciudad les permitiría sacudirse un problema de encima, y ya pensarían luego que hacer con el pequeño periplo de haber sido vistos junto a ella cuando escapaba de la posada en la que había sido atacada. En cualquier caso, ya que había algunos cabos sueltos en la noche anterior, Chen preguntó sobre la identidad del tipo con el que parecía hablar antes de que se desatase el caos en la posada e intentasen matarla aquellos imbéciles. La semiorca explicó que se trataba de un contacto en el Mercado Negro al que conocía desde hacía tiempo. Puesto que en ese momento no podía disponer de sus pertenencias dentro de la Red Negra, precisaba equiparse de manera decente antes de poder hacer su siguiente movimiento. De todas formas, no debían preocuparse. Aquel tipo no sabía nada sobre su relación con los Zhentarim, y sólo era un contacto que se había trabajado bastante para casos de necesidad. Cuando huyó en el asalto de los Xanathar, lo más probable es que no soltase prenda, porque en realidad escurrió el bulto al detectar que había problemas... y eso era lo que mejor sabía hacer. Escurrir el bulto, cerrar la boca, y dedicarse a sus trapicheos. Por eso seguía vivo en un lugar como los Muelles. Con una Idris muy desconfiada ante el encargo de proteger a Yagra, quería saber más, sobre todo del asunto del periódico. Como ya les había explicado la noche anterior la semiorca, cuando un Zhent fallaba una misión, era castigado por ello, pues su forma de castigo se convertía además en una lección para otros dentro de la Red Negra. Sin embargo, lo que no le cuadraba era cómo los Xanathar la habían encontrado la noche anterior en aquel tugurio. Recordó que hacía días tuvo un altercado con ellos en el Portal Bostezante, y unos aventureros se interpusieron en el asunto, ayudándola a salir del paso.
Podría haber pasado por una coincidencia, pero entonces volvió a encontrarlos en el Portal Bostezante, codeándose aquí y allá con gente interesante en la posada -hasta con el propio Durnan, cosa extraña-. Así que Yagra vio en aquellos jóvenes una oportunidad para un negocio en ciernes que la Red Negra le había encargado. Al parecer, los aventureros la noche anterior se habían despachado muy bien con un asalto a la posada por parte de unos orcos, así que les propuso un negocio al anochecer. Un noble de la ciudad que quería ingresar en los Zhentarim deseaba finalizar unos asuntos privados en el puerto, y para no implicar a su familia, decidió contratar mercenarios como seguridad privada. Yagra puso a los aventureros y al noble en común, falsificando un contrato de comercio para que los jóvenes se quedasen tranquilos, pagando incluso un adelanto. Sin embargo, aquellos mismos aventureros fueron después quienes al parecer entraron en contacto con la Guardia tras ser inicialmente detenidos por una circunstancia extraña. Pero de aquella situación derivó que el noble al que escoltaron fue asesinado... y la adquisición de aquel puesto de importancia para expandir sus negocios a alto rango por parte de la Red Negra se vio truncado. Fallar en aquel importante negocio, incluyendo manejar la posición y bienes del noble, era un error imperdonable. Y por eso Yagra se vio forzada a huir. De hecho, dejó atrás a un contacto importante en el Portal Bostezante, quien le transmitía sus misiones. Pero en su huída fue incapaz de hallarlo. Esa noche lo había perdido de vista. En aquel momento, calculó que debía alejarse de todos sus conocidos y contactos, hasta que logró negociar con sus pocos aliados de confianza -en teoría- dentro de los Zhentarim, para que la ayudasen a salir de la ciudad a través de uno de los túneles secretos de la Red. Pero estaba claro que sus "aliados" consideraron que la lealtad a los Zhent era más valiosa. Así que estaba segura de que ellos mismos la habían denunciado a la Red Negra, y por eso ahora estaba en aquella situación. Pero los Xanathar seguían siendo una duda. De pronto, durante la conversación, de la muchedumbre una sombra se acercó a la puerta del almacén y pasó por debajo un panfleto. Curiosos por lo sucedido, a la vez que Kurgan tomaba el panfleto, Idris se asomaba por la ventana lateral para ver quién había echado ese papel, pero no logró distinguir nada entre la muchedumbre. Sorprendido de ver lo que era, Kurgan lo enseñó al resto: un folleto de reclutamiento de los Zhentarim. En él se explicaban las glorias y beneficios de pertenecer a su organización: trabajo, viajes, remuneración adecuada, comercio y prestigio. Todo muy legal. Sobresaltados, empezaron a pensar que los Zhent los habían descubierto, pero Kurgan hizo una observación bastante sensata. Si de verdad lo habían hecho, y teniendo en cuenta quién buscaba a la semiorca, no distraerían al grupo con un simple panfleto de aspecto tan legar por una puerta. Directamente habrían entrado con un equipo de asalto para matar a todo el mundo y capturar a Yagra. Pensándolo bien, Chen estuvo de acuerdo con la idea de su viejo camarada del ejército. Hasta Idris tuvo que admitir que aquello sonaba verosímil. Pero Idris, cada vez más molesta con aquellas palabras, explicó que no pensaba enemistarse con la Red Negra por las 100 monedas que en ese momento poseía encima Yagra para negociar con sus "aliados" su huída. Por sus conocimientos, aunque los Zhentarim públicamente se dedicaban a actividades de comercio totalmente legales, incluso siendo emisarios y embajadores de otras tierras -proporcionando materiales de diversos tipos a sus clientes-, la parte bajo aquella fachada les hacía extenderse de forma segura moviéndose con toda la cautela posible en asuntos mucho más turbios y peligrosos. Conocía por contactos de confianza que quien les fallaba, arriesgándolos a exponerse públicamente, sufría un castigo expeditivo, que incluía tanto a testigos eventuales como a las propias filas de la Red Negra, a causa de dicho fallo. Era una organización tremendamente complicada. Y por ese motivo, aunque Yagra prometía pagar una mejor suma al margen del adelanto cuando saliesen de la ciudad, en absoluto la elfa estaba satisfecha con la historia que la semiorca contaba. No pensaba mover ni un músculo por poner en peligro su trasero, sin conocer los beneficios. Tenía claro que en el mundo por el que ella se movía, aquellas cuestiones eran sólo negocios. Pero no pensaba perder la vida en aquellos negocios. Una vez más, Yagra explicaba que no poseía nada más que las 100 monedas de oro que podía dar en aquel momento, además del pago que haría al llegar a sitio seguro fuera de la ciudad. Al escuchar aquello, Idris se dirigió a Chen. Ya habían planteado entregarla. Lo más justo sería hacerlo. Las autoridades... o los Zhent... y aquello los sacaría de ser un blanco de la Red Negra. En ese momento, Yagra pidió calma y explicó que había una posibilidad de aumentar el adelanto... pero era un poco arriesgado, según se mirase. Valam, leyendo el comportamiento de la fugitiva, pudo constatar que, en el fondo, la mujer estaba desesperada, y buscaba cualquier clavo ardiendo al que agarrarse, incluyendo ofrecer todo lo que pudiera estar en su mano a los aventureros. Por ello... no mentía. Yagra poseía una casa... un refugio secreto que nadie conocía -lo que aseguró tras varias preguntas a tal efecto-. Nadie. Amigos, aliados Zhent, contactos, soplones... amantes. Nadie en absoluto. En el sudeste de Callejón Ganzúa había una pequeña casa frente a una pequeña arboleda. La sólida puerta principal era un engaño. Se trataba de una pared firme camuflada como entrada para evitar preguntas estúpidas. Para entrar por ella, era necesario acceder por la puerta de la leñera, desactivando una trampa de cuchilla venenosa en su cerradura. Y tras apartar una estantería de leños de la pared noroeste, una plancha corrediza similar a la pared del sótano podía ser desplazada con un empujón para entrar en el propio sótano. Allí, en la esquina más alejada de los estantes de la pared sudoeste había una caja de herramientas falsa. Desplazando la caja hacia un lado, tras tirar de ella de una forma determinada, se abriría una escotilla en el muro donde tenía una reserva personal de dinero para emergencias. Esperaba que aquello fuese suficiente. Si no se fiaban de su palabra, alguien del grupo podía quedarse con ella en el almacén abandonado -al fin y al cabo, era un lugar seguro hasta el momento-, y quienes fuesen más sigilosos podrían comprobar la casa y asegurarse de que decía la verdad. De nuevo Idris rezongaba ante una posible traición, pero Valam intentó poner un contrapunto sensato en el que, si les mentía, siempre podían entregarla a cualquiera de los que la buscaban y lavarse las manos. Al fin y al cabo, el dinero de Yagra estaba con ella, y ella no iba a ninguna parte... dijo mirando a Kurgan para asegurarse de que él, Chen... y Yagra... captaban con claridad la amenaza. 

Resoplando, Idris acompañó a Valam a la dirección indicada.

Atrás quedaba Kurgan, que empezó a leer con aburrimiento la revista de Idris, mientras Chen se limpiaba las uñas tranquilamente, echando un ojo a Yagra, que de vez en cuando mostraba gestos de nerviosismo sentándose, levantándose, caminando y volviendo a sentarse en otro lugar.

En otro lado, los dos elfos se apararon del flujo mayoritario de las calles de los Muelles, hasta alcanzar la solitaria dirección indicada. Parecía que, al margen de una bonita fuente ornamental, no había demasiado ruido que rompiese la tranquilidad de la zona deprimida. Comprobando -efectivamente- que la puerta principal era un elaborado y macizo engaño, se dirigieron a la leñera posterior. Allí, ya que Idris estaba aún molesta con todo aquello, fue incapaz de encontrar la trampa de la puerta... aunque Valam, más calmado, la apartó con suavidad para encontrar y abrir el pestillo que hacía saltar el mecanismo de bloqueo de la trampa, el cual también abría la cerradura de la puerta doble que llevaba a la leñera.
Bajando hasta el pequeño cuartillo lleno de moho y humedad, ambos apartaron la leña apolillada del murete más alejado de la escalera de entrada, donde Idris percibió con facilidad los encajes de la puerta, empujándola como se le había indicado... y abriendo la puerta secreta con un chasquido y un crujido, ambos se sorprendieron de encontrar un sótano abarrotado de gruesas telarañas tendidas de una a otra estanterías, lo que les dio mala espina... además de un movimiento en la esquina más alejada, donde algo que parecía portar ocho ónices brillantes encima se movió para orientarse hacia la puerta.
Cuando Valam encendió una antorcha para distinguirlo mejor, una araña del tamaño de un caballo (por la longitud de sus enormes patas) se encogió ante la luz recién prendida del fuego. Idris, sin pensarlo dos veces, agarró la antorcha y la arrojó al interior de la leñera, provocando que las telarañas empezasen a arder.
La araña, frustrada por la llegada de intrusos y aquella luz destructiva, corrió hacia la entrada secreta del sótano, recibiendo un disparo de arco de Valam mientras corría hacia ellos. Idris entonces sacó prácticamente a rastras a Valam, pegando al salir un portazo de la puerta doble de la leñera -aunque olvidó cerrar el pestillo de la trampa que bloqueaba la cerradura-.
Alejándose de la puerta, cuando su espalda topó con el tronco de un árbol cercano -al mismo tiempo que Valam se alejaba prudente en otra dirección-, la elfa desenvainó sus armas, al mismo tiempo que Valam apuntaba hacia la casa por precaución.
De una embestida, la inmensa araña emergió por la leñera, con una flecha incrustada en su lomo. Babeando en busca de su agresor, saltó hacia Valam. Por suerte, la agilidad de éste y su protección impidieron que el monstruo inyectara sus quelíceros en la piel del elfo, raspando en su lugar la armadura tachonada. Molesto por la reacción de la bestia, mientras arrojaba al suelo su arco y desenvainaba sus espadas, Valam lanzó un par de tajos a la criatura. Aunque uno de ellos rebotó en el cefalotorax quitinoso sin efecto alguno, el otro se incrustó profundamente en las mandíbulas de la bestia, haciendo que vomitase fluidos de la herida, encogiéndose de dolor.
Así, mientras la criatura hacía frente al elfo, Idris se acercó y, con una voltereta, se encaramó al lomo de la vertiginosa criatura, acuchillándola en el abdomen sin piedad, hiriéndola de muerte. Aún con un hálito de vida, el monstruo que no percibía con claridad los ataques, siguió enfocado sin éxito en Valam, chasqueando sus heridas mandíbulas en su dirección, aunque sólo consiguió alcanzar aire. De hecho, la finta que apartó al elfo del mordisco fue la que le llevó a incrustar una de sus espadas en la parte superior de la cabeza de la araña, provocando un efecto fulminante: la criatura tuvo un violento espasmo que casi tira a Idris de su lomo, y acto seguido el ser se despatarró en el suelo, totalmente inerte. Asqueado de la pelea, Valam fue a limpiar sus armas y las de Idris a una fuente cercana, mientras la mujer arrancaba de cuajo los quelíceros y bolsas de veneno de la cabeza de la araña, por si podía aprovecharlos para extraer el veneno y usarlo más adelante. Acompañando a Valam, la mujer y él vieron que, aunque empezaba a salir humo del sótano, al parecer nadie se había percatado de la breve pelea.
Pensando en que todavía debían recuperar el dinero de Yagra de un lugar en llamas, Idris se empapó el cuerpo de agua de la fuente, a la vez que Valam recogió una cantidad razonable en sus pellejos de agua para verterla sobre la mujer cuando saliese del incendio, pues había decidido que, ya que estaba allí, recogería el dinero y sobreviviría para leer la cartilla a Yagra, que se había dejado el aviso de un problemático guardián protegiendo su tesoro. Y aquello le valdría su propio pellejo.

Adentrándose en las llamas, la elfa se apresuró a encontrar el estante que ya empezaba a arder. Y mientras esquivaba con más o menos éxito las telarañas ardientes que colgaban por todas partes, logró rescatar una pesada bolsa de monedas del compartimento, antes de salir escaldada y medio chamuscada del sótano convertido en un infierno, jurándose a la vez que era empapada de nuevo por Valam y se marchaban de allí que Yagra lo pagaría.

Sin percatarse de la situación, ambos elfos se marcharon, dejando atrás una silueta oculta tras una esquina que había visto el rostro de la elfa, aunque no el de su acompañante. Pero para ella, aquella información era suficiente.

Mientras tanto, en el almacén abandonado Yagra se agitaba de aquí para allá, ante la aburrida mirada de Chen. Por su parte, Kurgan sigue leyendo la revista sin nada mejor que hacer. En un momento, la semiorca parece que toma una decisión y se acerca a Chen, quien parece tener una relación más personal con Idris. Preguntándole si se fiaban de una persona que se dedica a un negocio tan traicionero como el que llevan los Zhentarim entre manos además de que daba la impresión de valorar más el dinero que la camaradería, Chen comentó que era una compañera con la que había compartido copas y sangre. No tenía por qué fiarse menos de ella que de un antiguo camarada de batalla como Kurgan. No era necesario meter cizaña. Yagra entonces comentó que podría pagarles a ellos por alejarla de allí, en vez de que fuesen con aquella chica problemática. No sólo eso. Sino una vez fuera de la ciudad, con el dinero en mano, podría contratarlos para realizar una serie de trabajos de efecto contra los Zhentarim, para dejar una impronta que indicase un mensaje a éstos: que la dejasen en paz, pues podría hacerles daño. De hecho, conocía un refugio Zhent en el Distrito Sureño que manejaba las finanzas de esa área, y podría ser un manjar bastante suculento de golpear. Chen, con voz apagada, comentó que los negocios mejor era resolverlos de uno en uno. Cuando arreglasen el asunto de su fuga, después hablarían de dinero y otros trabajos. Pero de momento, con sólo 100 monedas y la promesa cercana de otra cantidad en camino, lo mejor sería ceñirse a una tarea de la que hacerse cargo. Lo demás, después. De hecho, Chen estaba seguro de que Yagra no habría entrado en los Zhent por "la camaradería". Según lo que se había hablado hasta ahora, no es que en la Red Negra la amistad fuera algo que se cultivase en abundancia. Ella seguro que también valoraba el oro. No debía juzgar tan a la ligera a Idris. Ausente de aquella conversación, Kurgan seguía leyendo El Unicornio Azul. En una de sus páginas, encontró un anuncio de oferta de servicios. La Agencia de Detectives "Ojo del Tigre", dirigida por Vincen Trench -cuyo retrato aparecía en el anuncio- se ofrecía a resolver misterios de quien pudiese pagar sus servicios. Cuando Kurgan vio aquello, recordó que Idris había hablado de alguien similar junto al cuartel de los Muelles. Quizá lo comentase cuando la chica regresara. Pero su difusa atención en aquel momento se enfocó en una conversación murmurada en el exterior del almacén, cerca de una de las esquinas junto a la entrada. Cuando la palabra "Yagra" surgió en la misma, el enano decidió buscar un hueco entre las gruesas maderas de la estructura para escuchar mejor el exterior. Y la suerte le ofreció un pequeño agujero carcomido -y de seguro usado por ratones- que daba al exterior, cerca de la zona de conversación.
Al asomarse, es testigo de una conversación susurrada entre un semiorco y un elfo de rasgos bastante particulares. Además de surgir el nombre de éstos en sus palabras (Ziraj el SemiOrco y Davil el Elfo), ambos hablaban de que la búsqueda de la semiorca debía ceñirse en principio a los Muelles, pues era donde la noche anterior se había perdido la pista de la semiorca fuera de la posada que había sido atacada por el fuego, y seguramente su aspecto destacaría en lugares más refinados. Era su mejor pista. Mientras Ziraj gesticulaba enérgico, su cabello se apartó de su cuello, revelando otra marca Zhent como la de Yagra sobre la piel.
En medio de una conversación táctica sobre cómo distribuir sus fuerzas, a ambos tipos se acercaron tres más (dos humanos y un enano), quienes comentaron que el sector rastreado estaba limpio. Davil, con gesto consternado, impartió nuevas instrucciones, comentando que esperaba al final del día tener entre sus manos a Yagra y todos los responsables de su desaparición, recordando la descripción de éstos últimos: cuatro personas razonablemente parecidas a los aventureros. Al elfo no le gustaría informar de ningún fallo a su superior, así que esperaba resultados. Ya era bastante con que el error de Yagra supusiese una bofetada a la organización y sus objetivos. Aquello no podía quedar impune.
Tras intercambiar unas palabras más, todos los Zhents se dispersaron en distintas direcciones. Preocupado por lo que había oído, Kurgan se dirigió a Chen para tener una conversación privada con él sobre lo ocurrido, comenzando a informarle del hecho de que su grupo ya estaba implicado hasta las cejas en el asunto con Yagra, lo que resultaba un inconveniente bastante jodido. Al poco de comenzar su conversación, apartados de Yagra, un tufo a quemado llegó hasta sus narices cuando Idris y Valam se personaron en el almacén.
La elfa observaba con gesto asesino a Yagra quien, sobresaltada por la llegada, empuñaba un arma, aunque la bajó al ver a los elfos. Idris empezó a amenazar de muerte a la semiorca, diciendo que los había llevado a una trampa en la que una araña gigante había estado a punto de matarlos, y por recuperar su dinero -dijo tirando la bolsa de monedas al suelo, que Chen empezó a contar de forma descuidada mientras escuchaba, encontrando un total de 154 monedas de oro y 500 de plata- casi se escalda en el incendio provocado durante la lucha. El rostro confuso sobre aquella información en Yagra parecía no dejar dudas del desconocimiento de tales datos. Entre una mujer confusa y otra furiosa, Valam empezó a especular con las posibilidades del ciclo de crecimiento de la criatura, además de preguntar a Yagra cuánto llevaba sin aparecer por aquella casa. Yagra explicó que la última visita que había hecho a la parte superior era hacía unas 5 semanas... pero al sótano no había bajado en los últimos 9 meses. Lo único que recuerda de arañas en aquel período fue que, precisamente, hacía casi un año vio una araña del tamaño de una palma de su mano escabullirse hacia el sótano, pero no le dio importancia, teniendo en cuenta el poco uso que daba a aquel refugio de emergencia.
Dejando a Idris al cuidado de Chen para que no cometiese una estupidez, Valam especuló al respecto de su conocimiento sobre tales criaturas que, según el ciclo vital de la misma, una cría de un tamaño como el especificado por Yagra en el momento en que la vio podría crecer alimentándose de ratas, aves, gatos, perros y otras presas relativamente grandes a las que cazar y colar en su madriguera, hasta que en unos 9 meses fuese tan grande como la araña destruida. Aquel tipo de criatura sólo podría alimentarse en aquellas circunstancias particulares de presas a las que pudiese disparar de lejos y atraer con sus redes, o quizá aquellas lo bastante pequeñas como para colarse en su guarida, donde cazarlas directamente. De hecho, el elfo reconocía que aquella araña era algo pequeña para su ciclo vital. Estaría famélica y -al margen del fuego que aún no se había extendido lo bastante- quizá por ello salió como un potro desbocado a cazar a los elfos. Fue entonces cuando Chen y Kurgan pusieron en conocimiento que la búsqueda de los Zhent se había extendido por relación directa a todo su grupo. En aquel momento, aquello sí se había vuelto personal para ellos, pues de una u otra forma todos estaban implicados por haber rescatado a Yagra.
De hecho, el que la semiorca estuviese en la portada del noticiario (del que Kurgan había compartido también la información sobre Vincen Trench, además de que la familia Atriu había puesto precio a la cabeza de los asesinos de su hijo, incluyendo a Yagra -y su boceto de la guardia- por asociación) hacía muy difícil desde ese momento mover a la semiorca por la ciudad de día o de noche. Había tres grupos interesados ya en ella a los que esquivar: Zhentarim, los Atriu, y la Guardia. Al mirar con gesto adusto a la semiorca, Idris y el grupo se percataron de que la mujer había palidecido al escuchar la información de Kurgan. Se extrañaron de aquello, pues ella ya sabía que la estaban buscando. La semiorca explicó que no se encontraba así por aquello. Lo que la había dejado descolocada fue que conocía personalmente al elfo y al semiorco nombrados por el enano. Podía asegurar, por la conversación mantenida con los aventureros en el transcurso de su estancia en el almacén, que aquello se había convertido en personal. Ambos estaban justo en la jerarquía por debajo de los líderes Zhentarim más importantes de AguaProfunda -desconocidos para ella-. Lo que quería decir es que, si estaban allí, aquello era personal para ellos. Le daba la impresión que se habían tomado su cacería como una afrenta privada, implicándose directamente en el asunto. De hecho, Yagra añadió que Davis era, precisamente, el contacto del que había hablado y al que había perdido de vista al huir del Portal Bostezante. En ese momento, de su cabeza debía eliminar cualquier renegociación de volver a los Zhentarim. Estaba marcada y tenía que huir a toda costa. Con aquellos datos, los aventureros valoraron (a pesar de la cólera de Idris, quien sólo deseaba descansar y no quería escuchar ni una estupidez más sobre aquella mujer, salvo terminar con aquella situación y esperar que las aguas se calmasen) actuar cuanto antes. Kurgan, en ese momento, preguntó si Yagra sabía del número exacto de Zhents en toda la ciudad. La semiorca sólo pudo exponer que había un grupo que controlaba cada Distrito de la ciudad, cuya cantidad rondaba en los Muelles un número entre 65 y 75 individuos. Kurgan, entonces, comenzó a especular a niveles tácticos que, en una población aproximada de 2 millones de almas en AguaProfunda, colocaba a la Red Negra con unos efectivos aproximados de 500 personas... sin contar informadores (que podrían llegar a duplicar ojos y oídos en la búsqueda). Por suerte, Yagra comentó que aquel número podía incluir a miembros de la Red Negra que no tenían por qué ser miembros activos en un momento determinado, quienes mantenían vidas al margen de asuntos que no les fuesen ordenados por la organización.
El hecho de que parte de la Red se estuviera concentrando en los Muelles les daba una opción básica: si se daban prisa, en el momento apropiado, en el resto de la ciudad habría menos gente buscándolos. Sólo tendrían que hacerse cargo de evitar a la Guardia. Utilizando su mente táctica -a pesar de la dificultad evidente de ésta en otros asuntos-, Kurgan expuso que, incluso con la Guardia de la ciudad, lo más probable era que con suerte -y viendo que los efectivos en los Muelles aumentarían en las próximas horas- si salían de allí sólo se cruzarían con... como mucho... de tres a cinco Zhents antes de llegar a cualquier salida que decidiesen tomar. Calculando riesgos, a pesar de que odiaba verse en el punto de mira de una organización criminal tan peligrosa, Isis pensó en práctico. Ya que estaba actuando en contra de su propio criterio, montada en la ola de las decisiones de Chen y sus compañeros eventuales, tenía que planear alguna forma de amortiguar todos los contratiempos. De pronto, se le ocurrió la idea de que, ya que los Xanathar parecían estar tras los pasos de Yagra, podría señalarlos como un inconveniente a los Zhents que los buscaban, como si hubiesen encontrado el escondrijo de Yagra y causaran el incendio... a pesar de la araña destrozada. Al fin y al cabo, según lo que Idris sabía, los Xanathar se habían vuelto salvajes y temerarios desde hacía varias semanas, como si se tratase de un puñado de matones sin escrúpulos que no temía exponerse para conseguir sus fines. Donde la Red Negra limpiaba sus trabajos de flecos con un escalpelo, los Xanathar empleaban un ariete para derribar la puerta de un cobertizo.
Mientras el resto del grupo seguía sus elucubraciones... además de negarse ellos a que la elfa saliese de nuevo a exponerse al exterior, Idris regresó a la casa medio consumida por las llamas, donde un grupo de enanos apagafuegos se ocupaba de bombear agua desde un carro con un mecanismo de presión contra las llamas, además de volcar sacos de tierra sobre la estructura para ahogar el fuego. A su alrededor, los curiosos sólo se ocupaban de especular sobre el incendio y la araña muerta. Pasando tras la muchedumbre, Idris buscó un tronco de un árbol cercano donde grabar un tosco y gran símbolo de Xanathar en el mismo, para ser visible como escrito con prisas -indicando algún tipo de venganza-. Antes de marcharse, por el rabillo del ojo descubrió entre la multitud al fugitivo que huyó la noche anterior al intentar quemar la posada donde encontraron a Yagra, quien simulaba ser un ciudadano. Un humano de rasgos finos, sólo portaba una daga y se encontraba junto a otro humano y un elfo con actitud similar de vigilar el lugar del incendio y los alrededores, como si buscasen algo. Y, justo tras ellos, en un tejado cercano, otro individuo de constitución elástica -quizá otro elfo o humano enjuto- observaba el perímetro desde las alturas. Allí había acabado su planteamiento de cara a la galería, así que se largó con viento fresco antes de que alguien la encontrase. Ya tenía varios rostros claros por si alguien se acercaba a ellos... como los de los responsables del incendio a la taberna. Al volver la elfa al almacén -trayendo nuevas noticias e informando de su incursión de desinformación para la Guardia y los Zhents-, el resto de aventureros comentaba las diferentes opciones (por las que se descartaba cualquier uso de los túneles Zhent que conocía, pues de seguro estarían vigilados como primera opción, ya que sus ex compañeros Zhent, a los que había pedido ayuda para escapar, conocían de esas intenciones y las habrían comunicado a sus superiores).

- Cruzar al amanecer con los jornaleros y trabajadores del campo, disfrazados con ellos a través de las puertas era una opción. La guardia no solía hacer preguntas a los granjeros y cultivadores por algo que hacían todos los días. Sin embargo, había que cruzar una primera puerta con guardia, y después un pequeño alcázar en la segunda muralla. Algún guardia podría hacer preguntas al pararlos como rutina.
- Cruzar de madrugada, descendiendo por el risco del Distrito Norte no amurallado. Si bien evitarían a los guardias de las murallas, necesitarían equipo de escalada y evitar a la guardia más abundante de dicho distrito de gente pudiente que podría preguntar a extraños qué hacían a horas intempestivas por la calle. Incluso podrían pedirles sus nombres de censo para comprobar si eran miembros de aquella zona o no, haciendo saltar las alarmas.
Al margen de aquellos planes, evitar el descubrimiento de algún ciudadano cotilla por parte del boceto de rostro de Yagra distribuido por la Guardia de la ciudad en los periódicos locales precisaba acción más concreta sobre el aspecto de la semiorca. Y mientras hablaban, Valam trataba el veneno que extraía de las glándulas de la Araña Gigante, como herramienta para su trabajo o enfrentarse a sus enemigos.

La tarde pasaba, y los planes surgían y se discutían, esperando un consenso razonable con toda la información de que disponían. Y cerca... muy cerca... alguien observaba un almacén abandonado en silencio, mientras el sol del mediodía cruzaba la puerta del cenit.
CONTINUARÁ

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