Huyendo de la segunda oleada de NoMuertos -separándose en dos grupos para evitar aglomeraciones, quedando en uno de ellos Bukko, Ezmerelda, X'in y Yoreil-, los aventureros tratan de refugiarse en el área abierta frente a las rejas de la fastuosa tumba que se encontraba más allá de las defensas mágicas. Retrocediendo, X'ing bloquea el acceso de la tumba que habían destruido para llegar hasta la encrucijada protegida. A la vez que Bukko se esforzaba en abrir a pulso las rejas de la tumba, Ezmerelda lo animaba con su poderosa voz, y Yoreil descargaba la furia de los elementos en poderosos rayos devastadores contra los enemigos.
Combatiendo sin descanso contra las criaturas de la oscuridad y una oleada de espadas animadas mágicamente, el monje sufrió el contacto devastador de uno de los muertos vivientes que le arrebataba la vida, mientras las espadas lo asaeteaban por doquier. Aún así, la potente voz de Ezmerelda atontaba los sentidos de la criatura mientras, a su espalda, Bukko gruñía con ira y alzaba la reja, gritando a sus compañeros que se apresurasen, a la vez que el monje despachaba al tumulario que intentaba apoderarse de su vida con una potente ráfaga de impactos, para acto seguido saltar y brincar apartándose de sus enemigos junto a Ezmerelda y Yoreil, que cruzaron el umbral justo cuando la horda se abalanzaba sobre todos y comenzaban a volar garras y espadas castigando con dureza a Bukko.
Entonces, dejando caer la reja al pasar al otro lado, el paladín bloqueó el paso a la horda zombi que lo perseguía, aunque las espadas maniobraban para cruzar entre las rejas poco a poco.
Allí, en aquella estancia de maldad, los compañeros sintieron la energía del corazón de las tinieblas pulsando incesante en la enorme estancia: un mausoleo de oscuridad con tierra y polvo por el suelo, alcobas llenas de penumbra impenetrable y un extraño ataúd en su centro, con aspecto de ser un hermoso féretro negro pulido y brillante como la cera. A un lado, el mecanismo de cierre y apertura de las rejas protegía -de momento- a los aventureros.
Sin embargo, su aspecto camuflado no era más que una fachada, pues al observar con detenimiento el objeto, el grupo se percató de las extrañas líneas del artefacto contemplado, percibiendo unos rieles sutiles de energía verdosa descendiendo hacia el suelo donde el armatoste se apoyaba con suavidad, con un extraño pulso energético en su interior. La fascinación llevó a Ezmerelda a acercarse en demasía al objeto, al tiempo que el ruido metálico revelaba que las espadas animadas habían cruzado las verjas, plantando batalla una vez más. Pero lo más aterrador fue que, cuando la vistana rozó la negra superficie del ataúd extraño, de la tierra cerca a la zona este de la tumba brotaron como si de agua las extrajeran, tres hermosas y antinaturales mujeres de sonrisas lascivas, que poco después truncaron sus aspectos por expresiones de pura hambre y fiereza, como si viesen profanada su madriguera.
Abrumados, de pronto los aventureros se vieron asaltados por dos frentes, en los que los ataques eran especialmente certeros, en concreto a Ezmerelda, quien aterrada veía como una de las no muertas succionaba su sangre con avidez de uno de sus brazos.
Por su parte, el monje humano contenía el avance de las espadas voladoras, a la vez que Yoreil descargaba sin descanso rayo tras rayo para ir diezmando poco a poco a los zombis que, por más que intentaban, no podían abrir las rejas de la tumba.
Cansados, pero furiosos, los aventureros se aprestaron a hacer frente a la amenaza sin ceder ni un paso.
Aunque la horda zombi era realmente insistente y las espadas voladoras certeras, el monje no se dejó amedrentar, aplicando un severo castigo a uno de los objetos voladores, al tiempo que la criatura que lo acosaba trataba de clavar sus colmillos en él sin éxito.
Ezmerelda, cantando para otorgar brío y éxito a sus compañeros, vio como de pronto Bukko se rodeaba de un halo de luz solar que, cuando brotó de él, provocaba chillidos inhumanos de dolor en las tres vampiresas, a las que brotaba humo de sus cuerpos.
Con los ataque redoblados de vampiresas y espadas, el grupo debía hacer piña y reagruparse, dedicando su esfuerzo a controlar a los enemigos más peligrosos. Entonces, de entre las sombras, arrojando rayos cual señor de la tormenta a los zombis tras la verja, Yoreil desenfundó el sagrado fémur de San Markov y dedicó todo su esfuerzo en aplastar a la criatura que estaba arrinconando a X'ing.
Por supuesto, el monje parecía valerse bien. Aún así, el arma pedía batalla contra lo vampiros, sí que el Druida se arrojó sin piedad, guiada su mano por una fuerza externa que golpeaba sin cesar a su enemiga en cabeza y costado, levantando volutas de humo.
La presión de los enemigos era despiadada, y a pesar de sus esfuerzos, los aliados parecían arrinconados Pero al menos Bukko y Ezmerelda no perdían la fe.
Gracias a ese empuje, Yoreil y X'ing fueron capaces de debilitar lo suficiente a una de las elegidas de Strahd como para que la Luz Diurna del sacerdote Bukko la convirtiese en vieja ceniza, lista para ser barrida por el aire. Al mismo tiempo, el monje se encargaba de dar buena cuenta de las espadas voladoras que trinchaban al monje y al paladín a traición, convirtiéndolas en doblados trozos de hierro inertes.
Viendo que las fuerzas de los enemigos mermaban, Bukko se arrojó a una vorágine de destrucción, martilleando sin piedad a aquella monstruo que trataba de drenarle la vida, pero sólo consiguió un mágico martillo incrustado en su cabeza, hasta convertirla en polvo viejo y reseco.
Zafándose de espadas y garras, X'ing en un momento sintió la caricia curativa de Ezmerelda a su espalda, dando gracias por ello y ensañándose de nuevo con la espada que quedaba en activo en combate. Yoreil se arrojaba mazazo a mazazo hacia la vampiresa que aún quedaba en pie, mientras esparcía destrucción eléctrica entre los zombis atrapados en las criptas exteriores junto a su tormenta.
Por fin, a la vez que un certero rayo destruía hasta el último de los nomuertos del exterior, un martillo sin piedad aplastaba a la última elegida de Strahd hasta reducirla a seco polvo y entrañas ajadas por el tiempo.
Respirando unos instantes, de pronto el sarcófago uniforme negro empezó a abrirse a toda prisa, esparciendo un hedor a muerte y vejez por toda la estancia, cuando Strahd brotó de él con un aullido, acusando a los aventureros de "asesinos" y salvajes, mientras desnudaba sus colmillos, preparado para acabar con todos. Sin embargo, el brillo solar de Bukko lo alejó con rabia de los aventureros, con un gesto de temor y odio.
¡Cómo osáis destruir a mis Elegidas! ¡Cómo os atrevéis a entrar en mi sanctum sin pensar que mi represalia va a ser vuestra destrucción! ¡Os mataré a todos, alimañas, y vuestra sangre regará el suelo de mi casa!
Sobresaltados y aterrados por la aparición de muerte, Bukko tomó las riendas de la situación a la desesperada convocando un Círculo de Contención Mágica sobre el poderosos Vampiro exPeregrino, el cual, al sentir las ataduras místicas, chilló de furia. ¡Te destruiré, Espada del Sol! ¡Os mataré a todos por haberme arrancado la oportunidad de volver a mis orígenes! ¡Malditos!
Aprovechando las ataduras y la luz mística del sol, Bukko ordenó la retirada de todos de allí, aunque X'ing aprovechó para escamotear con rapidez algunas de las pertenencias de las Elegidas que cayeron al suelo entre sus cenizas. Además de ello, también rebuscó con rapidez entre los restos de los nomuertos destruidos unos minutos antes a las puertas del mausoleo, pues no sabía qué valiosos secretos portarían.
Azuzados por la prisa de Bukko y los aullidos de ira de Strahd a su espalda, los compañeros se lanzaron en una loca escapada, momento en que Yoreil aprovechó para guiarlos hacia una de las partes de las criptas no exploradas: aquella más allá del velo de energía que protegía otra cripta de enormes proporciones y aspecto algo más tranquilo.
Al llegar allí y ver aquella desconocida cortina de energía, planificaron diversas opciones de pasar a través de ella, como intentar colocar dos espejos de cuerpo entero para que devolviesen la luz a su fuente -supuesta- de origen: las estatuas... cosa que en absoluto funcionó.
Al verse atrapados en su fracaso, permitieron, gracias a la fuente de luz de Bukko, que Yoreil estudiase hasta donde su vista alcanzaba en el interior de la Cripta. Allí, el elfo descubrió otros dos extraños sarcófagos plateados de diseño similar al de Strahd... aunque sin la energía que pulsaba en el del poderoso enemigo. No solo eso, sino unos curiosos ventanales polvorientos alejados de la entrada... hechos de cristal de Xion, al igual que aquellos hallados en la Abadía de San Markov, el edificio que antiguamente fue una primera Factoría Peregrina de "criaturas".
Aunque los aventureros se retorcían los cerebros pensando en qué podrían hacer para cruzar aquella barrera de energía, probando entre otras cosas estudiar las estatuas de aspecto INAMOVIBLE que mantenían la barrera, Yoreil observó las rendijas más allá de las mismas, y pensó un arriesgado plan, transformándose en un ratón... ...ratón que pudo escurrirse por la grieta y llegar al otro lado. ¡MAGNÍFICO!





































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