jueves, 27 de junio de 2019

Conan D20 - HACERSE UN HOMBRE - Expedición - Sesión 6 FINAL - "Corazón de Muerte"

Con la furia de los justos, Tiberio cargó al interior del templo de Set, seguido de cerca por sus compañeros, mientras un esquivo Durkan Tonkaren se ocultaba en el quicio de la puerta para observarlo todo a distancia.

Entre estanterías de madera podrida y muros derrumbándose, muertos envueltos en antiguas vestiduras estigias podridas y medio deshechas purgaban por derrumbar los muros secretos que los contenían, cuando, justo tras el aquilonio, Li Po grita una extraña palabra en el idioma demoníaco: '¡sonorcos!' (producto de su tirada apestosa de Conocimiento Arcano para reconocer a las criaturas y sus rasgos sobrenaturales), sorprendiendo a todos los aliados.

Al mismo tiempo, comienza un ritual de movimientos sinuosos de serpiente, provocando ondulaciones sobre su piel que forman extraños patrones escamosos momentáneos, a la vez que su voz se transforma por un instante en una cadencia de silbidos y sus ojos brillan dorados cual ofidio dispuesto al ataque. Con ello, su velocidad y reflejos crecen y se adaptan a la violenta situación.
Con la sorpresa de la brujería y la confusión por los gestos y susurros del khitano, Tiberio frena su arremetida al ver como Ramma cruza por su otro flanco a toda velocidad, y con su espada envuelta en volátiles substancias alquímicas peligrosas trata de precipitarse con sigilo contra los enemigos, que fijan su atención en el soldado. Sin embargo, cuando las criaturas no se ven sorprendidas por la agilidad del himelio y gruñen en su dirección, éste frena su avance con un escalofrío, lanzando apenas por inercia (más que con precisión) un tajo a uno de ellos, temblorosa y sudorosa su mano.
Al hender el aire y atravesar la carne putrefacta, la alquimia que embebe la hoja se libera una vez más, sacudiendo el cuerpo de la criatura con un crepitar eléctrico, al tiempo que llamas verdosas consumen la carne superficial y una capa de escarcha quiebra una mano y parte del antebrazo del monstruo.
Éste, sin sentir el daño en su cuerpo, no obstante sí que se percata de la falta de una de sus herramientas de combate al sacudir tontamente el brazo mutilado. Con un gemido, la criatura y el resto de la horda avanza sobre los invasores.

Lentos, pero incansables, los monstruos se acercan a los invasores rodeándolos, con puños descarnados en alto y armas deslustradas y rotas empuñadas, emitiendo gemidos aterradores desde sus podridas gargantas. El zombi al que Ramma había apuñalado espectacularmente entre lenguas de llama, chasquidos eléctricos y capas de escarcha, sacudiéndose el daño de su podrida piel (junto con trozos de carne y hueso que caen al suelo), lanza un sonoro puñetazo a la mandíbula del himelio que resuena con un fuerte crujido, augurando un doloroso resultado en el rostro del alcanzado.
Aprovechando la concentración de enemigos junto a los aliados más cercanos a la pared derrumbada, Sarah se escurre por la puerta del templo, disparando una flecha contra uno de los zombis, incrustándola en su carne putrefacta con, aparentemente, no demasiado efecto, aunque el golpe pareció llamar la atención del muerto alzado momentáneamente.
Junto a la shemita, José Domingo avanza despreocupado en dirección al grupo de no muertos que rodea a Ramma y, con una retahíla de palabras malsonantes en zingario, atraviesa la espalda de una de las criaturas que rodean a Ramma, la cual observa con expresión estúpida los filos que acaban de atravesar su vientre, desparramando parte de sus infectas entrañas por el suelo.
Tiberio el soldado aquilonio, al verse rodeado de pronto por un grupo de criaturas del averno, decide cargar contra una de ellas con un certero tajo de su hacha que deja al nomuerto sin una mano, acompañado de un movimiento de arco contundente con su escudo en el rostro del monstruo, el cual queda aplastado hacia un lado, pero aún así la criatura no ceja en su interés de devolver el castigo con creces a su atacante, agitando un muñón viscoso.
Al tiempo que todo el caos combativo se desarrolla, Durkan Tonkaren decide buscar cobertura y escondrijo en un lateral del portón del templo subterráneo, cuya acción no pasa desapercibida a Tiberio, quien se encuentra algo más adelante en el umbral, y mira con ojos reprobadores al viejo brujo arqueólogo.
Sinuoso como un ofidio, Li Po aprovecha una concentración de criaturas que rodea a Ramma, y agitando en su mano un fanal encendido lleno de aceite mientras grita '¡fuego!', lo estrella contra una estantería podrida junto a la congregación. La lluvia de aceite ardiendo hace a algunos nomuertos estallar en llamas junto a la vieja madera, aunque las criaturas no parecen frenar su ímpetu a pesar de las llamas. El fuego, no obstante, también lame dolorosamente la piel del himelio que combate cuerpo a cuerpo a los zombis, quien gruñe una maldición a la temeridad del khitano.
Ramma, cuya capa y parte de su camisa se encuentran devoradas por el fuego, finta dando un paso atrás y se restriega contra el altar del tiempo hasta apagar el fuego, más pendiente de su salud que de defenderse de las hordas enemigas.
Al sentir la presencia de José Domingo junto a la congregación más abundante de zombis, varios de éstos se giran hacia el zingario, mientras el resto se arrojan contra el himelio en llamas y el resto se arroja contra Tiberio. Dos tremendos puñetazos en el rostro y el vientre sacan de su situación ensimismada a Ramma, quien acusa los impactos escupiendo sangre y quedando sin aliento. Un golpetazo en el escudo de Tiberio resuena poderoso con fuerza antinatural, aunque el zombi que lo acompaña, en lugar de atacar con efectividad al aquilonio, resbala con la torpeza de un pie pútrido y, en lugar de golpear, se aferra en un acto reflejo al escudo para no caer, gimiendo confuso. Por su parte, a pesar de verse sorprendido de la rapidez de reflejos de los nomuertos que atienden la presencia del pirata, éstos son incapaces de acertar un único manotazo en el cuerpo del zingaro, cuya cintura demuestra una habilidad encomiable para apartarse del peligro, cual púgil de los bajos fondos.
Desde el interior de la sala, aunque alejada de los grupos en conflicto, Sarah decide elegir cuidadosamente un blanco junto a Tiberio, y su flecha atraviesa la pierna de uno de los zombis, quien pierde apoyo en la misma y, gimiendo, sigue su avance cojo y trastabillando.
Esperando pacientemente a que sus enemigos lo alcancen, José Domingo confronta al primero envuelto en llamas, y con dos certeros tajos de esgrima zingaria, trocea un brazo y una pierna de la criatura. Ésta, abrumada por el daño sufrido, cae al suelo agitando la mandíbula, pero el castigo sufrido hace que, al fin, encuentre el eterno descanso. El zingario ejecuta una breve danza de talones al derrotar al enemigo, rezando a sus dioses con un sonoro '¡Olé!'.
Por su parte, frente a uno de los zombis que lo acosa sin descanso, el soldado alza su escudo para golpear a la criatura con un húmedo crujido en la mandíbula, al tiempo que su hacha cae en el centro del cráneo, cuyo golpe hendiente hace que el monstruo se derrumbe al instante, como alcanzado por un rayo, sin un espasmo.
Con un grito en dirección a Durkan por parte de Tiberio, azuzándolo para unirse a la batalla, el picto gruñe desde la penumbra de su parapeto que "no está preparado para ese combate", provocando la ira y resolución del soldado por terminar la lucha y tener unas palabras con el huidizo tipejo.
Soportando el tufo de la carne putrefacta ardiente, Li Po sopesa un hacha de mano y, con un hábil giro de muñeca, la arroja sobre el nomuerto que aún queda tratando de combatir a Tiberio, incrustando su filo en la nuca del mismo, momento en que la criatura deja de forcejear con el soldado y cae derrumbada al suelo, inerte. Un gruñido de satisfacción por parte del brujo khitano le hace adoptar una pose de supremacía momentánea, ante la mirada sarcástica del aquilonio.
Harto de la persecución de zombis incandescentes y de estar más quemado que un nordheimer al sol del verano, Ramma blande su espada alquímica por tercera vez, y cuando uno de los dos nomuertos se arroja contra él para aporrearlo de nuevo, la hoja del arma se incrusta entre los ojos, y una oleada de inestabilidad alquímica se derrama dentro del cráneo, provocando una explosión de llamas, junto a un crujido como un rayo golpeando un árbol y una nube de vaho frío que surge de los restos del zombi que humea por donde antes había una cabeza putrefacta y ahora sólo queda un hueco profundo entre los hombros. Con un temblor final, el monstruo cae al suelo a peso muerto. Con la agotada hoja de fluidos alquímicos inestables, el himelio finta prudentemente al llameante zombi restante y se retira tratando de no ser pasto de sus golpes.
Sin embargo, a pesar de la agilidad del ladrón himelio, el monstruo recorre la distancia que su adversario ha puesto entre ambos, y una sonora bofetada de su mano abierta sacude el carrillo de Ramma con un dolor sordo en su oído y un latigazo que sobresalta al resto de aliados por su sonoridad y eco. Junto a José Domingo, entre el humo de la estantería casi consumida por las llamas, otro monstruo lanza sus manos tratando de agarrar al zingario, pero éste simplemente aparta un poco el hombro, y el nomuerto tropieza con su avance, trastabillando y mirando frustrado sus manos vacías con una expresión vacía.
Mientras Ramma se aleja con el rostro amoratado de la criatura que intenta seguir golpeándolo, una flecha desde su espalda vuela, atravesando a la criatura de oreja a oreja. El impacto detiene por un momento el avance del ser, que toca confuso el astil saliente a ambos lados de su cráneo, y parpadeando sigue adelante. Sarah, tras el himelio, baja su mano de la cuerda destensada de su arco, buscando una nueva flecha con la que abrir fuego, impertérrita en su continuo disparar.
Sin embargo, cuando la criatura va a alcanzar a Ramma, de pronto la hoja de una espada brota con una explosión de sangre coagulada y pútrida, junto a viscosos fluidos incoloros de uno de los ojos del monstruo, quebrando a su vez la flecha que atraviesa su cráneo. Tras el impacto, un sonriente José Domingo, que ha maniobrado para rodear a la otra criatura que trata de alcanzarle, saluda con una sonrisa al ladrón, liberando la hoja de su arma del cráneo y dejando que su enemigo se derrumbe inerte en el suelo. Evitando la zarpa ardiente del segundo ser que lo persigue, de nuevo con su otra espada en mano, José Domingo realiza un tajo ascendente que envía varios dedos del monstruo a volar por los aires, evitando su ataque.
Antes de que la criatura pueda reaccionar, y escuchándose de fondo la voz de Li Po gritar '¡Ríndete, engendro!', Tiberio arranca una veloz carga desde la puerta donde se veía trabado por dos atacantes, y mientras estampa con su escudo en ristre de un golpetazo al nomuerto que acosa a José Domingo contra la estantería en llamas con un sonoro crujido de huesos, su mano armada desciende de un hachazo que parte en dos los restos tambaleantes de la criatura, desparramando sus entrañas y huesos por el suelo.

Frustrado por la conclusión del encuentro, Li Po refunfuña a Tiberio sobre su inestimable intervención en el combate, mientras éste le señala con su hacha indicando que 'sólo el poder de la fe en Mitra y la fuerza de un brazo aquilonio han podido impartir paz en este lugar maldito'.
Mientras todos observan su situación y tratan de recuperar la compostura, echando abajo los restos de la estantería ardiendo para que las llamas no se extiendan por doquier, Durkan Tonkaren se asoma por el lateral de la puerta, observando la situación. El grupo lo observa con suspicacia, y Tiberio le asegura que su inacción puede traer consecuencias, porque vuelve a demostrar que es un picto rastrero en lugar de un compañero útil en la expedición. A pesar de que el picto se revuelve recordando que no habrían encontrado este lugar sin él, Ramma comenta con sorna que, efectivamente, no los habrían apaleado, casi envenenado, embrujado y dañado de muy diversas formas... "si no fuera por él".
Con un gesto de desdén, el arqueólogo-brujo decide no echar más leña al fuego, y espera paciente a que sus acompañantes echen un vistazo a las ruinas.
Mientras Ramma estudiaba el lugar del que los zombis brotaron, encontrando una aberrante estatua de Set humanizado, Sarah junto a José Domingo rebuscaban en aquel santuario oculto entre algunas tumbas abiertas de lo que parecían ser los sepulcros de los que habían surgido estas criaturas.
Por su parte, Li Po empieza a rebuscar entre papiros quebradizos y polvorientos de las estanterías que aún quedaban en pie (a pesar de su estado añejo).
Tiberio, ofendido por el altar a Set hallado en la sala principal, se acerca a él con recelo, observándolo con detenimiento.
En el lateral del mismo, el soldado encuentra una placa de ladrillo rectangular con relieves más marcados, y al pulsar uno de sus laterales, ésta gira sobre sí misma por el centro, dejando escapar un soplo de aire fresco, a la vez que una tela exquisita en el interior del cajón de piedra corredizo se agita durante un momento, como si estuviese animada. Sobresaltado, el aquilonio estudió la abertura sin encontrar ningún resquicio por el que escapase esa brisa. Al tomar la tela, descubre que es una túnica tejida en seda e hilo de plata y oro, con motivos representando una tormenta en el pecho.
Arrojándola a Li Po para que la estudie, éste está tan enfrascado en su búsqueda que en principio apenas le echa un vistazo de reojo, más atento a tratar de hallar algún texto interesante (e intacto) entre las estanterías.
Ramma, estudiando la estatua de Set y sus macabros motivos serpentinos, observa que sus brazos de roca están cubiertos por dos brazaletes reales (de metal y cuero), labrados con formas sinuosas como nubes agitándose al viento (de hecho, al mirar intensamente los brazaletes, da la impresión de que el paisaje se mueve brevemente). Con una ávida curiosidad, el himelio se encaja ambos brazaletes, y al hacerlo, una leve brisa parece salir de ellos y agitarle el cabello.
Al retornar a la sala principal del templo, el ladrón enseña los brazaletes a Li Po quien, esta vez, al ver el nuevo objeto, le dedica el tiempo suficiente como para percibir que la exquisita artesanía oculta algo sobrenatural. Así, con un tono de voz entre calmado y contenido, pide a Ramma que le ceda los brazaletes para estudiarlos con más detenimiento.
Li Po, aun ahora entretenido por la acumulación de exquisitos objetos que, probablemente, posean encantamientos en el corazón de sus filigranas, al pasar una mano con desdén por los despojos desechados que se convierten en polvo a su paso, topa con un objeto rígido al fin.
Con un giro de su rostro, se percata de que, bajo el manto de papiros descompuestos, hay un tubo de cuero que aún se mantiene en buen estado. Con mano temblorosa y ojos expectantes, guarda con un gesto casual los brazales y la túnica, y abre el portapergaminos, encontrando que, en su interior, hay un denso rollo de papiro enrollado alrededor de dos soportes de madera y, al echar un primer vistazo, descubre el inconfundible lenguaje de la hechicería en su superficie. Con un contenido gemido, tapa el contenedor y lo guarda entre sus bolsas y bártulos, observado de reojo con una media sonrisa por Ramma, José Domingo y Sarah.
Impregnado en el hedor corrupto del templo, Tiberio inspira con rabia y, maldiciendo el nombre de Set, decide que el lugar debe ser purgado. Haciendo palanca en la pared del fondo con una pierna y empujando con la espalda, vuelca el altar rodeado de tallas de serpiente con gran esfuerzo, partiéndolo en dos.
La suerte logró que, al hacerlo, y ante la curiosa pregunta de Ramma sobre si había algo bajo el altar, en efecto, bajo el mismo hay un hueco del tamaño de una tumba, con el cadáver momificado de un sacerdote setita en su interior. En su cuello hay un collar de láminas de oro con un zafiro azul plano (su broche), redondo y tallado como una serpiente enroscada cerca del hombro derecho.
Los ojos de José Domingo y Li Po relampaguean al observar el objeto y catalogar su riqueza (no mágica, en caso del estudio veloz de Li Po), antes de que las manos de Tiberio lo agarren a toda velocidad y lo echen en un zurrón, pensando que, de seguro, le procurará un poderoso caballo de guerra. Por su parte, Li Po y José Domingo cruzan miradas, pensando que el precio del collar en el mercado podría rondar las 1000 piezas de plata... o 5000, vendido a algún adorador de Set o coleccionista especializado en tales abalorios.
Por una vez, y observando la codicia en los ojos del zingario y el khitano, Tiberio, antes de decidir que ya es hora de marchar de aquel lugar al que va a terminar de prender fuego, después de derribar la estatua de Set con ayuda de Ramma y Sarah, consulta a Durkan sobre el posible valor del objeto, a lo que éste observa la joya con desconocimiento, pensando que sólo se trata de una chuchería barata (con una total ignorancia).
Aprovechando la cercanía, Tiberio susurra al picto que no olvida sus actos en el combate, y eso recaerá sobre su actitud con respecto al anciano en el futuro.
Al ver la conversación entre el soldado y el viejo arqueólogo, los resentimientos de José Domingo ante la actitud arrogante y mezquina del viejo afloran a la luz, y acercándose a él, comienza un asalto verbal de desprecio al más puro estilo zingario, momento en que el picto, con voz grave y ojos amenazadores, observa al jovencito directamente al corazón. 'Ésta será la última vez que me insultas y amenazas, jovenzuelo imprudente'. Con un sutil relámpago en las pupilas, de pronto José Domingo detiene sus pasos y, con la barbilla temblorosa y una gota de sudor en la frente, se arrodilla lentamente con una mano de Durkan suavemente apoyada en su hombro, encogiéndose en posición fetal con una lágrima en sus ojos.
El olor a orina es patente en unos segundos, a la vez que Tiberio exige de inmediato que el hechicero libere de su embrujo al muchacho o tendrá serios problemas, pues el muchacho ha peleado con bravura contra todas las amenazas posibles, mientras el picto ha corrido para mantenerse en segundo plano o directamente huir de cada peligro.
Li Po observa con atención lo sucedido, en silencio... preocupado. Sarah, con un gesto supersticioso de protección, se mantiene alejada de la situación, y Ramma aferra con fuerza la empuñadura de su espada akhbitana, a la espera de un gesto que le permita saltar sobre Durkan para atravesarlo de parte a parte.
'Sé que mis fuerzas físicas no eran rival para los riesgos de este lugar, pero en ningún momento he insultado a este necio, aquilonio. Sabéis que os pedí ayuda precisamente por eso, no para ser menospreciado por un infante para el que aún la barba es una pelusa, y no un derecho, el cual se unió a esta comitiva después de que nosotros nos adentrasemos en este lugar'.
Ante la mirada imponente de Tiberio, Durkan continua diciendo que 'liberará al muchacho, pero sólo porque ésta será una lección para que aprenda a respetar a quien es más poderoso que él'.
Con un chasquido, la mente, el espíritu y la voluntad de José Domingo quedan libres, y el muchacho es consciente de que, después de perder el sentido tras mirar a los ojos del picto, ahora está tumbado en posición fetal con los pantalones manchados, momento en que se incorpora, recomponiendo su apostura, y mirando con despreciativa bilis al hombre que lo ha postrado sin pronunciar palabra, al tiempo que Li Po susurra al hombrecillo que su comportamiento ha sido demasiado cruel con un chiquillo que no sabe lo que hace.

Satisfecho (relativamente) con la resolución de la situación, Tiberio refunfuña que lo mejor es salir de allí cuanto antes y continuar su camino.

Continuando por el túnel que desciende hacia las profundidades, éste se muestra cada vez más sinuoso, con las paredes labradas en forma de escamas de color esmeralda, tan suaves al tacto como la seda, formando una cavidad como si a la piel de una serpiente se le hubiese dado la vuelta como a la pernera de un calzón.
Sin marcas, sin textos, sin grabados. Sólo escamas suaves e intercaladas con gracia y talento antinaturales.

Así, el recorrido de este largo pasaje finalmente lleva a todos los presentes hasta la boca del túnel, donde poco a poco las escamas van transformándose en roca natural, que se abre a una inmensa caverna, el suelo de la cual, a unos escasos 7 metros de la entrada, se encuentra inundado por una masa de agua poco profunda, totalmente tranquila y cristalina, a pesar de su hedor a reptil y estancamiento. Rodeada de enormes ruinas de muros y rocas desprendidas del techo, el agua parece tener en su lecho algo que brilla. De hecho, cuando la luz portada por el grupo ajusta los ojos de los viajeros a la oscuridad, éstos se percatan de que el brillo proviene de riquezas inimaginables: monedas de oro y plata, joyería y pedrería, e incluso orfebrería de calidad intachable, como cubertería, platos, estatuas y copas de metales preciosos incrustados en gemas de gran calidad.

Sin embargo, lo que hace que la mirada de Li Po y Durkan se vuelva vidriosa es el pilar levemente inclinado en el centro del agua, formado por una antigua talla de una serpiente retorcida sobre sí misma y ascendiendo hacia el techo, de unos 6 metros de altura, en cuya boca abierta mirando al cielo se encuentra un diamante tan grande como la cabeza de un caballo, con la tosca forma de un corazón, que palpita con una luz fría.
Tanto la columna como el diamante están cubiertos de escrituras arcanas que dejan sin habla a ambos conocedores de lo oculto, y el propio Li Po percibe bajo su piel que aquel objeto es poderosamente mágico.
Justo en ese momento, cuando Ramma, después de observar todo el entorno y dejar que sus ojos se llenen con el brillo de las riquezas en el agua, recuerda que, llegados a este punto, nadie se ha preocupado de su salud, la mano ausente de Durkan aferra una redoma de una de sus bolsas y se la estampa ausente en el pecho al ladrón, para seguir estudiando el lugar. Ramma, arrugando los labios con gesto molesto, bebe del amargo líquido abrasador de la misma, sintiendo poco a poco como el calor y el sabor del preparado empiezan a hacer que recupere la compostura y, con el paso de los instantes, empiece a devolverle el color a sus quemaduras y bajar la inflamación y amoratadura de su rostro, recomponiendo las magulladuras de sus huesos.
Unos tragos del himelio más adelante, la mano del picto sale disparada hacia la redoma, arrancándola de la mano del ladrón a toda prisa, para volver a guardarla ante la protesta del aliviado.
Ante la extraña visión del lugar, Tiberio, navegando en sus recuerdos de los textos sagrados de Mitra, de pronto cae en la cuenta de lo que ese objeto es: se trata del Corazón de Mitra, una antigua reliquia perdida por una incursión bárbara en el albor del imperio Aquilonio. Se trata de uno de los objetos más codiciados por el Culto a Mitra.
En el silencio, la voz quebradiza de Durkan exclama 'Por fin. El secreto del corazón de este lugar'.
Al tratar de dar un paso, Li Po detiene su avance.
El picto señala la gema al khitano, susurrando 'eso es lo que estaba buscando'.
Tiberio, girando su mirada firme hacia el arqueologo-brujo, le dice '¿Eso es lo que buscabas? Es el Corazón de Mitra. Perdido hace siglos en las primeras incursiones bárbaras con los albores del Imperio'. El anciano, con una sonrisa fanática, asiente mirando a Tiberio, exclamando 'el Corazón de Mitra es lo que protegerá y sanará a mi pueblo. Ese objeto vierte su poder sobre los dignos... y mi gente lo es, inocente de su enfermedad maligna. Te dije que lo compartiría contigo'.
En ese momento, comienza una discusión en la que Tiberio, indicando que él había prometido ayudar al picto y los suyos, llevará el objeto sagrado a un templo de Mitra, y allí se atenderá a los suyos debidamente, a lo que el anciano recuerda que, si el soldado aquilonio ha tratado con desprecio y suspicacia al picto por ser lo que es, es del todo seguro que en el templo traten de igual manera... o peor... a los suyos, incumpliendo la promesa que el aquilonio hizo a Durkan. Ante eso, ofendido por las palabras, Tiberio indica que por ello, y a pesar del comportamiento de Durkan, no debe preocuparse, ya que Tiberio llevará el corazón a un templo con la condición de que en ese templo atenderán al pueblo de Durkan. Y si se niegan a hacerlo, el corazón no será depositado en ningún templo que se niegue. Durkan razona que, cuando los mitraicos vean el corazón, se convertirán en una horda fanática que desee obtenerlo a toda costa, poniendo en riesgo incluso la vida del soldado, a lo que éste explica que eso no le preocupa, ya que si Mitra ha guiado sus pasos hasta aquella caverna, dará fuerza a su brazo para hacer lo que es justo. De hecho, lo más apropiado sería que Durkan y los suyos se uniesen a la verdadera fe de Mitra, lo que daría más peso a la resolución de Tiberio y el templo al que llevase el Corazón de Mitra para tratar su dolencia, ante lo que Durkan sugiere que, quizá, como prueba de fe, Tiberio podría llevar con él el Corazón de Mitra hasta su pueblo, observe sus milagros curando a los suyos, y después lo devuelva a un templo, fortalecida su fe con dichos milagros. Ante la negativa inicial de Tiberio de seguir la sugerencia, Durkan vuelve a insistir en que éste faltará entonces a su palabra, momento en que el soldado indica que no sabía de lo que se trataba, y que la promesa que Durkan le forzó a hacer fue un engaño para que tuviese que cumplirla ante semejante hallazgo. Durkan, sin embargo, se ofende indicando que él tampoco sabía exactamente de qué se trataba lo que estaban buscando, pero que él igualmente cumpliría su palabra si Tiberio hacía lo propio. Antes de seguir enfrascados en la discusión, Tiberio resuelve que la reliquia no pertenece ni a Set ni a los pictos, sino a Mitra, y por ello debe regresar a un templo de Mitra.
En un último intento de persuasión, Durkan indica que, si Tiberio es realmente un devoto de Mitra, no le importará que sus milagros lleguen hasta los infieles allí donde estén. Pero la resolución del soldado es implacable, y su oferta de interceder entre Durkan y el templo al que lleguen no cede, incluyendo el hecho de que su pueblo debería someterse a la protección del imperio Aquilonio, con lo cual les resultaría más fácil acceder a las maravillas de Mitra. Por supuesto, Tiberio también indicaría al templo que la colaboración de Durkan para recuperar la reliquia ha sido imprescindible, lo que debería ser un incentivo de peso para los suyos de ayudar a éste y su pueblo. Y probablemente eso ayudará a ver la verdad de Mitra a él y los suyos, redimiendo sus almas y convirtiéndolos a la verdadera fe. Pero, como auténtico soldado del imperio, si Durkan no se aviene a tal trato y pretende alguna triquiñuela, en aquel preciso momento no habrá piedad para el anciano, y toda la cólera de Mitra caerá sobre él a través del hacha de Tiberio (a pesar de que, en su mirada, el aquilonio siente la fría mano de la prudencia sobre su corazón ante el conocimiento de que el hombrecillo es un brujo que ya ha demostrado su poder, y podría ser peligroso).
Con una última reflexión sobre la conversación con Tiberio, Durkan susurra con voz grave: 'Bien. Pero si no se cumple lo acordado, caerá sobre tu conciencia'.
'Soy un hombre de honor, y mi palabra vale más que mi vida. Eso debe bastarte', responde el soldado.
'Aun siendo un hombre de honor, Tiberio, piensa bien que quizá tus sacerdotes no acepten tu palabra. Recuerda ésto cuando recuperemos la reliquia'.
'En ese caso, si no toman mi palabra como juramento en firme, no tendrán el Corazón de Mitra', susurra Tiberio.
'Siendo así, acepto tu palabra', concluye Durkan.
'Hemos hecho un trato, picto, frente a testigos, y ante Mitra', zanja también Tiberio.
Ambos hombres esputan en la palma de sus manos, y las chocan firmemente.
El peso de la gravedad en las palabras crea un tenso silencio entre ambos hombres, roto sólo por las elucubraciones de sus compañeros en las cercanías, estudiando el entorno y el pilar serpentiforme.

Mientras toda esta conversación se sucede, Li Po, Sarah, Ramma y José Domingo estudian con atención cómo obtener aquel diamante descomunal, además de que Ramma recarga una de las capsulas alquímicas de su espada con el líquido transparente desconocido por si se encuentra con más peligros (de paso, mirando de reojo a Durkan por si hace alguna estupidez, acercándose con sigilo a la espalda de éste). José Domingo, a pesar de mantener su atención principal en el planteamiento del rescate, observa de reojo a Durkan, valorando que, en el fondo, aquel hombre pequeño de gran poder podría estar en lo cierto en sus afirmaciones y al dar su palabra.
Por su parte, ya que todos parecen concentrados en sus asuntos, nadie se percata de que Sarah, lentamente, avanza hacia el agua para estudiar el lugar más de cerca.

En el planteamiento de recuperación, los aventureros valoran empalmar tres trozos de cuerda firme que fijar con fuerza y seguridad a una de las ruinas de alrededor del agua, y después lanzarla hacia la columna, esperando enlazar el extremo superior, y con ello cruzar hasta ella sin tocar el agua, aunque Sarah ya se encuentra cerca de la orilla, pensando en usar algún tipo de red de cuerdas para hacer pesca de arrastre con las riquezas del cercano fondo del lago.

A su espalda, los compañeros calculan una distancia de unos 20 metros máximo necesarios en cuerda para poder alcanzar de una lazada lanzada y enganchar la zona del capitel de la columna (cuyo recorrido no llega hasta la bóveda de la cueva, sino sólo se eleva unos 6 metros aproximadamente), y luego tensar la cuerda hasta una de las rocas más firmes grandes y cercanas a la boca de la caverna, para hacer una cuerda "en tirolina" que quede sobre la superficie del agua sin tocarla. Así, José Domingo, al parecer más versado en el uso de lazadas y cuerdas por su trabajo en el mar, toma la cuerda, preparando la lazada y el nudo de la misma, y con tranquilidad la arroja una primera vez, fallando. El extremo de la cuerda y, por ende, el recorrido, caen al agua, alterando su estática superficie con un chapoteo y ondas que brotan del impacto.
("No molestéis al ag..." ah no, que eso es del Señor de los Anillos... hehehe)
Arrastrando la cuerda de vuelta a la orilla y lanzando después para, por fin, alcanzar el capitel y trabar con firmeza el lazo, José Domingo por su tarea delicada y Tiberio por su atención centrada en el Corazón de Mitra, junto con Durkan, son los únicos en no percatarse que, curiosamente, en la superficie del agua parece haber unas extrañas y numerosas pequeñas formaciones rocosas esparcidas por doquier, del tamaño y la forma de un melón.
Extrañado por no haberse percatado antes, Li Po se aproxima al agua, para observar con detenimiento que las "rocas" son, en realidad, cráneos de cadáveres ligeramente asomados a la superficie del agua, inmóviles... que hacía unos instantes no estaban... antes de arrojar la cuerda.
Ramma carga su honda y Sarah prepara una flecha en su arco, mientras Tiberio y José Domingo tratan de terminar su trabajo de cuerdas, ajenos a lo que sucede cerca de ellos.
Cuando una flecha vuela y golpea con un chapoteo el agua, y una roca zumba, cascando un hueso prominente, antes de hundirse con otro chapoteo en el agua, Tiberio se gira, viendo que, del agua, se alzan de pie unos treinta cadáveres chorreantes, inmóviles pero pendientes de los recién llegados, con ojos refulgentes del color del Corazón de Mitra y un gemido inconstante en sus gargantas.
Algunos llevan armas devastadas por el tiempo y el agua, mientras otros sólo cuentan con los huesos de sus manos unidos apenas por tendones viejos y abotargados, e incluso varios sólo poseen un antebrazo destrozado del que sobresalen el cúbito y radio afilados y preparados para apuñalar a una víctima.
Al quedar de pie, se revela que la altura del agua alcanza no más de las rodillas de un humano adulto.
Durkan, sobresaltado, recrimina la estupidez insensata de los actos de Ramma y Sarah al perturbar a los muertos, guardianes de la gema.
Inmóviles, los aventureros esperaron para encontrar más reacciones de las criaturas, sin hallar alguna más, mientras se mantenían a la expectativa.

Li Po, pensando en las posibilidades, observó a las criaturas y el entorno, pensativo, para entender las circunstancias del lugar y las criaturas. Al percibir más allá de lo obvio, fue consciente de que el agua estaba llena de riquezas, pero ninguna parecía haber sido saqueada o ideada como tesoro que utilizar para financiar nada. Entonces, cayó en la cuenta de que el lugar podría ser algún tipo de "agua de las ofrendas" para permitir acceso entregando tributo. Con ello, se giró a Tiberio y, explicando a todos la posible función del agua, le pidió el collar del sacerdote cadáver bajo el altar de Set. Tiberio, sorprendido, pidió a Li Po su palabra sobre la seguridad del sacrificio, mientras Ramma y José Domingo discutían sobre quién haría malabarismos sobre la cuerda, y Sarah se alejaba prudente de la orilla del agua.
Quejicoso por la solución al dilema de las criaturas, Tiberio ofreció el collar a Li Po, quien, humillándose con la joya en alto, y ofreciéndola en respeto a las criaturas y al lugar y al poderoso Set, se introdujo en el agua y depositó el objeto cerca de la orilla, en el interior de las aguas.
De inmediato, las criaturas alzadas descendieron lentamente, y penetraron en la blanda tierra bajo las aguas, como si nunca hubiesen existido. Sin embargo, en lo más profundo del pensamiento del khitano, éste sabía que esa solución sólo sería temporal, y probablemente, en cuanto se apoderasen del diamante, terminaría la protección de la suculenta ofrenda.
("No molestéis al..." bueno, ya sabéis cómo va ésto)
Al mismo tiempo, Ramma comienza a hacer equilibrios sobre la cuerda, y aunque el primer tramo de la misma parece mejorar progresivamente en su movimiento, al llegar a la mitad del camino, un resbalón en la cuerda húmeda le hace caer, golpeando su ingle sobre el soporte. Cayendo de lado, se sujeta con piernas y brazos boca abajo a la soga, y sigue su camino más despacio pero más seguro, hasta alcanzar finalmente la cúspide de la columna, donde se maravilla de la gigantesca joya que tiene ante sí mismo.
Más allá de la orilla, el resto observa con un suspiro contenido la evolución, hasta que el himelio llega a su destino.
Al llegar allí, piensa durante un momento cómo transportar el pesado objeto (que sólo está apoyado encima de la columna, en vez de fijado), e idea una forma de envolverla con un largo tramo de cuerda como si fuese una bolsa, hasta que toda la superficie está firmemente cubierta, dejando una parte de la misma para crear una "tirolina" improvisada para arrojar el objeto con un empujón hacia la cuerda descendente, con el que recorrer la cuerda y llegar rápido hacia la orilla.
(NOTA: En este momento se planteó una discusión sobre el peso de una piedra maciza de unos 25 cm de diámetro, en la que los jugadores insistían en que no podía pesar 50kg, al tiempo que el DJ hacía una comparativa con el volumen de una caja de plástico para recolectar aceitunas, cuyo peso llena de ACEITUNAS era de 25kg. Petición cumplida de los jugadores)
Al asegurarse de que la "tirolina" de cuerda se ve firme y bien anudada, informa a sus compañeros de que esperen para frenar el objeto a la llegada y así no choque contra la sujeción en las ruinas -y pueda romperse-.
Con gran esfuerzo y un par de intentos (y el cuello enrojecido de venas hinchadas), el himelio saca de su sujeción la gema inmensa, haciéndola oscilar para ganar inercia y velocidad...

...momento en que un temblor sacude toda la caverna.

Tiberio, preparado para recibir la gema, consigue atraparla en su rápido descenso, viendo como tras ella Ramma corre sobre la cuerda hasta la mitad del trayecto...

...resbalando con la suficiente gracia como para agarrarse a la cuerda, y dejarse caer en el agua de forma un tanto brusca.

El temblor se repite con más fuerza, escuchándose el rasgar de la piedra con un eco, tras lo que un inmenso peñasco del techo se desprende, cayendo sobre un guardián nomuerto y aplastándolo justo cuando todas las criaturas se alzan del agua con un brillo más intenso en sus ojos.

En ese momento, se desata el caos de gritos para huir de allí, a la vez que Li Po chapotea unos pasos en el agua para recuperar el collar ofrendado y volver sin que ningún monstruo llegue a alcanzarlo, y Tiberio echa el enorme Corazón de Gema en una bolsa para poder llevarlo con cierta comodidad a pesar de su peso, aunque su velocidad se ve reducida, precisando de ayuda de Sarah para no enlentecer el paso.
Por su parte, Ramma trata de esquivar a las criaturas que empiezan a rodearlo, con tan mala fortuna que una de ellas lo apuñala en un costado, otra le golpea con un puño carcomido y duro como una maza en la mandíbula, y la tercera le rasga parte de manga y piel de un brazo. Tambaleante y muy dolorido, Ramma huye apenas por los pelos, saliendo del agua, tropezando con el temor impregnado en sus ojos.
Tras los fugitivos, los zombis gimen y agitan manos y brazos en dirección a ellos, con la amenaza de una muerte segura a los profanadores.
En la huida, temblores sacuden los pasillos y rocas con mampostería golpean el suelo estruendosas.
Una de ellas, a toda velocidad cae sobre el pirata quien, al escuchar el crujido sobre él, salta hacia adelante, la evita haciendo una pirueta en el suelo, aunque uno de sus tobillos sufre un corte con una esquirla de la misma. A pesar del escozor y la sangre, el muchacho no ceja en su avance y sigue adelante junto a sus aliados.
En su carrera, otro estruendo hace que se escuche un aullido de dolor tras los aventureros, momento en que se giran para observar que Durkan Tonkaren rebota contra una pared con un brazo doblado en un feo ángulo y una expresión de sufrimiento en su mandíbula apretada. El zingario lo mira con odio y desprecio, y en su mente empieza a forjarse un oscuro plan, antes de seguir corriendo.
Su gesto no ha pasado desapercibido a Ramma, que también sigue corriendo para no morir aplastado en el derrumbe.
Li Po, junto al viejo, lo empuja por la axila al pasar a su lado para impulsarlo a seguir avanzando y no perder el tiempo.
Durkan, escupiendo bilis, acusa de traidores a los aventureros que huyen, pues habían prometido ayudarle y ahora se encuentra herido. El pirata sólo alcanza a dedicarle un obsceno gesto con la mano y así no parar en su escapada. Ramma sólo consigue gritar diciendo '¡Picto el último!' entre risas.
Sarah, sin demasiada dificultad, corre a toda prisa y sin acusar el cansancio, gracias a su vida nómada.
Cuando otra roca pasa rozando uno de los hombros de Li Po con un veloz impacto superficial, éste se mueve con la gracia de un reptil, girando sobre sí mismo y amortiguando la mayor parte del golpe, a pesar del feo moretón que aparece veloz bajo la piel.
Entonces, el grupo se percata de que se acerca a los lotos grises, pensando en que, en su huida, podrían quedar dormidos y morir aplastados sin ni siquiera darse cuenta.
Así, se detienen unos instantes para empañar trapos que atan sobre bocas y narices, y siguen avanzando, más despacio para evitar levantar el polvo de los lotos cenicientos.

¡Ay! Quiso la desgracia o la voluntad vengativa de un Set furioso que Li Po se atragantase por un resquicio con polvo de la flor, y cuando Ramma y José Domingo se dieron cuenta, aferraron al hombrecillo por las axilas y se lo llevaron a rastras hacia la sala de los pozos, donde Li Po ya empezaba a acusar una torpe somnolencia.
Por ello, y desgraciadamente, los muchachos tendrían que retrasar su avance al cargar con el brujo khitano.

La huida frenética entre lluvias de rocas y escombro se hace cada vez más arriesgada, acompañada de polvo, temblores, gemidos de criaturas en la lejanía e impactos letales por todas partes. Aun en la confusión, Ramma consigue, con una habilidad sin parangón, esquivar terribles cascotes que sólo estallan a su alrededor y de sus dos compañeros, golpeándolos únicamente con las esquirlas de las rocas destrozadas contra el suelo. Los tirones y agarrones del himelio consiguen que tanto él como el khitano sean vapuleados con restos a gran velocidad de los estallidos rocosos en el derrumbe, que aún así no resultan fatales.

A lo lejos, y tras el grupo, la voz amenazante y temerosa de Durkan grita a los fugitivos "traidores" y "cobardes", al tiempo que les recuerda que "le ayudarían" y no lo están haciendo, mientras esquiva rocas y derrumbes, hasta que, ya que puede correr más rápido que los jóvenes cargados de su propio compañero brujo, pasa al lado de éstos, justo cuando una roca le da un rozón que lo desequilibra y lo hace tropezar.

En ese momento, toda la ira vengativa de José Domingo se canaliza, superando las barreras mentales del embrujo al que Durkan lo había sometido para aterrorizarlo, y de una certera y veloz estocada le alcanza un costado en profundidad, soltando a Li Po para ello. El picto gorgotea 'traidor' con una mirada de horror en sus ojos, aunque aún queda vida en su cuerpo.

Pero no le sirve demasiado, cuando siente la hoja akhbitana de Ramma por la espalda, y un susurro del himelio en su oreja que dice 'tus potingues curan... pero ésto no', mientras el arma de éste se le incrusta hasta la empuñadura. Un gemido y los ojos vueltos en blanco del herido dejan claro que la vida está a punto de huir por completo del hombre, al que abandonan tras de sí los dos jóvenes, llevando consigo a Li Po.
Sin embargo, con un último aullido, el poder de Durkan se libera con una explosión de fiereza, lanzando por los aires a los tres fugitivos, envueltos en llamas mágicas y una onda de fuerza después de que sus ojos y boca brillen con mágica furia y desaten una última descarga de poder retributivo.
Pero el destino, caprichoso en sus vaivenes, permite a todos rodar por el suelo arrastrándose entre sí, en lugar de estrellarse con ningún cascote o resto del derrumbe -los cuales, lejos de convertirse en una frenada en seco, los libran de la mayor parte de la explosión-, recuperando tras unos instantes la compostura para seguir arrastrando a Li Po, todos con profundas quemaduras en sus pieles, pero vivos, aunque Li Po se encuentra inconsciente.
Ante ellos, Sarah y Tiberio escuchan la deflagración, y al ver de reojo que sus compañeros siguen tras ellos, gritan que se den prisa si no quieren morir aplastados, para después seguir con su huida.

Finalmente, todos salen entre humo y polvo por la entrada junto a la catarata a toda prisa. Más allá, en el interior de las colinas, un temblor acompaña a un estruendo descomunal que se extiende tras el risco por el que cae el agua, levantándose una inmensa nube de polvo en el lugar bajo el que hace unos instantes había unas ruinas subterráneas, hasta que, minutos después, todo el ruido deja una pesada carga de silencio en el valle en el que se encuentran, habiéndose asentado las rocas del corazón de las colinas tras el descomunal derrumbe.

Y en el cielo, sobre el horizonte de la cima de la colina que tienen ante sí, todos pueden distinguir entre el polvo una oscura sombra que se alza veloz volando hacia las alturas, la cual transmite un escalofrío en la nuca de los presentes, quizá más en la de José Domingo y Ramma por sentir que algo maligno ha quedado tras ellos para ajustar cuentas tarde o temprano.
Por su parte, Li Po al percatarse de ello, sacude la cabeza como símbolo de apesadumbrada comprensión.

Pero, al fin y al cabo... están vivos... y sus manos están llenas de una pequeña fortuna... y son dueñas temporalmente de un objeto de leyenda.

EPÍLOGO: Magullados, pero vivos, los aventureros vuelven a Lanitia, donde antes de que la guardia los prenda, exigen ver al capitán de la misma para pagar su derecho de libertad, comprado por esclavitud para servir al picto arqueólogo Durkan Tonkaren, presentando el documento de dicha propiedad para que sea revocado.
Después, con el recelo y la sorpresa de todos los aldeanos y autoridades presentes, se alejan en el horizonte hacia el oeste, en busca de un templo de Mitra al que entregar aquello que hace mucho tiempo fue arrebatado al dios de la civilización.
En el camino, negociando por sus riquezas, obtuvieron un saludable botín que repartir entre sí, incluyendo un regalo que Tiberio hizo a José Domingo: un espadón con nombre propio que le sería muy útil para acabar con rapidez con el aguante de sus enemigos... una espada que colorearía de dorado los iris del muchacho... arrebatándole algo de su soltura con la palabra por un sutil siseo al hablar, más intenso cuando se enfureciese.

Y así, atravesando las fronteras entre Ophir y Aquilonia, el Corazón de Mitra fue entregado al culto imperial, confiriendo honor, orgullo y gloria a los aventureros para los sacerdotes que encontraron en la llegada del objeto un buen augurio para el futuro del imperio, otorgando bienes y prendas de agradecimiento a quienes habían llevado la ascendente gloria del culto hasta ellos.
Pronto, un fabuloso caballo de guerra se convertiría en la nueva montura de un resplandeciente Tiberio, satisfecho del cumplimiento de su deber, mientras que el resto se regocijaba en sus propias recompensas...

...antes de que uno de los más importantes cabezas del templo al que habían entregado la reliquia les dedicase unas palabras para reunirse con él, pues quizá, como aventureros, estuviesen interesados en algunas tareas para ellos que podrían suponerles mucho más renombre, honor y riquezas si lograban completarlas.


PERO ESO SERÁ EN FUTURAS HISTORIAS, como


"LA CÁMARA ABANDONADA"
"LA CIUDAD DE LAS SOMBRAS CHIRRIANTES"
o
"CELO ABSOLUTO"


FIN

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