El poder, poco a poco, comienza a restaurar magulladuras, moretones y contusiones en carne y hueso, ante la mirada preocupada de Akon, sangrando por un único corte en su inmaculado cuerpo.
Después de tomar aliento, los aventureros echan un vistazo al entorno, decidiendo continuar su investigación.
Manteniendo una estructura de aspecto descuidado y abandonado, la estancia más al este del descansillo al final de la escalera, oculta tras una puerta de opaco vidrio emplomado con -una capa de polvo sobre su superficie- grabada con símbolos de molinos.
Ygrein, tocando los cristales, los envuelve en luz sagrada para iluminar ambas caras del vidrio, y que dicha luz brote a ambos lados.
Observando ausencia de actividad en la estancia que apenas se distingue, salvo siluetas amorfas, los compañeros de El Jade deciden entrar.
El lugar es un dormitorio lleno de telarañas en techo y esquinas, con grandes dosis de polvo por doquier, cuyas ventanas se encuentran cubiertas de unas pesadas cortinas rojo oscuro, además de una gran cama con dosel y gasas bordadas hechas jirones.
Sobre una vieja chimenea, un retrato lleno de polvo e hilos de telaraña representa a Gustav y Elizabeth Durst. El suelo se encuentra cubierto en parte por una alfombra medio podrida de piel de tigre. En una esquina, un viejo tocador con espejo de rostro contiene un tapete bordado casi consumido, sobre el que descansa una jarra y un cuenco de porcelana. Las sillas tapizadas tienen una cobertura también echada a perder, y la habitación posee una puerta con un espejo de cuerpo entero orientado hacia la cama, así como otra con vidriera a través de la que se observa una luminosidad blanquecina. La habitación queda rematada por unos armarios vacíos.
Las curiosidades que los aventureros encuentran en este lugar es, aparte de que la puerta da a un balcón exterior, el cual está cercado por una espesa bruma que impide toda visión más allá, también hay un baño tras el espejo de cuerpo, y un montacargas que lleva a otras habitaciones inferiores. Lo único de valor es un lujoso joyero con varios anillos y un collar muy valiosos.
Todo ello termina entre los bienes de la pareja de El Jade, ya acostumbrada a apropiarse de aquello que, siendo de valor, no parece tener dueño.
La siguiente puerta más cercana que los visitantes abren, frente a la entrada del dormitorio, es un baño con una bañera de madera combada de pies de garra, junto a un mueble con un hornillo y una tetera de aspecto deslustrado. Junto a éstos, un barril con un grifo adosado a la pared gotea lánguido, unido a una tubería que conecta a una cisterna que parece tener una función de recogida de agua de lluvia para uso personal, aunque su aspecto agrietado y viejo de seguro indican que hace demasiado tiempo dejó de ser funcional.
La siguiente habitación, tras abandonar el baño, es un largo y estrecho almacén con diversos útiles de la casa en varios estados de abandono, como trapos, bayetas, mopas, sábanas, mantas, pastillas de jabón, así como un par de recogedores y escobas viejas y algunos legajos de pergamino en blanco que, cuando Akon trata de coger para llevarse, se deshacen quebradizos. Mirando el jabón, el tiflin es consciente de que su calidad ya se ha pasado hace mucho tiempo, y quizá no funcionen como debería, posiblemente causando más mancha que limpiando, pues su aroma es mezcla de aromático y descompuesto, con tacto grasiento.
Después de observar el lugar, comparándolo con los inferiores, Akon se encuentra preguntándose cómo hay un cambio tan radical en cuanto al paso del tiempo desde la planta inferior a ésta. Hay un extraño salto de paso en el tiempo que no alcanza a entender.
Por su parte, Ygrein duda de un detalle con respecto a la distribución en el edificio, y es el hecho de que no existe ningún acceso visible desde la planta en la que se encuentran a la que, de seguro, existe arriba... ni siquiera el montacargas, que sólo alcanza hasta el dormitorio que habían dejado atrás hacía unos minutos.
De hecho, la escalera que va desde las plantas inferiores hasta ésta no continúa más arriba. Así que todo ésto dificulta mucho el avance en encontrar el misterio de la Mansión Durst.
Frustrada, Ygrein patea el yelmo de la armadura, que cae entre ecos y rebotes escalera abajo, provocando un sobresalto en los exploradores, al percatarse del absoluto silencio que reina en la construcción.
Akon, por su parte, se fija que existen unas rendijas en el muro de madera opuesto al acceso de la escalera hacia el inferior, junto a la baranda que protege de una caída por el hueco de la escalera.
Rozando el panel de madera, el tiflin percibe la vibración de una pared que parece no sostenerse en una base sólida, como si se tratase de un área hueca.
Utilizando una daga, Akon hurga en las rendijas hasta percatarse que el recorrido de la daga al entrar en ellas dibuja el marco de lo que podría ser una puerta oculta.
Observando la plancha de madera, un leve empujón desencaja con un chasquido la plancha unos centímetros, encajándola en lo que parece un riel que bloquea su apertura, y cuando el brujo la empuja en dirección al hueco de la escalera, la plancha se desliza, abriendo un acceso oscuro, con aún más polvo y telarañas de lo que esta planta presenta -y sin una sola huella-. Entre ese polvo y hebras de telaraña, Akon observa unas estrechas escaleras de subida que giran en ángulo más adelante, y justo frente a la puerta secreta, puede observar el mecanismo -idéntico al de la primera- de otra puerta por la que se accede a la estancia cuya puerta natural se encuentra en el descansillo.
Curioso por el segundo acceso, Akon también lo abre, encontrando que la puerta, además, sostiene un espejo de cuerpo entero sujeto a ella cuyo marco está tallado en ramas de bayas. Al apartarlo, el brujo se fija en la estancia. Se trata de un dormitorio polvoriento con telarañas cubriendo todo el techo, cuyos muebles, a pesar de su lamentable estado, son caros y elegantes. Unas vidrieras con luminosidad similar a la de la habitación principal se encuentran al fondo a la derecha de la estancia. Una gran cama con dos mesas y sillas a un lado completa el lugar, así como un armario vacío y una puerta de madera cerca de la entrada principal, la cual flanquea por su parte Ygrein, en el momento en que Akon se pierde atravesando ambas puertas secretas.
Entrando prácticamente al mismo tiempo, Ygrein cruza una mirada de sorpresa con Akon, sobresaltándose y haciendo un gesto que simula un golpe con su maza.
Acercándose al brujo, por casualidad la sacerdotisa observa la talla del espejo apartado -cuyo cristal está empañado por el polvo y la suciedad-, encontrando que entre las delicadas ramas hay disimulados ojos venosos de aspecto malévolo, también tallados en la superficie, lo que hace que un escalofrío recorra su nuca.
Revisando los muebles vacíos, Akon se dirige a revisar la cristalera, encontrando al abrirla el mismo paisaje exterior que desde el dormitorio.
Mientras Ygrein se decide a abrir la vidriera y confirmar el paisaje, Akon abre la pequeña puerta junto a la vidriera, encontrando en ella una habitación-guardería de bebe, con una cuna de madera cubierta con una tela negra agrietada. Curioso por lo que podría tener la cuna, aparta la tela para ver una tela envuelta en sí misma del tamaño de un bebé que, al desanudar, no muestra nada en su interior.
En el momento en que Akon descubre la tela, un chillido de ultratumba se desata en el dormitorio. En el centro del mismo, una silueta transparente comienza a parpadear y tomar forma, con el aspecto de una mujer pálida terriblemente demacrada, joven, con ropa rasgada de ama de cría y gesto aterrado.
Cuando fija sus ojos dementes en Akon e Ygrein, chilla realizando un gesto retorcido con una mano, y un sonido de golpetazos y movimiento atropellado se escucha en el almacén junto a la entrada. Mirando en esa dirección, la pareja descubre que una de las escobas sale volando a trompicones por la puerta del almacén, deteniéndose ante la del dormitorio del espectro.
Ygrein, antes de ponerse en marcha, dice en voz alta: "menos mal que ha llegado la chacha, porque está todo muy sucio...", provocando una mirada furiosa en la criatura.
Habiendo llamado su atención, el espectro de la mujer vuela hacia la sacerdotisa, sintiendo su naturaleza sagrada, extendiendo una garra translúcida hacia ella, acompañada de una sensación gélida. Pero Ygrein muestra que, con un ápice de rapidez, da un paso lateral, dejando en un simple lance fallido el tacto fantasmagórico de la criatura, que gime con un eco lastimero.
Junto a la puerta, la escoba vuela girando sobre sí misma hacia el brujo, tratando de sacudirlo con su mango y sus rígidas cerdas. Confuso por el movimiento giratorio, Akon se agacha, notando el aire sacudir sus cuernos, y cuando mira hacia arriba, recibe un doloroso y sonoro gancho en la mandíbula del mango, que le provoca un fogonazo confuso en la mirada por el daño del impacto y el chasquido de su mandíbula.
Sacudiendo la cabeza, el brujo se incorpora con una mirada furiosa en dirección a la amenazadora escoba que trata de acosarlo. Alzando ambas manos, el tiflin arroja dos rayos de fuerza mágica, pero el movimiento de la escoba revoloteado a su alrededor impide un impacto eficaz, causando en su lugar que dos trozos del marco de la puerta estallen en astillas.
Ygrein, murmurando una oración a Dekaeler, forma una maza sobrenatural que flota envuelta en un halo escarlata con afilados bordes de manchas sanguinolentas, la cual vuela a toda velocidad contra la criatura. Así, tratando de flanquear al espectro, la sacerdotisa grita un ataque que hace apartarse indemne a la criatura, momento en que la maza sobrenatural desgarra de un impacto parte de la esencia etérea del monstruo, provocándole un chillido de temor.
En ese chillido, el monstruo enfoca su atención en el cuerpo de Ygrein, y con un brillo espectral en su mirada acompañado de una expresión terrible, su mano refulgente y translúcida penetra profundo en el pecho de la mujer, atravesando su armadura, haciendo que la sacerdotisa sienta un frío letal en el alma que le roba la vida, provocando un arrebato de leve palidez en su rostro y un color azulado en las venas de su cuello. Respirando con dificultad, Ygrein se aparta del fantasma tambaleándose, percatándose de que su vitalidad flaquea tras el ataque.
En otro lugar, la escoba vuelve a girar como un aspa de molino acelerada, revoloteando sobre Akon. En una finta utilizando sus cerdas, provoca que el brujo se desplace hasta ser un objetivo claro para su mango, con el que lo golpea en un costado con un sonoro impacto que hace al tiflin resoplar expulsando el aire de sus pulmones, mareado.
Intentando buscar un punto de ataque más propicio, Akon trata de zafarse de la escoba animada, pero el objeto lo batea en el trasero con la parte de sus cerdas con un latigazo abrasivo.
Rascándose las posaderas, Akon enfurecido lanza una nueva andanada de energía sobrenatural contra el objeto. Aunque el primer ataque provoca un molinete burlesco en el objeto, apartándose de su trayectoria y causando una explosión en el suelo del descansillo, Akon calcula la trayectoria enviando una segunda explosión certera que impacta justo en la sujeción entre las cerdas y el mango.
El estallido hace rebotar entre el marco y la pared al objeto, que vuela sin control. Y aunque humea y algunas llamas de extraño color brotan de su madera, todavía, entre extraños espasmos, tiene ganas de pelea, flotando en el aire.
Ygrein, buscando su corazón guerrero, planifica una táctica eficaz en la que, mientras ella golpea por debajo al espectro, su maza vuela para lanzar un golpe superior, con tal destreza que ambas armas alcanzan a la criatura. Aunque la maza en manos de la sacerdotisa no causa un daño excesivo en el fantasma, por la naturaleza etérea del mismo, la maza sobrenatural, por contra, rasga la esencia de la criatura, arrancando hasta la nada un pedazo de la misma, produciendo que la forma del ser se vuelva más insustancial, y un lamento de temor brota de su garganta translúcida.
El lamento se vuelve un chillido agresivo, momento en que la bestia enfoca una vez más su atención en Ygrein, lanzando su otra mano fantasmal contra el torso de la mujer, enterrándola en profundidad. Aunque el dolor y el frío letal son muy desagradables, en esta ocasión la esencia vital no es arrancada del alma de la clériga, que aprieta los dientes con gesto amenazador ante el monstruo, aunque su respiración gime y su pulso se altera momentáneamente.
La escoba, volando entre espasmos y volutas de humo, no controla lo suficiente su movilidad, y sus lances no alcanzan a un ágil Akon que se aparta con facilidad de uno, deteniendo el impacto del mango de la misma con su propio bastón.
"Voy a enseñarte como golpea una verdadera vara", dice Akon, aferrando su bastón con ambas manos y lanzando un golpe zumbante a la escoba... el cual ésta detiene con un molinete, evitando el choque destructivo entre su superficie y la del arma.
Akon parpadea anonadado, quedando trabado con la escoba como si de un combate de bastones marciales se tratase.
Ante Ygrein, la criatura flota e intenta posicionarse para una mejor acometida, gimiendo "tu corazón es míiioooo..." con un jadeo.
Buscando la guía de Dekaeler en su brazo, una velocidad sagrada imprime renovado vigor en el asalto de Ygrein quien, aunque un primer lance de la maza en su mano aleja al espectro de su lado, utiliza su maza sobrenatural para azuzar con otro ataque fallido a la criatura, que se mueve lo bastante cerca como para, de un segundo mazazo con su mano, es alcanzada de lleno. Sin embargo, la naturaleza etérea de la criatura ofrece parca resistencia ante el golpe, el cual apenas deshilacha su esencia fantasmal, causando leves daños. El espectro susurra "nooo podrás vencerme mortaaaal..." ante el impacto apenas inocuo.
Su reacción no se hace esperar, y su mano se arroja ávida contra la mujer, quien, sobresaltada, se aleja con un tropezón que hace a la garra etérea pasar cerca del cuerpo de la sacerdotisa, sin llegar a alcanzarla. El espectro chilla de frustración por el ataque truncado.
La escoba humeante y agrietada, a pesar de su estado, agita sus cerdas frente al rostro del Akon. El parpadeo provocado por el lance hace que el tiflin se descuide en un instante fatal, en el que el mango del objeto impacta con un crujido en un hombro del brujo, haciendo que éste apriete los dientes de dolor.
En una maniobra arriesgada, Akon trata de poner distancia entre él y el objeto, pero la escoba es más rápida, y de un sonoro golpe de mango en el rostro pone al brujo a "dormir".
Sobresaltada por la caída de Akon, Ygrein debe actuar con presteza, porque ahora se expone a un peligro doble. Así, envía su maza sobrenatural contra el espectro, la cual cae a plomo contra el rostro de la mujer fantasmal. Tal poder imprime el impacto, que deshace la esencia nomuerta de la criatura en hebras de vapor que se consumen en un instante, con un chillido que se apaga rápidamente como un eco que se aleja.
Casi sin preocuparse de si más amenazas se lanzan sobre ella, la sacerdotisa apoya su mano sobre el pecho de Akon, rezando a Dekaeler para sanar a tan eficaz compañero de batalla, haciendo que sus huesos vapuleados se recompongan y sus moretones pierdan color y bajen de inflamación, provocando un gemido sobresaltado en el tiflin al recuperar la consciencia con la curación.
Akon se sienta en el suelo, sacudiendo la cabeza y preguntando qué es lo que ha ocurrido, mientras se palpa la dolorida mandíbula y toma una pócima para recuperar algo más de salud y vitalidad. Con una sonrisa, Ygrein se sienta en silencio a su lado, a reposar un poco, convocando de forma repetida el poder curativo de su dios sobre sí misma.
Después de recuperar el aliento, la pareja de aventureros se dirige a las escaleras secretas atiborradas de polvo y telarañas, que giran hacia la izquierda a medio camino. Iluminados por el poder de Ygrein, ambos llegan hasta una puerta que les cierra el paso, que abren sin problema, encontrando tras ella una sala atestada de polvo y telarañas, con una única ventana polvorienta que da al techado del exterior sobre el balcón del dormitorio principal, también bloqueado el paisaje por una espesa bruma. Con los escasos momentos que quedan a la existencia de la maza sobrenatural, Ygrein la utiliza para despejar el paso de telarañas, derribando varios puñados sobre el suelo antes de desaparecer. Despejando el paso, los visitantes observan que hay cuatro puertas en varios extremos de la sala.
En la puerta junto a la ventana del ático, la pareja encuentra que se halla cerrada con llave. Por suerte, la llave que hallaron en la biblioteca permite abrirla con facilidad.
Cuando la puerta se abre y pueden acceder al interior, la luz que portan permite observar una escena bastante lamentable: una ventana al este tapiada se halla flanqueada por dos camas de madera polvorientas de tamaño niño. Cerca de la puerta hay un cofre de juguete con molinos pintados en sus laterales, y una casa de muñecas que es una réplica perfecta del tétrico edificio en el que se encuentran los aventureros. Todos estos objetos se hallan cubiertos de telarañas. Lo más triste es que, en medio de la habitación, sobre el suelo, hay dos pequeños esqueletos que llevan ropas ajadas por el tiempo, aunque familiares. El más pequeño de ambos aferra un muñeco de trapo que Akon e Ygrein pueden reconocer.
...Son los esqueletos de los niños de la calle...
Al acercarse Ygrein junto a Akon a la casa de muñecas, esperando encontrar alguna habitación que pudieran pasar por alto, la temperatura de la habitación desciende sensiblemente, y un resplandor tenue se manifiesta a la espalda de la pareja.
Cuando los aventureros se giran, observan como los fantasmas de ambos niños se manifiestan sobre sus esqueletos, mirándoos.
"Estamos aquí", dice Ygrein con suavidad.
"Por favor, no maltratéis nuestros juguetes", solicita la niña con voz suplicante.
"No es nuestra intención. Entramos porque nos dijisteis que vuestros padres estaban en peligro y había un monstruo en vuestra casa", continúa Akon con gentileza.
"Esos no eramos nosotros. Nosotros somos los que estamos aquí", dice la niña. "Eso no se lo que es, pero es otra cosa, porque nosotros no podemos salir de aquí. Ya podéis ver que no podemos ir a ningún sitio, porque no somos como vosotros", añade, señalando la habitación.
"Sólo quería ver lo bien hecha que está la casa", comenta Ygrein, acercándose a la casa de juguete. Y, al hacerlo, la mujer se percata de que, en toda la casa, aparte del montacargas, existe una zona justo cerca de las dos puertas enfrentadas a la derecha de la entrada de la habitación de los niños donde aparece una escalera de caracol que recorre todas las plantas de arriba a abajo. Y en la habitación de cacería de la primera planta, existe una trampilla que conecta con algún lugar inferior, pero no se sabe a dónde se dirige. Al verla, Akon pregunta a dónde se dirige esa trampilla a los niños.
La niña responde con timidez "al monstruo en los cimientos".
"Si matamos al monstruo, ¿descansaréis en paz?", pregunta Ygrein.
"Nos gustaría descansar en paz, sí", contesta la niña.
"Nosotros también deberíamos tomarnos un descanso, Ygrein", comenta Akon.
"Pero hemos venido a destruir a un monstruo", responde la mujer.
"Sin embargo sería apropiado hacerlo con nuestras fuerzas recobradas... sobre todo tú, tras tu confrontación con el espectro", recuerda el brujo.
"Quizá este cuarto sea un buen lugar, a pesar de la presencia de los niños", añade Akon, que se estremece un poco por la sensación gélida que desprenden sus fantasmas.
Pensando en la opción de recuperar sus fuerzas y su poder, Ygrein pregunta a los niños si pueden descansar en su habitación, y si es un sitio seguro. La niña dice que, si se quedan con ellos, pueden descansar allí, pero pide por favor que no se vayan, que tienen miedo.
Asegurando que no se marcharán, los compañeros se acomodan en su petate, limpiando todo lo posible la zona que van a utilizar entre las camas de los niños, y al tiempo se sumen en un sueño ligero en el que, de vez en cuando, al despertar, observan como los fantasmas los miran, totalmente inmóviles, siempre que abren los ojos al despertar sobresaltados de su sueño.
Curiosamente, los niños no hacen nada, sino sólo observan.
A veces están cuchicheando entre ellos.
Otras, parecen intentar jugar con sus juguetes, pero no pueden, porque son incapaces de aferrarlos.
En alguna ocasión sus imágenes han desaparecido...
Pero, en general, no perturban el sueño de los viajeros, que se vuelve progresivamente más tranquilo.
Éste es, sin duda, el lugar más extraño en el que han descansado.
Así, tras un descanso intermitente que, finalmente, permite recobrar la salud lo bastante como para ponerse en marcha una vez más, concediendo a Ygrein la posibilidad de unos rezos "matutinos" al poderoso Dekaeler el Guerrero, los niños siguen en medio de la habitación, observando a la pareja incansables e imperturbables.
"¿Podéis abandonar esta estancia?", pregunta a Akon, a lo que la niña responde "No... por favor... no os vayáis", con un tono de súplica. "Vamos a matar al monstruo para que podáis descansar", añade el tiflin. "Pero es que no queremos quedarnos solos", responde la niña. "Pero...", trata de explicar Akon, aunque la niña lo interrumpe de nuevo con un "Por favor...", acompañado de la voz tímida del niño que también ruega. "Y si me llevo vuestros huesos, ¿nos podréis acompañar?", sigue tratando de razonar el brujo. "Es que no queremos salir de aquí", suplica la niña.
"No salgáis. Volveremos a por vosotros", toma la palabra Ygrein, a lo que la niña expresa un lastimero "noooo".
"Lo siento pero ha de ser así", habla Akon con más firmeza.
Entonces la niña empieza a remolonear con cierto tono de protesta, pidiendo que no se vayan.
Ygrein piensa en darles sagrado descanso, recordando un ritual especial para ello, pero el objetivo del mismo es concluirlo en suelo sagrado apropiado.
Así, dirigiéndose a los niños, comienza a explicar que pretende darles santo sepulcro. La niña pregunta con curiosidad que dónde sería.
Impaciente por tratar de convencer a unos niños-fantasma, Akon va a salir por la puerta para seguir su camino de búsqueda hasta el acceso secreto de la buhardilla. Sin embargo, cuando se dirige a la puerta, de pronto la niña exhala un chillido y vuela en dirección al tiflin, tratando de poseerlo. Aunque la pequeña se deja llevar por un impulso de su naturaleza, la fortaleza de personalidad del tiflin la expulsa de su mente, volando lejos del cuerpo del brujo, confusa mientras lo mira.
Akon, molesto, se gira para regañarla de una forma paternal.
"Eres una niña y obedecerás lo que se te diga. Te hemos dicho que volveremos después de acabar con la criatura. Si tanto miedo os da, lo que vamos es a protegeros. Es decir que, os esperáis aquí, iremos a acabar con ese bicho feo que os da tanto miedo, y después volveremos a por vosotros. Y si digo que vuelvo, es que voy a volver".
Ante tal riña, tanto la niña como el niño se alejan en un parpadeo hacia un rincón, encogidos por el temor. "Vale... vale...", susurra ella. "No os molestaremos más".
Al ver el comportamiento de los pequeños, Ygrein no espera más, y empieza a preparar a los cadáveres para realizar una de las partes del ritual que permita descansar sus espíritus. Tomando un puñado de polvo de plata, lo esparce sobre los huesos, y comienza los cánticos adecuados por la muerte de un ser vivo. Santificando los restos, también les concede la unción de los caídos, concluyendo la primera parte del ritual.
Al hacerlo, los espíritus de los niños aumentan su brillo, y su aspecto es algo más opaco. Ambos miran a la sacerdotisa y... por primera vez -ni siquiera en las imágenes de la calle-, sonríen brevemente, aunque pronto recuperan su aspecto triste.
Tras la ceremonia, improvisa un saco cómodo para cada uno de los restos, donde introduce al completo los restos de los niños, y se prepara para buscar un lugar apropiado donde enterrarlos.
Antes de marcharse, Akon se dirige al espíritu de la niña, acercándose a ella, y le dice "cuando vuelva a ver esta cara, quiero verte sonreír otra vez antes de partir". La niña, con esa atención en particular, sonríe un poco.
Rastreando el resto de la buhardilla, los aventureros dan un rápido vistazo, pasando por una habitación de invitados, cuyo rasgo más particular es un amarillento y antiguo vestido cubierto por telarañas como si fuese el velo de una novia. En otra sala, varios muebles viejos en diversos estados de descomposición se amontonan cubiertos de sábanas sucias, intentando que el tiempo y el abandono no los llenen de polvo. En un baúl de su interior, el equipo halla los restos oseos del ama de cría, cubiertos por una sábana manchada de sangre seca. Al parecer la mujer fue apuñalada hasta la muerte, como Ygrein verifica. Una última habitación anodina de invitados con una vieja mecedora completa la visita.
Sin embargo, al recordar la maqueta en la habitación de los niños, la pareja retorna a la sala de los enseres, y en una esquina cerca del muro exterior, se percatan de que hay una puerta simulada a modo de pared.
Al abrirla, el área tras la misma es un estrecho paso de escaleras de caracol, tupido con telarañas y polvo que apenas dejan ver más allá de uno o dos metros, el cual desciende hacia las profundidades.
El hueco de escalera es tan estrecho que sólo puede descender al mismo tiempo uno de los dos compañeros de El Jade, y mientras van descendiendo, no hay más luz en el descenso que la que portan con ellos. Las paredes de mortero y emplasto visto interiores se cierran claustrofóbicas envolviendo una escalera de caracol descendente que crujen a cada paso por la antigua madera. El espesor de polvo y telarañas es tan molesto que, en un instante es necesario recurrir a antorchas para ir consumiendo todas las que impiden el paso con más resistencia. El camino es tedioso por lo angosto, costoso de respirar y avanzar, y al percatarse de que han recorrido mucho más descenso del que la casa supone en altura, de pronto la escalera concluye en un estrecho pasillo que avanza apenas dos metros hacia el sur a través de roca y tierra prensadas, con arcos de madera sosteniendo el techo del mismo. Al final del acceso, Akon e Ygrein alcanzan un pasillo que va de este a oeste, con diversos arcos de vieja madera sostenidos por vigas del mismo material, y varios accesos a derecha e izquierda del mismo, terminando a pocos metros al este en una esquina que vira al norte, y un acceso lejano al oeste que parece desembocar en una estancia mayor.
Los pasillos apenas llegan a los 2 metros y 2 palmos de altura, lo que sumado a la estrechez de los mismos, convierte este lugar en la pesadilla de la claustrofobia.
Lo más inquietante de la llegada a esta zona es empezar a escuchar un cántico repetitivo de naturaleza inquietante, del que es difícil adivinar su origen, pues se esparce por todas partes por igual.
Al decidir Ygrein avanzar hacia la estancia más amplia, tras recorrer poco más de 6 metros, se percata de que, de pronto, a ambos lados encuentra dos accesos que parecen penetrar en un par de criptas -cada uno-, de firmes puertas de roca... terreno sagrado, posiblemente, porque estén ya preparadas para enterramiento o ya tengan cadáveres dentro. Expresando en voz alta su duda, Akon sugiere que existe la posibilidad de dejar ahí los huesos de los niños, si existe alguna tumba apropiada.
Al entrar en el acceso de las criptas norte, las puertas de las criptas que se encuentran a ambos lados de la entrada rezan los nombres "Rosavalda Durst" y "Espinardo Durst".
Sorprendidos, se dan cuenta los viajeros de que esas tumbas estaban listas para los cadáveres de los niños... como si se tratase -evidentemente, dada la posición social de la ciudad- de un panteón familiar en los cimientos del hogar.
Akon se esfuerza en abrir la cripta de Rosavalda, en cuyo interior hay un ataúd vacío. Al colocar los huesos de la niña en él, ambos aventureros notan que se desata del lugar una sensación de paz, cuando una voluta etérea de brillo plateado brota del esqueleto, y un suspiro se escucha cuando la voluta desaparece.
Abriendo la tumba de Espinardo, en otro ataúd vacío los aventureros introducen los huesos del niño. El efecto final al realizar el acto es el mismo, con un vapor etéreo plateado que brota de los huesos, y se disipa con un suspiro.
En ese momento, Ygrein siente que los espíritus de ambos niños están en paz.
Entonces, la sacerdotisa retoma la segunda parte del ritual iniciado en el cuarto de los pequeños, concluyendo el mismo frente a sus restos ya enterrados convenientemente.
Cuando la ceremonia concluye, Akon e Ygrein sienten en lo profundo de sus corazones que están preparados para lo que se les avecina en las profundidades de aquel opresivo lugar.
Una vez terminado el sepelio, la curiosidad lleva a Ygrein a buscar en el resto de las criptas, donde se encuentran los nombres de Gustav Durst, Elizabeth Durst, las cuales dejan tranquilas... y una tercera cripta con el nombre de Walter Durst.
Hay una única tumba en la que no hay grabado alguno, que al abrirla Ygrein, encuentra un ataúd vacío.
Al verlo, Ygrein piensa en que podría enterrar allí a la sirvienta. A pesar de que Akon se opone a recorrer de nuevo arriba y abajo el angosto acceso hasta las catacumbas, finalmente cede, y traen los restos de la mujer hasta esa tumba, donde celebran una nueva ceremonia de enterramiento que honre su recuerdo, aunque más austera que las de los niños.
Y, al concluir, la pareja continúa hacia la estancia más amplia, acompañados de los cánticos molestos en el entorno, los cuales se mantienen en un tono constante, como si las mismas paredes los emitiesen.
Incómoda con la situación, Ygrein realiza un encantamiento de silencio sobre un virote de ballesta, momento en que, al activarlo, cesa todo sonido en un radio alrededor de ella y Akon, ante lo que el brujo se muestra bastante incómodo, sobre todo por el hecho de que, si necesitase lanzar algún conjuro pronunciado en el lenguaje de la magia, le sería imposible con ese silencio convocado por poder divino.
Con el virote encantado en la mano y una sonrisa, Ygrein avanza con un Akon gruñón -silenciado- a su espalda, al que sólo se le pueden ver los mohines molestos.
En el silencio, la pareja entra en una estancia preparada con una mesa tallada en crudo de madera, con dos bancos largos adosados a ambos lados, soportada por pilares de madera como los que sostienen los pasillos. El deplorable estado del lugar incluye huesos humanóides machacados sobre el suelo polvoriento. Lo tétrico de ese espectáculo se amplifica al percibir una alcoba oscura en el muro sur de la habitación, cuya espesa oscuridad impide cualquier posibilidad de penetrar más allá.
La estancia queda rematada por dos accesos más al lugar, al oeste y al norte, ambos con un brusco giro de esquina que impide adivinar qué hay más allá.
Iluminando el camino, Ygrein continua su paso hacia el oeste, donde, en un par de giros rápidos del camino, ella y Akon se encuentran con un nuevo cruce de caminos.
Al alcanzarlo, Akon se percata de que el suelo pasado el cruce hacia el sur y el oeste se remueve, alzándose en una lluvia de polvo. La tierra que rueda por los costados de lo que se alza bajo el suelo permite adivinar varias formas humanóides huesudas y fibrosas de piel ceniza, con dos filas de dientes agudos en su boca por la que se agita una lengua negruzca y afilada que salpica un icor oscuro, cuyos cráneos apenas poseen cabello en mechones, de largos dedos huesudos llenos de largas garras negras infectas.
Cinco monstruosidades bloquean el paso, hambrientas dispuestas a destruir a los intrusos.
Aunque el brujo no es sorprendido, gracias a sus perspicaces sentidos, Ygrein sí que se sobresalta por el hecho, no siendo capaz de reaccionar en ese momento.
Sin esperar respuesta, Akon coge con un brazo por el hombro a Ygrein, mientras el otro agarra el virote de su mano y lo arroja lejos hacia uno de los pasillos donde se encuentran las criaturas, y en el proceso de arrastrar con dificultad a la sacerdotisa caminando de espaldas hacia la esquina que acaban de dejar atrás, justo en el momento en que vuelve a escucharse sonido en el entorno, incluyendo el cántico embrujado y los gruñidos de las bestias famélicas, Akon libera desde su mano libre -que había usado para arrebatar el virote encantado a su compañera- una monstruosa bola de fuego hacia el cruce de pasillos por donde las criaturas están a punto de saltar sobre los viajeros.
Saltando hasta la entrada de la estancia dejada atrás, para evitar lo más terrible de la explosión, una deflagración naranja brillante se libera unos pasos más atrás, llenando de fuego los últimos pasos de los estrechos pasillos por los que los aventureros se retiraban, generando a la vez terribles chillidos de sufrimiento al mismo tiempo que las llamas lamen la espalda y manos del hijo del infierno, causando no demasiado daño en su piel resistente al fuego.
Una tufarada de carne en descomposición quemada asalta las fosas nasales de la pareja de aventureros, y al mirar hacia la esquina tras la cual el cruce del pasillo se había convertido en un infierno momentáneo, una silueta humeante surcada de hilos de brillo rojizo se tambalea avanzando, apoyándose en las paredes. Al encumbrar el acceso en dirección a los aventureros, extiende una garra hacia ellos, y con un espasmo silencioso de boca abierta, cae al suelo, deshaciéndose en pedazos socarrados sobre hueso amarillento pelado, liberando aún más hedor de muerte.
Ygrein, en ese momento, se percata de lo sucedido y la amenaza superada, observando entre sorprendida y molesta a Akon, por su reacción e intervención veloz.
Alzándose del suelo, sacudiéndo sus ropas, la mujer acerca su maza envuelta en luz sagrada a la criatura. No sólo a ella, sino que avanza hasta el cruce de la deflagración, y allí ilumina a otros cuatro monstruos convertidos en carne y hueso rostizado, en los que adivina -en todos ellos- que parecen cubiertos de harapos que representan a alguien perteneciente a un culto.
Akon, caminando tras Ygrein, se apoya en una pared, y lo mira con expresión reprobatoria.
Ygrein, observando todos los accesos cubiertos de volutas de humo por la carne y madera socarradas, vuelve su mirada a Akon, quien le comenta: "la última vez... en tu vida... lances magia de silencio en un pasillo estrecho... y menos si hay criptas de por medio".
Ygrein señala con una sonrisa el virote hecho cenizas donde cayó al ser arrancado por Akon mientras ponía a salvo a la sacerdotisa, dando a entender que ya no era un problema, porque al quedar destruido el objeto, su magia se perdió.
CONTINUARÁ
POST. DATA: Y ahora, unos pequeños consejos para nuestros usuarios de Magia Arcana.
" Bola de Fuego": Cuando ABSOLUTAMENTE tienes que matar todo en un radio de 6 metros
"Bola de Fuego": Porque, realmente, 'matar eso con fuego' debería ser tu PRIMERA reacción a un problema



















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