lunes, 30 de diciembre de 2019

CROSSOVER: EL RESURGIR DEL DRAGÓN & LA MALDICIÓN DE STRAHD - PARTE 15 - VIOLENTO CONTRAESPIONAJE

En el interior de la Mansión del Burgomaestre de Vallaki, Panit Yae se sobresalta cuando el fragor de una contienda con manifestaciones de magia agresiva se apodera de la plaza frente al edificio, provocando destellos de luz anaranjada y chillidos antinaturales. Al surgir al exterior, se sobresalta ante el encarnizado combate entre seres como los que, un día antes, habían desangrado hasta casi la muerte a su hermana, y sus aliados, entre los que sobresalía Bukko de forma evidente como un gigante entre niños, agitando su martillo implacable contra los enemigos.
Viendo a Akon enzarzado con dos monstruos que tratan de desgarrarlo, aunque en un principio la mida pensaba en bombardear con proyectiles místicos a una de las criaturas junto a Bukko, decide dar una voltereta para evitar cualquier represalia, y colocándose cerca del brujo, abre en arco sus manos, de las que brota un chorro de fuego en forma de serpientes demoníacas que azotan a las criaturas. Dos de ellas consiguen apartarse lo bastante entre siseos para que las llamas sólo abrasen una pequeña porción de su carne y ropa, pero la tercera, descuidada atacando a Akon, es envuelta por el fuego, chillando como un cerdo en el matadero. Observando que Ireena está en el suelo, recién mordida por uno de los vampiros, se acerca a ella para sacarla a rastras de donde se encuentra, arrastrándola hacia la mansión lejos de los monstruos.
(Se admite soborno al DJ de los Jugadores)
En el interior de un torbellino de espíritus de alas llameantes, cuyas espadas de luz abrasadora sacuden la carne nigromántica de los vampiros, éstos saltan a un lado tratando de evitar el castigo sagrado, intentando sobreponerse con éxito a la fuerza del mismo, sufriendo sólo pequeñas heridas quemadas por su carne de las laceraciones provocadas por los espíritus angélicos.
Revolviéndose por la furia de la contraofensiva, los monstruos siguen presionando e intentan derrotar a sus adversarios. Aunque Zhia es uno de los objetivos de la presa de un engendro chupasangre, Zhia maniobra con facilidad su brazo y muñeca en un molinete, apartando a la criatura sin mayor esfuerzo. Ismark, aterrado por la caída de su hermanastra, comienza a correr en su dirección, y aunque un bebesangres trata de agarrarlo en su trayectoria, el joven aparta sus brazos con el plano de la espada, enviándolo a dar tumbos sin control. Akon, observando la situación, retrocede apartándose progresivamente de los zarpazos de sus enemigos, controlando las distancias, hasta posicionarse junto al cuerpo de Ireena. Uno de los vampiros que había logrado a duras penas apartarse de las llamas de Panit, lanza a la desesperada un zarpazo, pero sus cálculos le engañan, aferrando sólo el aire frente a la maga.
(DJ feliz, sesión productiva)
Junto al poderoso Bukko, éste sólo escucha como uno de sus adversarios intenta sujetarlo, pero sólo escucha como las garras chirrían en su armadura inofensivamente.
Sobre Ygrein, otro de los seres salta con intención de derribarla, pero sólo consigue estamparse y morder el escudo de la sacerdotisa, que forcejea con la criatura posicionándose para evitar que su defensa se abra ante ella.
Entre la confusión, una de las bestias salta sobre Bukko, aferrando su brazo, pero el hipótido se lo sacude de encima con un vigoroso movimiento, como si se tratase de un vulgar mosquito.
Envuelta en el vórtice de sus espíritus protectores, Ygrein ordena mentalmente a su maza espectral tratar de castigar a uno de los monstruos que aún acosan a Zhia, aunque el objeto no es tan rápido como la criatura que se aparta de su trayectoria.
Confusa por la arremetida de los seres contra ella y Bukko, intenta sacudir su propia maza a la desesperada, con similar resultado, pues la bestia aferrando su escudo alza una mano, sacudiendo en una dirección inocua el letal arco del arma.
Zhia, girando con una cabriola sus espadas sin inmutarse ante la situación, se encara con la criatura acosada por el arma sobrenatural de Ygrein, y con una finta la apuñala en el pecho, provocando un gemido ahogado en el objetivo. Girando sobre sí misma, para marcharse, con el impulso de su cuerpo, la mida parte por la mitad a la bestia, la cual comienza a deshacerse en un jirón de bruma, pero los espíritus celestiales de Ygrein sacuden a la bestia en fuga, haciendo que estalle en una sacudida de ceniza que cae desperdigada por el campo de batalla con el eco de un chillido lejano. Junto a la asesina, otro de los vampiros chamuscados la observa de reojo con una mueca amenazadora y un siseo.
Rezando una oda de batalla, agita su martillo en un arco mortal, el cual uno de los vampiros evita casi tumbándose en el suelo, pero el otro recibe un monstruoso impacto en el pecho que prácticamente le aplasta con un feo crujido la caja torácica. El rostro del ser pasa de la amenaza al temor por sentir que su existencia corre peligro.
Ismark, moviéndose a toda velocidad, trata de alejarse de las amenazas más cercanas en dirección a Ireena, mientras pide a gritos que reanimen a la chica, quien ha caído por el mordisco de un vampiro. En su avance, al percibir que un enemigo se interpone a su paso, el muchacho lanza dos estocadas, una de las cuales silba cerca del monstruo, quien confiado avanza sobre su enemigo, lo que lo pone al alcance de otro tajo que corta sus costillas, causando más ira en su expresión que molestia, a pesar de la herida recibida.
Tratando de alejar de ella y el brujo a los monstruos, Panit libera una nueva cortina de llamas contra los vampiros, quienes en esta ocasión parecen más preparados contra sus ataques, pues uno de ellos maniobra quedándose totalmente al margen de la llamarada, al tiempo que otros dos saltan entre el fuego, evitando gran parte del impacto abrasador entre siseos y gruñidos.
Maniobrando para zafarse de un intento fallido (con el chirrido de una garra sobre una armadura) de apresarla, Ygrein se convierte en el centro de toda la contienda, enviando a sus guardianes espirituales contra todos sus enemigos, a algunos de los cuales el paso implacable de las armas prácticamente los envían a arrodillarse suplicantes por el castigo recibido. Al mismo tiempo, su arma espectral, aprovechando que uno de los enemigos más cercanos a la sacerdotisa se zafa de un ataque de su brazo, rodea al mismo y lo sacude por la espalda, enviándolo a dar tumbos con un feo crujido en las costillas.
Ágilmente junto al enemigo sacudido en ese momento, Zhia lo rodea sigilosamente en el fragor de la batalla, y rodeando su cuello con la espada, tira con ambas manos, decapitando al monstruo quien, tras transformarse brevemente en un jirón de bruma, por acción de los entes celestiales de Ygrein, se convierte en una sacudida de polvo y ceniza en el aire que se esparce por el suelo con las pasadas del vórtice divino alrededor de la clériga.
Cumplido su objetivo, la asesina mida sigue su camino hacia la puerta de la mansión para confrontar a los monstruos medio chamuscados por su hermana.
Agarrando con fuerza su poderoso martillo, el gigantón Bukko lo alza como una torre implacable sobre su cabeza, dejándolo caer sobre el cráneo de uno de los monstruos que trata de acosarlo. El golpe es tan atroz que aplasta cabeza contra torso, provocando que las vísceras exploten fuera de la caja torácica a la vez que el cuello se retuerce en un ángulo atroz bajo una cabeza achatada hecha un amasijo.
El espectáculo de la destrucción de la bestia dura poco, pues la criatura se transforma en una voluta de niebla que, atrapada en el vórtice angélico de Ygrein, al instante pasa a ser un montón de cenizas volando en el viento.
"Descansa en paz, engendro".
Señalando con su martillo al otro ser que lo amenaza, Bukko grita con su poderosa voz: "¡RENDIOS, MONSTRUOS!", a lo que los seres sisean como respuesta "¡Larga muerte a Strahd!¡Moriréis!".
Desafiando a la amenaza de los seres, al grito de "¡IREENAAA!", Ismark termina su carga tras uno de los vampiros chamuscados junto a Panit, a quien golpea repetidamente en el torso. Con su segunda estocada, el monstruo es atravesado de lado a lado. La criatura, incrédula por lo sucedido, sostiene la espada con sus garras mientras se deshace en una bruma, que instantes después se esparce en cenizas entre Ismark y Panit, cayendo inofensivas al suelo.
Despejada la visión de la mida, ésta envía una andanada de proyectiles arcanos contra otro de los engendros socarrados, quien recibe impacto tras impacto, retrocediendo hasta el alcance de Bukko e Ygrein, su cuerpo vapuleado sin piedad.
Tratando de vengar la destrucción de su compañero, la criatura aferra con fuerza antinatural un brazo de Ismark, y tirando hacia sí, muerde en el hombro de su adversario, deleitándose en un chorro de sangre que brota de la herida, causando un grito de angustia en el hombre que trata de apartarlo sin éxito. Al beber con placer de la sangre de un vivo, las heridas del nomuerto comienzan a sanar poco a poco.
Alrededor de Ygrein, los espíritus angélicos continúan su empuje implacable contra las bestias, lacerando con energía sagrada su carne impía, al tiempo que, aunque la bestia junto a Bukko intenta apresarlo, éste apoya su manaza en la frente del agresor, manteniéndolo sin esfuerzo a distancia, además de evitar sus mordiscos.
Zhia, aprovechando la presa sobre Ismark, desliza nuevamente su espada bajo la garganta del vampiro, haciendo nueva palanca para arrancar limpiamente la testa del cuerpo del monstruo, provocando inicialmente una voluta de bruma entre el humano y la mida, y después convirtiéndola en una sacudida de ceniza que se esparce sobre ambos contendientes, agitada por los guardianes celestiales.
Observando al único monstruo que queda en pie, agita su mano hacia él, invitándolo a acercarse a ella lánguidamente.
Ygrein, sorprendida por la velocidad de la asesina, ve la mano de ésta señalando hacia un punto del campo de batalla. Al girarse, encuentra que un único adversario queda en pie, momento en que se gira en su dirección, y cargando sobre él, es acompañada por su maza espectral, descargando una ola de porrazos implacables contra el engendro chupasangre, que retrocede abrumado por la lluvia de impactos.
Junto a la sacerdotisa, el paladín una vez más eleva su imponente estatura junto con su martillo mágico. "¡POR WAROOUIIII!" grita al realizar un arco letal con su arma, golpeando las costillas del ser, que se hunden hacia adentro. Tan espantoso es el golpe, que alza momentáneamente a la criatura en el aire, momento en que un segundo martillazo la aplasta contra el suelo, donde se evapora en una hebra de niebla, la cual poco a poco se transforma en una mancha de ceniza sobre el suelo.
Mientras los aventureros se recuperan del combate sufrido, Ismark, con su cuello aún sangrante, se inclina apenado junto a su hermanastra, pidiendo que debe ser curada por un sacerdote de inmediato, o morirá y su destino pronto se unirá al de los nomuertos que han atacado la villa.
Mientras el grupo se encuentra impotente de poder realizar algo por cuenta propia, Panit sacude por los hombros a su hermana, tratando de que reaccione en su apatía emocional. Zhia, parpadeando, mira a uno y otro lado, y en un momento se acerca a una esquina cercana de la plaza, de donde arranca unas delicadas flores, acercándose con ellas frente a la nariz mientras observa la escena. Panit, con gesto de reproche, sacude la cabeza impotente.
Sin embargo, buscando una solución, la voz templada de la asesina mida propone:
"¿Qué tal si la llevamos a la iglesia?"

Habiendo obviado esa evidente opción, el grupo ahora es consciente, calmados los nervios posteriores a la lucha.

Antes de abandonar el área, Ygrein y Panit recogen cenizas de cada uno de los enemigos caídos, ante la extrañada mirada de sus aliados. Ygrein, aparte de una curiosidad por la naturaleza de las criaturas, en un próximo futuro tendrá a bien esparcirlas por un camposanto de suelo sagrado, para otorgarles reposo apropiado.

Así, poniéndose en camino con la muchacha en brazos de su hermano, todos ahora son conscientes del caos en que se ha convertido la villa de Vallaki.
Por doquier, gente huye entre las callejuelas. En otros lugares, la guardia retiene a algunos ciudadanos y a otros los apaliza sin control, pateados en el suelo como perros callejeros. En otra parte, algunos soldados retienen contra una pared a ciudadanos a los que interrogan intensamente, y éstos niegan cualquier acusación de los vigilantes de forma temerosa.

En el camino apresurado hacia el santuario de Andral, Zhia -caminando entre los tejados- se percata de que -precisamente- encima de un tejado, una silueta embozada observa el avance del grupo. Por suerte, la silueta no parece percatarse de la presencia de Zhia. Al pasar de largo el grupo de su posición, la figura se baja ágilmente del tejado y comienza a seguirlos, utilizando esquinas y callejones para ocultarse de ojos indiscretos.
Zhia, curiosa por el comportamiento del extraño, brinca con cuidado entre las techumbres, y lanza una moneda que golpea la cabeza de Bukko.
El paladín, notando un choque metálico contra la nuca de su yelmo, ve como una moneda cae al suelo a su lado. Al curiosear el origen de la misma, en un tejado cercano observa como la asesina mida señala en una dirección, y después se oculta entre las sombras.
Siguiendo la dirección indicada, entre el caos de la villa, una silueta destaca porque se mueve con actitud decidida entre las sombras de los callejones en dirección a él y sus compañeros. Al detenerse y girarse el hipótido, la silueta también se detiene y se oculta con rapidez.
Agitando la mano molesto en dirección a Zhia, como si le corriese prisa llegar a la iglesia, Bukko sigue adelante, ignorando la situación, provocando miradas de extrañeza en sus acompañantes.
Por su parte, la asesina mida maniobra por los tejados para acercarse al oculto furtivo. Por suerte, éste no la ha percibido, dedicándose a rodear la calle por la que se había ocultado para trazar una trayectoria paralela al avance del grupo, siguiéndolos desde una posición más segura y secreta.
Al verlo con detenimiento, la mida se percata de que no sólo el tipo sigue a sus compañeros: los está estudiando.
Arrojándose con decisión hacia la figura, carga sobre ella saltando por el aire desde el tejado.
Con un violento empujón la envía rodando por el suelo, sorprendiéndola.
La figura es arrastrada por el barro dando volteretas y manchándose las ropas.
Con un gesto confuso, se incorpora a medias tratando de comprender lo sucedido, momento en que en cuentra el filo de una espada mida en su garganta.
El hombre con el que la asesina cruza la mirada es enjuto, de cabello corto y fino y rasgos afilados. Su rostro es nervioso y algo pálido.
"¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?", susurra nervioso.
"No es el mejor momento para estar siguiendo a gente, ¿verdad?", expresa con voz fría la asesina, presionando su hoja contra la piel del hombre que se encuentra en cuclillas frente a Zhia.
"¿A qué te refieres?", vuelve a susurrar nervioso.
Entre sus ropajes sobresale el mango de una espada corta envainada, y una ballesta ligera cuelga junto a una aljaba de virotes del otro lado de su cintura.
"Me movía por la ciudad, tratando de evitar a los guardias. ¡Se han vuelto locos!"
"Acompáñame a la iglesia", responde Zhia fríamente. "Date la vuelta que te ate las manos".
"Pero, ¿por qué? ¿Acaso...? ¡Guardias! ¡Guardias! ¡SOCORRO!", comienta a gritar el desconocido.
Zhia, impasible, espera a que aparezcan los guardias.
En la distancia, Ygrein escucha una voz llamando a la guardia, pidiendo auxilio.
Dando un golpe con la mano en el hombro a Bukko (ya transformado tras el combate en su tamaño normal -grandote-), le comenta que esa llamada es de su jurisdicción.
"Voy para allá", brama suavemente el hipótido.
Ante la llamada de auxilio, quien se acerca con rapidez, tras escuchar el grito, es... BUKKO. "¿Qué pasa aquí?", dice en voz alta al ver la situación entre Zhia y un extraño. Bukko reconoce en el hombre a quien se encontraba en una de las ventanas en las plantas superiores de la mansión del burgomaestre antes del caos vampírico, al tiempo que Zhia señala hacia el paladín, comentando con sorna: "Mira, aquí viene la guardia... el CAPITÁN de la guardia".
"¡Soy el capitán de la guardia!", vuelve a vociferar Bukko. "¡¿Qué pasa aquí?"
"¡Tú no eres el capitán de la guardia...!", comienza a balbucear el extraño.
"Mira lo que tiene adosado en el pecho", comenta lánguida Zhia a esas palabras.
"Fui nombrado capitán de la guardia", revela Bukko, mostrando el emblema de capitán de Vallaki. "Mi nombramiento ha sido reciente. ¿Cual es el problema?"
Con ojos de total confusión, el desconocido mira a Bukko, susurrando "¿usted es el capitán de la guardia?"
"Sí señor. ¿Quién es usted?", responde Bukko.
"Deja que te desarme, o tu cabeza rodará", expresa con desgana Zhia.
"Sólo responderé ante el capitán", trata de defenderse el hombre.
Cuando la mida presiona aún más con la espada, el hombre intenta retroceder gritando a Bukko que está tratando de asesinarle. Bukko explica que forma parte de su escolta personal, y no hay problema al respecto. Zhia, repitiendo la solicitud, señala firme con su espada al desconocido. Bukko, mientras, pregunta por el motivo de que Zhia lo retenga allí. La mida explica que estaba siguiendo al grupo desde las sombras. Bukko entonces pregunta el por qué de esa actitud.
El hombre explica que ha observado cómo actuó el grupo en la plaza hace un rato, además de con el burgomaestre, además de ver su resolución ante las criaturas.
En ese momento, Bukko pregunta por su presencia dentro de la mansión del burgomaestre, donde el paladín lo vio por una ventana. "Será otro espía de Strahd", comenta desenfadada Zhia. "¿Quién eres?", pregunta impasible Bukko.
El hombre explica que su nombre es Ernst Lanark, antiguamente al servicio de Lady Fiona Wacter. "Ese nombre suena a espía", susurra la asesina, agitando su espada ante el rostro del hombre. "¿Estás al servicio de la mujer?", pregunta sospechando Bukko. "Estaba", aclara el hombre. "Uhm... ex sectario en fuga", musita Zhia con una mirada inquisitiva. "No te preocupes", continúa Bukko. "Tendrás un juicio justo por haber tramado junto a traidores y sectarios". "¡Juicio justo ¿por qué?!", suplica el hombre. "Por conspiración contra el gobierno con seres malignos", completa su frase Bukko. "Pero ¡puedo contaros cosas sobre ella y sus hijos!", trata de negociar el retenido. "Nos lo contarás en el calabozo. ¡Date preso!", finaliza el paladín, comenzando a atar junto a Zhia a Ernst. "Pero ¡venía a hablar con vosotros directamente!", intenta explicar el hombre. Zhia, implacable, se arroja sobre el hombre, inmovilizando de un pisotón un brazo del hombre mientras lo desarma, ante las protestas por la brutalidad indebida del mismo. "¡Sólo quería hablar con vosotros!", sigue suplicando el retenido. "¡Puedo contaros muchas cosas!"
"Sí sí... nos las contarás camino de la iglesia", murmura la mida asesina, concluyendo su tarea de inmovilizar al reo, quien protesta por atentar contra su libertad sin haber hecho nada. El hombre continúa explicando que Lady Fiona sólo le pagaba. Zhia asiente y sigue impasible con su tarea. Suplicando a Bukko, le conmina a detener ese maltrato si es realmente un servidor de la justicia.
Zhia comenta que está permitiendo que ella no le mate en aquel mismo momento.
Bukko explica que el hombre es un delincuente, a lo que él pide explicaciones de por qué lo es. Bukko recalca que ha estado al servicio de una criminal. El hombre vuelve a insistir en su inocencia, pues ella sólo le pagaba. El hipótido indica que esas explicaciones las dará delante de la autoridad una vez se convoque juicio. Cuando el hombre pregunta que si tendrá que declarar ante el burgomaestre y Bukko así lo indica, el hombre pregunta si el gobernante está en condiciones de emitir cualquier juicio de valor importante dada su situación. Molesto por tanta demora, Bukko ordena silencio y empuja al hombre para que camine. Está demasiado cansado para aguantar más palabrería. Zhia añade que la situación es simple: los acompañará hasta que el burgomaestre se encuentre en condiciones para emitir juicios... o si no pasarán directamente al verdugo.
Impotente ante la situación, el hombre camina junto al grupo, sollozando sin intentar más palabrería.

Adelantados a la comitiva, ya que Bukko se había separado para atender la llamada de auxilio, Ygrein llega junto a Ismark (con Ireena en brazos), Panit, Akon y Katy a la iglesia de Andral. De un empujón con la pierna, el joven hijo del burgomaestre de Uarowia abre la puerta, llamando a gritos al sacerdote, pidiendo ayuda.
Ante tal entrada, un numeroso grupo de personas refugiadas en el templo que rezaban en silencio se giran para observar a los recién llegados junto con el sorprendido sacerdote. Éste pregunta qué es lo que ocurre. Al ver a Ireena en brazos de Ismark, se acerca rápidamente, preguntando por lo ocurrido. Rápidamente, Ygrein le explica lo necesario sobre el encuentro con los engendros vampíricos y el ataque a la muchacha, casi desangrada por una de las criaturas que la atrapó y no soltaba su presa. La revelación aflora en un gesto de suma preocupación al rostro del Padre Lucian, examinando a la muchacha. "Permitidme ver si puedo hacer algo por ella", solicita el sacerdote, tratando de que su hermanastro la suelte en uno de los bancos de la sala de oración.
Lucian, después de mirar con gesto grave a la chica, confiesa que es incapaz, con su poder, de ayudarla. Ygrein, dando un paso hacia él, lo sujeta del cuello de la túnica, y con voz grave cerca de su oído, comenta: "¿Cómo que no puedes ayudarla?"
"Hermana... tranquila", suplica el sacerdote. "¿No puedes... o no quieres?", insinúa amenazadora Ygrein. "Ésto está más allá de mis capacidades", trata de indicar el padre Lucian. La clériga de la guerra, en actitud entre amenazante y desesperada, intenta sonsacar al sacerdote quién podría salvar a la muchacha y cómo.
Ismark, compungido, toma una mano del padre Lucian, y le suplica que haga lo que esté en su mano por Ireena. "Mucho me temo", dice con gravedad el clérigo, "que la única opción es llenar su boca de ajo, cortarle la cabeza, y arrancarle el corazón".
La mirada de Ismark se abre como dos inmensos pozos de desesperación, con la boca abierta en una mueca mezcla de terror y sorpresa. Superado el estupor, monta en cólera de un bramido: "Pero, ¡cómo podéis decir eso!"
"Ya he dicho a la hermana Ygrein que este mal está por encima de mis capacidades", intenta razonar el padre Lucian. Ygrein lo observa con seriedad, comentando que debe haber alguna forma de resolverlo, ya que si los siervos de la oscuridad pueden alzar a los muertos bajo su control, los poderes de la luz no pueden dejar impunes esas acciones. Debe haber algo que poder hacer. El padre Lucian, conmovido por las palabras, explica que sólo hay algo que podría salvarla... aunque no está muy seguro del resultado, pues es muy arriesgado. Ygrein, con una mirada torva, comenta: "¿tengo aspecto de que me importe?"
"En ese caso", explica Lucian con voz grave, "lo único que puede hacerse es dejarla morir y devolverla a la vida, si en tus manos está ese poder".
Ismark, embargado por la desesperación, expresa que esas palabras suenan a locura, pues ¿cómo podría dejar morir a su hermana? Por su parte, Ygrein pregunta a Lucian que, si la chica muere, y revive como nomuerta, ¿cómo podrían resucitarla si, al destruirla como nomuerta, sus restos quedarían corruptos? Lucian explica que el proceso de transformación a nomuerte no es inmediato. La transformación tarda un tiempo... quizá en la víspera del primer plenilunio de octubre... es cuando suelen revivir los muertos tras la muerte de la víctima... aunque debe consultar sus fuentes por si está equivocado [Sí. Es el resultado de un 1 Natural en un PNJ].
Ygrein, por su parte, y por su conocimiento en la lucha contra lo sobrenatural, está más al corriente de que un alzamiento como nomuerto es un proceso que dura entre horas y días tras el efecto que provoca su desencadenante.
Valorando sus opciones, Ygrein piensa en qué posibilidades podría tener de realizar el proceso de la forma más piadosa posible, aunque no tiene muy claro si debería ejecutar rápidamente a la pobre chica, para después solicitar la concesión de Dekaeler para que devolviese su alma a su cuerpo y restaurase su vida... o quizá debería dejar el proceso agónico de muerte pre transformación adelante, con todo lo que ello conllevaba, sobre todo para su hermanastro, testigo principal de aquel mal trago.
Quizá, en el primer caso, Ygrein valora la posibilidad de utilizar algunas hierbas o ungüentos que podrían inducir a una "muerte dulce", como por ejemplo el uso de acónito o belladona, que quizá el padre Lucian podría tener en la iglesia para uso como calmantes en dosis bajas. Sin embargo, igualmente el uso de tales venenos no provocaría una muerte muy agradable.
Durante la conversación con el padre Lucian e Ismark, la puerta del templo se abre de nuevo, entrando por ella Bukko, Zhia y el extraño Erns Lanark, al que traían retenido apropiadamente. El hombre continúa preguntando por qué lo tratan así, si puede contar lo que sabe, y sólo pide que lo liberen, que hablará voluntariamente, momento en que Zhia lo ordena callar, dándole con la cola en la cara.
El padre Lucian observa con cierto disgusto la actitud de los recién llegados.
Además del espectáculo que pueden observar los recién llegados, Viktor se acerca a éstos con curiosidad, cambiando su rostro a expectación y alarma al ver cómo se encuentra Ireena. Bukko, tomando a Erns por un hombro, lo conduce a un banco de la iglesia: "reza por tu salvación mientras vuelvo. Hay algo más importante que resolver entre manos", dice seriamente el paladín, antes de marcharse a donde se encuentra el resto junto a Ireena.
Después de que Ygrein se reuna con el grupo, apartados del oído de Ismark, Ygrein expone la situación, tras lo que Bukko pregunta cual será la forma en que lleven a morir a la chica, que sea la menos traumática posible, pasando por el uso de algún veneno de efecto sedante.
Cuando Bukko es puesto en conocimiento de la situación, éste se dirige a Ismark, comentando que, a pesar de que existen métodos que podrían solventar la situación de Ireena, el grupo no los posee, así que deben tomar otras medidas al respecto, dejando morir a la muchacha, para después devolverla a la vida antes de que el proceso de vampirización se complete. Ismark es incapaz de asumir lo que está escuchando, y se encuentra muy compungido. Así, continúa Bukko, lo mejor será dar una muerte digna a la muchacha, y que después los dioses tengan a bien devolverla a la vida, interrumpiendo su funesto destino. Con una mano apoyada en el hombro del muchacho, Bukko imprime toda la fuerza de su convicción y personalidad a sus palabras.
"Por ello... ¿deseas ser tú quien de piadosa muerte a tu hermana?", pregunta con gravedad el hipótido. "Sólo estará muerta unos minutos. O, ¿prefieres que lo haga yo, si no te ves con fuerzas?".
Mientras Bukko habla, Zhia se asoma por un lateral de la pareja, observando con intensidad si la respuesta del muchacho implica ceder la muerte a uno de los aliados.
"Quizá desees que Zhia, rápida y eficaz en extremo en otorgar la muerte, pudiese hacerlo veloz y sin sufrimiento", continúa Bukko, provocando un brillo de anticipación que se despierta en los hasta ahora apáticos ojos de la mida.
"Será como desees, muchacho", concluye el paladín.
Atrapada en el vórtice de emociones, la mente de la sacerdotisa pugna por escapar para dejarse llevar en extrañas visiones del mundo psíquico, aunque con un gran esfuerzo logra retenerla.
"No sé si seré capaz de ayudarla, pero... ¿quién de vosotros tendrá mano firme y piadosa al mismo tiempo para apartar a mi hermana de este estado?", dice, suplicante, Ismark. "Yo me encargo", habla solemne Bukko, tomando con suavidad a la agonizante Ireena, justo en el momento en que un frasquito sostenido por el rabo de Zhia se agita frente al rostro del hipótido. "Veneno", susurra la asesina. El paladín asiente.
La situación es totalmente trascendente, más aún por ser el foco de atención del padre Lucian y toda su congregación.
Alejándose, Zhia empieza a preparar la toxina para su suministrado, diluida en vino. Acercándose a Ireena, casi inconsciente, abre su boca lo bastante como para verter despacio el líquido por su garganta.
"Hermana... recemos", dice Bukko mirando a Ygrein.
"Hermanos... rezad con nosotros", se dirige el padre Lucian a sus congregados.
"Ayudad a esta pobre alma que se recupere de su sufrimiento".
En ese instante, Viktor, con una voz pura y cristalina, comienza a guiar en una oración musical a todos los presentes, en contraste con la profunda voz de Bukko y la poderosa garganta de Ygrein. Sorprendentemente, la formación espiritual de todas las voces que se unen formalmente a la canción otorga una profundidad solemne que conmociona a los presentes.
Por un instante, Zhia entra en comunión con la emoción general, sintiendo momentáneamente emoción por la vida, quedando inundada por la pena del momento. Poco a poco, la mancha espiritual que había apresado el espíritu de la mida comienza a desarraigar de su interior, devolviendo parte del color y la vitalidad a su piel.
Paso a paso, Ireena comienza a tener espasmos al sufrir los efectos del veneno lentamente, tosiendo, tensándose su cuerpo por un instante, hasta que es incapaz de seguir luchando, y se rinde a la muerte.
Cuando eso sucede, la gente contiene el aliento, compungida. Ismark, al observar ese momento, se pone en tensión, momento en que Viktor se acerca a él, hablándole entre susurros para tratar de calmarlo, a lo que el joven rompe a llorar impotente, siendo torpemente consolado por el pequeño sacerdote.
En ese momento, la poderosa y fiera voz de Ygrein comienza el ritual de resurreción, en el que no hay una súplica a su dios, sino una firme petición de socorro, casi una exigencia, de que el alma de la muchacha Ireena merece una oportunidad más allá de un destino tan cruel.

En el punto álgido del ritual, Ygrein señala vociferando a Ireena.

Del cuerpo de la sacerdotisa, de pronto brota un espíritu alado con aspecto cadavérico y una espada hecha de niebla, que se acerca al cadáver, atravesándolo con su arma. De la bruma de la misma desciende una chispa brillante, el cual se introduce en el cuerpo de la difunta. En ese momento, gime y se incorpora, chillando a la vez que se sujeta la cabeza, parpadeando con gesto de confusión, temblando incontroladamente, como presa de un ataque de pánico. La aparición espectral se desvanece a la vez que la difunta vuelve a la vida. Aquella manifestación del poder divino deja bastante preocupada a Ygrein, que jamás había experimentado aquella situación.
Al acercarse todos a la mujer, ésta tiembla, balbucea y su mirada tiene una expresión perdida. Por un momento, el recuerdo de Ygrein viaja de vuelta a la mansión del burgomaestre, donde tuvo que dejar fuera de combate a la chica para evitar una situación de peligro.
Bukko, tierno y comprensivo, sostiene entre sus brazos a la muchacha, susurrando para que ésta se calme y aclare su mente. Y, a pesar de su aspecto enorme y tosco, la calidez y calma que transmite consiguen rescatar del arrebato a Ireena, quien va calmándose progresivamente. Abrazándose al paladín, pasados unos momentos, yace dormida. Entregándola a Ismark y Viktor, el monaguillo la lleva a la sacristía para acostarla junto a su hermanastro, no sin que antes Ismark, ahogado en lágrimas, se abrace en agradecimiento a Bukko. El muchacho y el noble son seguidos con la mirada por los presentes, no sin antes ser la joven "bendecida" por Ygrein, quien la rocía con unas gotas de agua bendita para asegurarse que está libre de la mancha de la nomuerte. A lo lejos, Bukko se concentra para percibir cualquier rastro de energía de nomuerte en la muchacha, contentándose al percibir que ésta es completamente normal.
Durante tal evento espiritual, la corrupción suelta su abrazo implacable en los aventureros que estaban sufriéndola, dejándolos purificados o con un paso más lejano a la corrupción total, casi encontrando que sus almas son del todo suyas.
Cuando la tensión del momento se rompe, Bukko se dirige con paso decidido hacia Erns Lanark.
La sorpresa inunda a todos al ver que el hombre trata de forcejear con sus ataduras y, al verse descubierto, se encoge de temor.
Cuando Ygrein expresa que el hombre, al haber estado al servicio de una cultista con poderes divinos, podría haber aprendido algún truco, y quizá no sería bueno dejarle las manos libres, Por su parte, Panit cree que, aunque es un riesgo, lo mejor sería hablar con él para descubrir qué tramaban.
"Mis compañeros son un poco toscos en modales", comienza Panit. "Si te desato, mejor será que no te marches".
"Ya le he dicho a ese... ese... ese tipo grande que yo iba a hablar voluntariamente, pues tengo información para vosotros", empieza de nuevo a repetirse el tal Ernst.
A la vez que Ygrein observa al prisionero con mirada de advertencia, Zhia se acerca diciendo "chst, que yo corro más, ¿eh?", usando sus palabras para persuadir al hombre de que haga una estupidez.
Desatado, y frotándose las muñecas, el hombre habla "no entiendo por qué tanta violencia, si sólo venía a hablar con vosotros. "Agradece a la gracia de los dioses que no hayan decidido ejecutarte", susurra Panit.
Cuando el hombre echa mano al interior de su chaleco, un puñal se le apoya por la espalda en el cuello, de manos de Zhia, a la vez de que es reprendido por su imprudencia por el hipótido "¿Es que quieres morir?", concluye. "¿No ibas a hablar?", pregunta la mida. "Se habla con la boca, no con las manos".
"Pero... necesitaba mostraros algo", se defiende el ex prisionero.
"A ver qué tienes para nosotros", sonríe Panit.
Ygrein, observando el comportamiento concienzudamente, descubre que todo lo especificado señala al hombre como sincero en su solicitud.
El hombre extrae un pedazo de pergamino de un bolsillo interior, y cuando es preguntado por Panit, explica que es una de las últimas voluntades de Lady Fiona.
La mida maga toma el pergamino, echando un vistazo con Bukko consultando por encima del hombro.
En la carta, Lady Fiona encarga a Ernst Lanark viajar a las afueras de Vallaki para contactar con los Vistani de un campamento en una colina al norte. Su misión consistía en tratar de tomar el control de la villa, asesinando al burgomaestre.
Bukko, indignado por tales palabras, acusa al hombre de ser digno de un juicio con ejecución por tal revelación.
Sollozando, el hombre explica: "Os he dicho que os iba a dar información sobre lo que andaba haciendo". "Pero, ¡tú trabajabas para ella!", gruñe Bukko.
"Bajo coacción", dice Ernst.
"¿Qué tipo de coacción?"
"Me pagaba con dinero y otros vienes, ¡pero me coaccionaba con sus poderes demoníacos!", dice el prisionero.
"¡Elegiste el mal!", sentencia el paladín.
"¡No! ¡Elegí la supervivencia!", exclama Ernst Lanark.
"Ahora debes hacerte responsable de las consecuencias de tus actos", comenta con firmeza Bukko.
"Y... es lo que estoy haciendo. Os entrego este papel. Además, habéis de saber que sus hijos buscan venganza por su muerte".
"¿Suelen estar por el pueblo?", pregunta Bukko.
"Sí. Suelen estar por las tabernas, sobre todo en la posada de el Agua Azul.
En ese momento, Zhia aparece entre la penumbra junto al hombre, que casi se cae del bolsillo por el sobresalto. "¿No había unos nobles en la posada?", susurra Zhia.
"¡Esos!¡Esos! Y, al saber que eran responsables de la muerte de su madre, están buscando venganza. Y es muy probable que contacten con los Vistani para intentar mataros".
Panit, con una media sonrisa, comenta que si los ve, les explique que es culpa de ella que no tengan herencia. "¿Perdón?", dice el hombre con una mirada incrédula hacia la maga. "¿Dónde tienen su casa esos nobles?", pregunta la mida. "Ya no tienen", dice el hombre. "Su casa apenas se tiene en pie tras el incendio". "Es decir, que vivían en casa de su madre", rellena el hueco la mida de la explicación sobre el origen de tales nobles vengativos. "De hecho, también buscan venganza por la muerte de su hermana, fallecida en el incendio", comenta el hombre.
Con tal revelación, Panit empieza a pensar que usar su bola de fuego tan alegremente quizá no sería tan buena idea de aquí en adelante.
"¿Su hermana?", pregunta Bukko, incrédulo.
"Sí, su hermana pasaba por un mal momento y estaba encerrada en la casa", comenta Ernst. "Le había afectado mucho el rechazo del hijo del burgomaestre para casarse con ella, y dicho rechazo la encerró en sí misma, provocándole un mal emocional, y por eso su madre la encerró en su cuarto".
"Lo lamento, pero desconocíamos tal hecho", expresa Bukko encogiéndose de hombros.
"Y, ¿realmente era una chica inocente?".
"Sea como fuere", continúa el ex siervo de Fiona, "posiblemente los Wacter supervivientes conspiren para asesinaros por haber matado a su madre, hermana... y arrasar su casa".
"Qué rencorosos", susurra Panit.
"Con independencia de todo eso, serás enviado con el burgomaestre y él sentenciará tu destino", comenta el paladín. "Eso sí. Se tendrá en cuenta tu colaboración y la información que has dado para reducir tu pena".
Agachando la cabeza, el hombre susurra: "está bien. Cumpliré con la palabra del Capitán. Agradezco tus palabras".

(A veces un DJ tiene que hacer lo que tiene que hacer... vease... putear PJs como en un buen final de capítulo de Serie de TV)
De fondo, Zhia, observando al prisionero, es consciente de que está mintiendo de forma flagrante, y está más que satisfecho de ser enviado con el burgomaestre, pues de alguna forma aquello le vendrá bien por algún motivo.

CONTINUARÁ

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