(Escudo de Armas de Strahd el Peregrino)
(Y todo empezó por unos pasteles...)
Después de que se haga el silencio (normal) tras la explosión de fuego, Ygrein y Akon se sacuden la ropa. Asomando al pasillo donde el fuego ha dejado una gran mancha oscura por suelo, paredes y techo, se percatan de los montones de "algo" abrasado contra las paredes que apesta a cadáver podrido... y quemado.Curiosamente, aunque el silencio mágico había desaparecido, por un instante el cántico sobrenatural que impregnaba como un sonido de fondo las estancias había desaparecido con la destrucción de las criaturas... de momento.
Sopesando si seguir adelante -pues todavía había mucho camino dejado atrás-, los compañeros retornan a la entrada del subterráneo. Pasando de largo las criptas, giran una esquina (Ygrein antorcha en mano), descendiendo unas escaleras en las que pueden observar unas estancias abandonadas (sujeto su techo por pilares de madera combados, que daban la impresión de querer ceder en cualquier momento, derrumbado toda la casa sobre el subterráneo), con una mesa y sillas de madera destartaladas, más allá de la cual se encuentran unas alcobas, además de un acceso en el lado opuesto de la entrada por la que habían accedido. Cada alcoba disponía de mohosos camastros de telas desgastadas, con aspecto de desuso desde hace mucho tiempo. El olor de la estancia es incómodo, pero la experiencia de ambos compañeros infiltrándose en lugares más desagradables protegía sus sentidos de las peores bofetadas.
Echando un leve vistazo de curiosidad a la estancia, la falta de información hizo continuar su camino a la pareja.
Tras doblar una esquina con unas escaleras descendentes, los visitantes se encontraron en otra estancia mayor, también sujeta por varios pilares de madera pujada, cuyas paredes poseían accesos a varias alcobas de mayor tamaño a las dejadas atrás. En el centro de la sala, un pozo rodeado por un pequeño anillo de piedras mal encajadas entre sí, semejando una obra de mampostería fabricada por niños o artesanos borrachos. Un arco de metal oxidado situado sobre el hueco del pozo sostenía una polea atascada de suciedad, por la que pasaba una larga cuerda medio podrida, atada a un viejo cubo de madera apoyado sobre el borde del pozo.
Otra salida por un acceso opuesto directamente a la escalera de bajada, permitía conectar la habitación con el resto del subterráneo.
Akon, con expresión frustrada, comenta a Ygrein que el lugar más parece un hormiguero que un sótano, pues según sus cálculos, el área recorrida excedía con mucho la superficie de cada planta de la mansión, lo que lo ponía muy nervioso.
Ygrein, avanzando decidida, se acerca a la boca del pozo, golpeando tres veces en rápida sucesión el metal, levantando un sonoro eco no sólo en el pozo -aunque por la distancia y la fuerza del sonido en el hueco del pozo, se diría que es BASTANTE profundo-, sino en la propia estancia, sobresaltando a Akon, que lo mira con ira momentánea. Por su parte, la sacerdotisa siente en sus entrañas que hacer aquello ha supuesto cometer un error, lo que hace que un escalofrío de incertidumbre corra desde la base de su espalda a su nuca. Refunfuñando, el tiflin va al anillo para coger un trozo de roca que arrojar al pozo, en el momento en que la mujer ilumina con su antorcha el hueco, observando que, allá en lo profundo, un diminuto reflejo se ilumina... supuestamente líquido... agua... o algo parecido.
Asomando la mano junto al rostro de Ygrein, Akon deja caer la roca... cuyo sonido no se escucha hasta aproximadamente 4 segundos después... lo que indica que, probablemente, la distancia hacia las profundidades sea de al menos 35 metros.
Al interesarse por el pozo, Akon se concentra, dejando que su agudeza visual en la oscuridad, ayudada por la luz de la antorcha, le permita llegar hasta una profundidad de unos 30 metros... pero la oscuridad más allá es imposible de penetrar, salvo el tenue reflejo luminoso de la antorcha más allá.
Girándose con una mirada de comprensión a Akon, Ygrein decide imbuir en un encantamiento de luz otra piedra del anillo del pozo, dejándola caer. El círculo luminoso desciende rápidamente hasta el agua, permitiendo a Akon observar las paredes del pozo.
Y, en ellas... "cosas" en lo profundo, que no puede definir por la velocidad de la luz que las ilumina y se aparta, de un tamaño aproximado al de un gato, se escurren entre grietas en las paredes del pozo, escondiéndose en ellas, huyendo de la luz.
[NOTA DEL DJ: Y aquí es cuando los jugadores empiezan a rayarse con UN POZO Y SUS HABITANTES, pensando en dejar caer UNA BOLA DE FUEGO para exterminarlos, gastando recursos inútiles, pensando que "a ver si van a salir cuando se vayan y los ataquen por la espalda", en lugar de seguir su camino. Claro ejemplo de "A LA AVENTURA: Por allí" y Jugadores: "A DONDE ME SALE DE LA POLLA AL MARGEN DE LA AVENTURA, HACIENDO QUE EL DJ IMPROVISE A TODA LECHE: Por allá"]
Akon se mesa la barba, comentando "Creo que hemos despertado algo al fondo del pozo".
[NOTA: ¿Os suena la situación de algo en cierta película con unos Hobbits, un Anillo y unas Ruinas Enanas? Pues na que ver, os lo aseguro]
"No se cuántos son. Me da la impresión de que los golpes de tu martillo los han agitado".
Ygrein, observando el pozo, comienza una salmodia para que le ofrezca inspiración para actuar en tal circunstancia: "...porque quien a buen árbol se arrima... amanece más temprano".
[NOTA DEL DJ: Un rasgo de Personalidad de la Clériga es que cita proverbios de su religión... bien o mal dichos. De ahí... bueno. Ya lo veis]
Y después de ello, conjura una llama sagrada entre sus manos, que deja caer hacia abajo a todo lo largo del pozo, observando que el fuego sagrado llega al agua, siseando al tocar su superficie. Por su parte, las criaturas parecen no tener interés alguno en asomarse de nuevo al hueco, y Akon tamborilea en el borde del pozo, observando a Ygrein con gesto huraño a ver qué nueva ocurrencia le surge, pendiente de que la sacerdotisa continúa su homilía, lanzando varias explosiones de fuego sagrado al fondo del pozo y sus paredes... hasta que se cansa de hacerlo.
Al terminar su oratoria, recoge la antorcha del suelo. Mirando a Akon, comenta:
"Así se da una misa".
Acto seguido, realiza un entramado con la vieja cuerda por la boca del pozo, usando los soportes de la polea, sobre el que coloca en vilo el cubo, con la idea de que cualquier cosa que surgiese del pozo provocaría una vibración en la cuerda que derribaría el cubo hacia el pozo, haciendo ruído y alertando de una posible incursión por sorpresa.
Continuando la exploración, los compañeros se entretienen en ojear las alcobas, cuyas camas parecen de mejor calidad -aunque ajadas por el tiempo- que las de las estancias de la sala inicial. Somieres de madera sostienen colchones mohosos (en lugar de los serones de paja húmeda podrida de la estancia dejada atrás).
Al lado de cada camastro, cinco cofres de madera podrida y candados oxidados acompañan el resto del mobiliario. Forzando los cierres a mazazos, Ygrein abre sin problema -destrozando en parte- las tapas de los cofres, ayudada por andanadas de magia explosiva de Akon, encontrando objetos personales viejos y sin valor, además de ropajes de buena calidad deshilachados. Lo más sorprendente fue encontrar entre los bienes dejados atrás algo de oro, plata, joyas, gemas y una espada corta funcional bañada en plata, que los miembros de El Jade, acostumbrados a adquirir bienes ajenos, se agencian sin remordimientos.
No encontrando más utilidad en la zona, los compañeros siguen su ruta (haciendo algo más de ruido metálico en el camino, jejeje).
El acceso no investigado lleva a los visitantes a un cruce de pasillo en T con dos tramos de escaleras ascendentes junto a un ramal más largo con unas escaleras descendentes al final junto a otro acceso, por el que hay algo de humo suspendido en el aire y un leve tufo a quemado.
Subiendo el segundo tramo de escaleras frente a la pareja, éste lleva hasta la sala cerca de la que se refugiaron para evitar las llamas del conjuro. Así pues, tomando el camino que habían comenzado al principio -tras dar una vuelta-, llegaron al cruce de la emboscada de los monstruos, donde se percatan de unas escaleras descendentes en un pasillo que conectan por el paso que habían dejado atrás hacía unos instantes -el acceso del humo suspendido en el área-.
Continuando por el primer pasillo a su izquierda para seguir su búsqueda, los aventureros pasaron junto a dos de los cadáveres de nomuertos socarrados junto al suelo de tierra removida del que habían brotado al sentir la cercanía de seres vivos.
Y más allá encontraron una gran estancia con un aspecto bastante macabro.
Soportado su techo por unos pilares de madera similares a los del resto del lugar, esta espacio parece rendir enfocar su atención en una amplia alcoba al fondo de la sala, donde una oscura estatua -de madera tallada y pintada- semejando un hombre tenebroso con aspecto noble con una voluminosa capa negra, rostro pálido y anguloso... (un Strahd al que sólo Akon reconoce...) parece sujetar un orbe de cristal gris humo con su mano derecha, mientras que la izquierda descansa sobre la cabeza de una negra talla semejando un fiero lobo. En las paredes, grilletes y cadenas oxidados, sujetando los brazos de varios esqueletos de huesos amarillentos y mohosos -sentados en el suelo, muertos hace ya demasiado tiempo-, completan la escena.
Sólo un acceso adicional al fondo a la derecha de la entrada parece ser el único lugar por el que salir, además de por donde habían llegado.
Después de escudriñar con atención el lugar, a la espera de alguna respuesta de las tinieblas iluminadas por la antorcha y la luz sobrenatural de Ygrein, Akon y la sacerdotisa ponen un pie dentro de la estancia... momento en que los extraños cánticos de ambiente vuelven a escucharse -por el acceso no rebuscado-, haciendo que la sangre de los visitantes se hiele durante un segundo.
Atendiendo a su seguridad, Akon hace un gesto para que Ygrein se detenga, y con un susurro convoca a Judge a su lado, quien hasta el momento se había mantenido en un discreto segundo plano, ausente tras la búsqueda de la mansión y los niños, después de lo cual, siguiendo su propio criterio, se ocultó en un bolsillo planario junto al brujo tiflin, esperando ser llamado si era preciso... como ese instante.
Revoloteando entre las sombras, más allá de las luces de la sacerdotisa, el murciélago demoníaco se acercó al acceso, mirando más allá de la esquina, transmitiendo por sus sentidos la imagen a Akon.
El acceso recorría unos pasos antes de cerrarse firme en una puerta sólida con un pomo sin cerradura.
Al comunicarlo a Ygrein, ésta se puso en marcha sin pensarlo en aquella dirección, buscando entrar por el nuevo pasillo donde se encaró a la puerta.
Tras él, Akon se dirigió a curiosear en la estatua, percatándose de que la esfera de cristal parecía poder quitarse de la mano sin problemas.
Por ello, tomó el objeto entre sus manos.
Al hacerlo, el color gris humo de su superficie estalló en una nube de oscuridad y gemidos susurrantes, que crearon un área de tinieblas alrededor del objeto hasta llegar a todos los rincones, condensándose en formas ligeramente humanoides hechas de oscuridad (detalle observado gracias a las luces portadas por la sacerdotisa, que definían las siluetas de las cinco criaturas), alrededor de las cuales el frío comenzó a manifestarse como un abrazo gélido en los corazones.
Cinco sombras con el aspecto de la estatua se lanzaron en pos de los aventureros:
Akon rodeado de tres enemigos etéreos, e Ygrein acosada por dos.
Entre la confusión de la oscuridad, dos tactos gélidos que arrebatan la vida alcanzan la piel de Akon, palideciendo el azul oscuro de su piel a un bonito tono celeste enfermizo, mientras una de las criaturas que acosa a Ygrein es capaz de rozar su rostro y extraer parte de su vitalidad, con un gemido por parte de la mujer.
En el festín vital, las sombras se deleitan entre susurros espectrales por las víctimas que están a punto de devorar. Por parte de sus objetivos, los compañeros sienten que sus piernas flaquean y el pulso les tiembla sujetando sus armas.
"¡ARRIEROS SOMOS Y EN EL CAMINO... NO BEBERÉ!", pronuncia con firmeza Ygrein, elevando su símbolo sagrado junto a un eco de gritos de batalla liberados junto a un estallido de energía divina de color escarlata sangre. La luz perturba a las criaturas que atacan a ambos aliados, provocando un estallido en tres de ellas que disipa por completo su esencia sombría hasta la nada.
A pesar de la reacción de Ygrein, dos sombras han sido capaces de resistir el asalto divino de la sacerdotisa, y entre susurros espectrales se revuelven, una contra cada asaltante de su santuario. Con cierta reticencia a atacar, la criatura que se acerca a la sacerdotisa duda lo bastante como para que la mujer se aparte a tiempo de su zarpa oscura. No obstante, Akon no supone tal problema para la criatura sombría, la cual atraviesa de un nuevo zarpazo de tinieblas al tiflin, causándole un nuevo escalofrío en su interior que le arranca algo más de fuerza y salud, provocándole un tambaleo preocupante. Pero, en esta ocasión, Akon libera parte de su esencia demoníaca, respondiendo al ataque con una explosión de fuego infernal en el corazón de la sombra que provoca un chillido de ultratumba en la criatura la cual, aunque no es destruida, queda bastante afectada. Concentrándose en su poder de brujo, el tiflin canaliza contra la criatura sus cualidades arcanas más básicas, arrojando dos explosiones arcanas mientras trata de maniobrar para sacarse de lo alto a la criatura, logrando sólo alcanzar el techo de roca, destrozando parte del mismo sin efectos en el monstruo.
Agitando su maza con destreza, Ygrein juega a fintar a la criatura que trata de arrancarle la fuerza. Con una plegaria para llenar de energía combativa su mano, Ygrein lanza dos golpes hacia el monstruo. Uno se pierde entre la esencia sombría inocuo, pero el otro encuentra cierta resistencia, deshaciendo una pequeña parte de la sombra de un certero golpetazo.
La oscuridad de tonos más livianos y grisáceos que trata de derrotar a Akon, se abre camino en el interior del pecho del tiflin, provocándole una profunda pérdida de vitalidad que hace hincar la rodilla en el suelo al brujo, desplomándose de frente con la piel completamente blanca y los ojos perdidos en el vacío.
Cerca del caído, Ygrein se aparta veloz de la substancia oscura con forma de garra brotando de la sombra que la acosa, evitando una nueva herida en lo profundo del alma.
De reojo, la sacerdotisa se percata de que Akon yace inmóvil en el suelo, y su enemigo, bastante desmejorado -de un tono grisáceo más que oscuro- se dirige a apoyar a la criatura que aún ataca a la mujer.
Aferrando la maza con ambas manos, Ygrein reza por la protección de Dekaeler para sí misma y su aliado, provocando un estallido de ángeles espectrales de alas encarnadas y mazas de fuego que comienzan a girar en un vórtice letal a su alrededor, lanzando golpes sin piedad sobre las sombras que tratan de alcanzar a la sacerdotisa. Impacto tras impacto, la substancia de los monstruos en el vórtice es deshecha poco a poco como hojas en un huracán arrancadas del árbol. En ese instante, la sombra menos profunda termina por ser devuelta a la nada en un gemido susurrante, aunque su compañera aún trata de soportar el castigo sagrado para intentar destruir a su responsable.
Sin embargo, antes siguiera de responder a la amenaza de la sacerdotisa, acercándose a ella, un último bandazo de los espíritus angélicos arrastra hacia la nada a la criatura que quedaba, deshaciendo su substancia en un deshecho grisáceo que se transforma en bruma y se disipa.
Al reconocer el cuerpo tumbado de Akon, Ygrein es consciente de que el ataque de las criaturas ha robado toda la vida de su compañero. No obstante, aunque ha fallecido, los escasos segundos del ataque fatal son fundamentales para que la mujer, en lugar de pensar en sepelios, extraiga los componentes oportunos del sacrificio necesario para realizar el ritual más básico de vuelta a la vida que conoce, y apoyando el símbolo sagrado sobre el pecho de Akon, mientras reza con fervor, los diamantes preparados para la ceremonia se transforman poco a poco en polvo, justo en el momento en que el pecho del tiflin se hincha con un espasmo, devolviendo a la vida a un brujo bastante debilitado y pálido. Rebuscando entre las pertenencias del brujo a la vez que este tose tumbado en el suelo, Ygrein halla un bebedizo reconstituyente que hace tragar con dificultad a su compañero, devolviendo parte de la salud -aunque no fuerza- a su amigo.
Aún en un estado deplorable, Akon ve como su compañera le da una palmada en el rostro, diciéndole: "¿Pa qué tocas?", tras lo que se levanta y se dirige al acceso alejado de la entrada por donde habían pasado, donde encuentra la puerta firme y bien cerrada que Judge había mostrado a Akon. El brujo, con la voz liviana y una mano temblorosa extendida hacia Ygrein, susurra: "espera a que me recupere". Por suerte, al investigar la bola de cristal, ahora de rasgos transparentes e inocuos, se asemeja a una herramienta con posibilidad de ser utilizada para canalizar la magia.
Al doblar por el acceso desconocido, Ygrein observa que, antes de alcanzar la puerta, su nube angélica ruge en dirección a la misma, comenzando a golpearla sin piedad. Curiosamente, la puerta responde a tal andanada chillando y retorciéndose sobre sí misma, momento en que varios ojos brotan de su superficie, en la que se forma una enorme boca llena de dientes afilados, dentro de la que se agita una enorme y larga lengua pegajosa y pringosa. La sacerdotisa se queda completamente confundida. A lo lejos, a Akon se le cae una gota de sudor sin saber lo que está ocurriendo, pero estremecido por los sonidos escuchados.
Descolocada por el aspecto del monstruo, Ygrein arroja sobre ella una descarga de llamas divinas, aunque el monstruo-puerta es lo bastante rápido como para arrancar parte de su superficie de un marco donde se estrella el fuego sin causarle daño alguno.
Después de eso, vapuleado sin descanso por los ángeles espectrales que protegen a la sacerdotisa, quienes arrancan trozos de su superficie gomosa, vertiendo fluidos espesos por el suelo, el ser lanza su lengua gomosa hacia Ygrein para tratar de atraparla, cogiéndola de la cintura, tras lo que tira hacia su boca lentamente. Ygrein, tratando de forcejear con la lengua, es dolorosamente consciente de que el apéndice se ha pegado a su cuerpo y ropas.
Reptando por el suelo, Akon se esfuerza por alcanzar un punto visual hacia lo que está ocurriendo en el pasillo. Al ver a la monstruosidad que forcejea con Ygrein, sus ojos se abren como platos. A la desesperada, el brujo arroja dos ondas de energía arcana contra la puerta-monstruo, las cuales explotan contra su madera-carne, haciendo volar por los aires líquido viscoso y partes corporales del monstruo, acompañadas de gemidos farfullantes de dolor.
"Estoy débil, pero no acabado, ¡torpe criatura!", gruñe Akon desde el suelo.
Sujeta por la cintura, Ygrein señala con un dedo al monstruo, momento en que una llama de fulgor plateado y color escarlata brota con una explosión desde la enorme bocaza del mismo. El estallido provoca una lluvia de trozos de monstruosidad por doquier cuando la misma es destrozada por el fuego divino, pedazos que empapan a Ygrein de la cabeza a los pies, salpicando todo el pasillo.
Sin tomarse un momento en limpiar la casquería de su ser, la sacerdotisa continúa caminando con decisión, murmurando: "Dekaeler purificará todas las entrañas de la bestia", seguida con dificultad por Akon que se arrastra y gatea a sus espaldas.
El otro lado de la "puerta" se trata de una habitación con un candelero antiguo suspendido sobre una mesa de madera medio podrida flanqueada por dos sillas de respaldo alto. Sobre la mesa se encuentran dos jarras y una tetera de cerámica. En ambas esquinas de la mesa, dos sujetavelas de metal con velas largo tiempo derretidas rematan la escena.
A la derecha del acceso con la puerta-monstruo puede verse una salida de la habitación, así como otro en la pared opuesta a dicho acceso. Cruzando el segundo acceso, Ygrein se halla en un cuarto con una gran cama de madera con un colchón de plumas podridas, un armario lleno de viejas túnicas, dos sujetavelas metálicos, un arcón con treinta antorchas y un saco de cuero con quince velas en su interior. A los pies de la cama hay un zapatero abierto lleno de objetos interesantes, como una capa, una caja, una armadura de malla, un libro repujado en cuero con extraños símbolos y varias herramientas de exploración. Tras la sacerdotisa, Akon se acerca tambaleándose, medio de pie y medio a gatas.
Mientras tanto, los cánticos espectrales siguen su curso.
Ojeando lo que Ygrein tiene ante sí, el brujo decide echar mano a algunas velas y antorchas, momento en que, al comenzar a recolectar, dos de las paredes de la habitación son derribadas desde dentro con una explosión de tierra y mortero, dejando sendos huecos de los que brotan unas criaturas de pellejo tirante, garras, dientes y lenguas negros y afilados, sin cabello, y con un hedor a su alrededor nauseabundo que inunda la habitación. De arruinados ropajes nobles, sus rasgos semejan de lejos los de un hombre y una mujer... con cierta similitud a los de los dueños de la casa que se encontraban en los cuadros En el momento en que brotan de las paredes, las criaturas son asaltadas por los ángeles espectrales que aún protegen a Ygrein, sufriendo quemaduras sagradas en sus pieles, entre chillidos de rechazo.
El olor es tan intenso que los recién llegados apenas pueden reaccionar, doblados por las arcadas y las nauseas.
La criatura más cercana a Akon aprovecha su momento de debilidad para cruzarle el pecho de un garrazo, lo que hace tambalearse al sorprendido brujo, aunque los icores venenosos del ataque no inundan su torrente sanguíneo de parálisis.
Por su parte el monstruo que se arroja sobre Ygrein descubre que el escudo de ésta es una barrera infranqueable en la que chirrían sus garras.
Con un cántico de guerra, vociferando "¡Dekaeler me asiste!", Ygrein descarga una lluvia de mazazos sobre la criatura que se había arrojado contra ella, a pesar de su estado nauseado, la cual se encoge sorprendida por la feroz respuesta, al mismo tiempo que los espíritus angelicales continúan su castigo implacable sobre los monstruos, destrozando poco a poco su carne y abrasando sus entrañas. La mujer-engendro, quien era la que acosaba a Ygrein, ante la oleada de poder divino, es arrastrada hacia una pared en volandas, donde se estrella convertida en un amasijo de carne podrida sanguinolenta. Por contra, el hombre-monstruo que había derribado a Akon recibe un fuerte castigo sagrado, pero logra mantenerse en pie para responder a éste.
Sabiéndose capaz de derrotar a su adversario a pesar del sufrimiento, el monstruo aún en pie vuelve a desgarrar la carne de Akon, quien esta vez cae derribado al suelo, sangrando abundantemente, moribundo.
Sintiéndose un poco como el "ángel de la guarda" de su compañero brujo, Ygrein se lanza sobre el monstruo aún en pie, y aunque su plegaria a Dekaeler para asistirle con la velocidad en combate causa efecto, la debilidad por la nausea no consigue conectar un buen golpe. Sin embargo, la confianza del monstruo en la debilidad de la mujer no le hace prever un buen mazazo en el rostro por parte de ésta, con quebrados resultados para los huesos de su cara, escupiendo un par de negros dientes afilados. La explosión de adrenalina consigue sacudir la nausea de la sacerdotisa, que parece más recuperada para seguir la lucha.
Saltando por el aire para lograr un mejor impacto, el monstruo evita algunos de los lances espectrales, aunque otros alcanzan su cuerpo, deshaciendo su carne en cenizas al golpearlo, aunque el ser todavía tiene fuerzas para seguir luchando. En su caída, una garra desgarra profundo la carne de la sacerdotisa con el impulso, tratando de inocular toxinas mortales a su paso para inmovilizar a la mujer, pero su robusto organismo rechaza la parálisis, aunque no así la herida que salpica de sangre las paredes de la habitación. Sorprendentemente, y a pesar del castigo, la sacerdotisa consigue mantener el ánimo y la conexión espiritual que alimenta el poder castigador sobre sus enemigos. Y es este poder el que destroza jirón a jirón el cuerpo pútrido y corrupto de la criatura, deshaciéndolo en cenizas y sangre cuajada contra una de las paredes, entre chillidos de sufrimiento.
Desechando cualquier saqueo (a pesar de su origen criminal), Ygrein se dirige a su compañero Akon, susurrando una oración de reposo al tocar la frente del tiflin, consiguiendo que éste de aleje de las puertas de la muerte. Seguidamente, apoya su símbolo sagrado, rezando por la salud del brujo, restableciendo algunas de las heridas sufridas al caído, que parpadea confuso, mirando una vez más al rostro de su salvadora.
Más tranquilos después de la derrota de todos los enemigos, los compañeros echan un rápido vistazo a la habitación, además de percatarse de que la puerta-monstruo, entre sus restos, al parecer tenía algunas gemas y objetos (pergaminos y pociones mágicos) de valor particular. Por su parte, en el cuarto de los monstruos recién destruidos, el arcón poseía, entre otras cosas, una armadura de malla, varias pociones, un libro de conjuros (para un mago de relativamente escaso poder), una capa de aspecto mágico y varios objetos apropiados como herramientas para un ladrón o explorador (como linterna, fuego alquímico o herramientas "de ladrón").
Llevando prácticamente a rastras a Akon tras de sí, después de haber hallado todo lo probable de valor, la comitiva rodeada de espíritus protectores se dirige al acceso que queda en la sala, encontrando que el mismo llega hasta otro de los pasillos del cruce donde la bola de fuego explotó, en el que el suelo aparece removido -probablemente, por donde otros monstruos brotaron para atacar a los aliados, antes de ser destruidos por la deflagración-.
El único acceso que quedaba sin investigar se trataba de un pasillo en el cruce de la explosión por donde descendían unas escaleras, que llevaba a otro tramo descendente que se retorcía unos escalones más abajo en una curva pronunciada, a través del que los cánticos extraños empezaban a crecer.
Akon, exhausto, confiesa que le vendría bien detenerse un poco y recobrar algo de sus fuerzas. Por una vez, Ygrein, después de las imprudencias de su compañero de aventuras, ha de darle la razón.
Pensando en dónde poder descansar alejados del ruido, y rezando largo y tendido para obtener salud hasta recuperarse por completo de las heridas -que no de la fuerza perdida-, los viajeros retroceden pensando en investigar los lugares en los que se habían apresurado más de la cuenta, comenzando por la habitación de las sombras. Allí, en la única pared sin accesos o la estatua de madera, encuentran una capa de tierra prensada que cubre una puerta de madera oculta. Empujándola suavemente, sus goznes crujen, revelando una escalera de piedra que asciende hasta unas un rellano, cuyo techo accede a una trampilla de madera con un pestillo que la bloquea. Al abrirla, ambos compañeros se percatan de que da acceso a la sala decorada como por un cazador en la planta baja de la mansión... un lugar perfecto para descansar... máxime porque el sonido de cánticos espectrales no llega hasta allí.
Orando Ygrein para proteger con vitalidad extra a ambos compañeros, a la vez que preparando una protección de alarma sobrenatural por toda la habitación por parte de Akon, el brujo y la sacerdotisa mueven muebles hasta la trampilla y la puerta, y descansan lo más plácidamente que podría hacerse en aquella casa de lo más... tétrico.
Después de un merecido reposo, recuperando las fuerzas, energías arcanas, y rezando por bendiciones divinas tras reequilibrar la mente y el alma, los aventureros alcanzan las últimas escaleras descendentes, aunque la paciencia de Ygrein con respecto a Akon por la inusitada cantidad de veces que ha tenido que rescatarlo (literalmente en una ocasión) de las garras de la muerte hace que su humor parezca de lo más sombrío.
En el descenso, los cánticos sobrenaturales se escuchan en contraste a la voz calmada de la sacerdotisa que también reza, tratando de otorgarle cierta calma.
Tres tramos descendentes de escaleras de piedra llevan a los visitantes a una enorme sala sustentada por más pilares de madera, la cual tiene el aspecto de un gran relicario macabro, pues todas las paredes están horadadas con nichos que poseen una variedad sorprendente de fetiches y reliquias que adoran la muerte: una pequeña garra amarillenta momificada con garras afiladas aquí... un aspergilo tallado en hueso allá... una lengua de rana disecada pegada a una varita en otro lado... una figurita tallada de madera en forma de momia de brazos cruzados... una daga cuyo pomo es el cráneo de una rata... y todo ello acompañado del elevado sonido de cánticos que brota de una de las dos salidas a la vista, a varios metros a la derecha del acceso de llegada, tan potentes que ahora pueden distinguirse una y otra vez frases como:
"Él es el Ancestro. Él es la Tierra".
(ESTO es un buen sacrificio a los dioses -comilona incluida-, no las mierdas de las películas)
Siguiendo hasta los rezos, al llegar a su acceso, brujo y clériga encuentran un tramo descendente de pasillo que llega hasta una zona cubierta de más de medio metro de agua lodosa, más allá de la cual puede verse una reja oxidada que bloquea el camino, por la que se percibe al otro lado una inmensa sala inundada.Pensando en cómo abrir la puerta, después de curiosear con cierto gesto de repugnancia, los dos compañeros se dirigen al acceso cerca del de la reja, por donde, tras un corto pasillo que gira dos veces, se accede a un pasillo con alcobas a ambos lados que poseen grilletes vacíos y oxidados fijados en las paredes. El aspecto es de una especie de prisión o mazmorra, de poco interés, aunque Ygrein se interesa por estudiar los grilletes. En una de las alcobas más grandes lejos de la entrada, la sacerdotisa se sobresalta al ver a un esqueleto envuelto en una raída túnica negra de culto colgando aún de los grilletes, en uno de cuyos huesudos dedos hay un sólido anillo de oro, que acaba entre los bienes de la pareja.
Continuando la búsqueda por el área de forma minuciosa, cuando los compañeros buscan en el muro más cercano al espacio con agua estancada, les da la impresión de que algunas de las paredes parecen más débiles. Insistiendo en la inspección, al fin se percatan de otra puerta oculta, pero en esta ocasión la propia puerta está camuflada como si se tratase de una pared.
En el momento en que Ygrein empuja la puerta con decisión, desencajándola de su marco, con la impresión de que había pasado demasiado tiempo cerrada... los cánticos que se escuchaban en toda el área se detienen en seco.
Más allá de la puerta, unos muros de excelente mampostería pulida proveen de una magnífica cámara de resonancia. Pilares de piedra sin rasgo alguno sostienen el techo, y una brecha en el muro más alejado de las rejas oxidadas lleva a una caverna natural oscura con desperdicios amontonados. Hay escaleras que ascienden desde el agua a repisas de piedra lisa adosadas a las paredes de la enorme estancia inundada. En el centro de la estancia, más escaleras surgen del agua para formar una plataforma octogonal que conduce hasta un altar. Cadenas oxidadas con grilletes cuelgan directamente sobre el altar encima de la plataforma. El propio altar está grabado por horribles representaciones mediante garrazos de necrófagos y está manchado de sangre seca.
Estudiando el agua estancada, se puede ver que posee la misma profundidad que en las rejas por las que podría accederse hasta aquí inicialmente. De hecho, junto a las mismas, más allá del alcance normal a través de ellas, un mecanismo de cadenas herrumbrosas rodeando una rueda de madera combada, medio inserta en la pared, con travesaños sobresalientes en forma de agarres supone un mecanismo para elevar la verja de la entrada.
Intrigada por el silencio, al ver que nadie hay allí para expresar sus cánticos, Ygrein se acerca a la rueda junto a la puerta, suponiendo su funcionamiento, y después empieza a pensar en destruir el altar en el centro de la sala.
"Lo impío ha echado raíces aquí, Akon. Es hora de actuar". Alzando su mano, la palma de la misma brilla para convocar una explosión de fuego sagrado en el altar central... aunque éste no sufre ni un ápice de daños.
Por su parte, Akon fija su atención en la pared derrumbada al fondo, sobresaltándose por la explosión. Cuando se fija en lo que está haciendo su compañera, se acerca al altar a través del agua y lo pincha suavemente con una daga. Para cuando deja de tintinear con el metal contra la roca, Ygrein ya se encuentra a su lado, habiendo cruzado las oscuras y calmadas aguas hasta allí.
En el momento en que ambos compañeros se encuentran frente al altar para estudiarlo de cerca, los cánticos renuevan su sonido a su alrededor con toda su fuerza. Trece oscuras apariciones surgen sobre las repisas junto a las paredes de la habitación.
Cada una asemeja una figura de túnica oscura sosteniendo una antorcha, aunque el fuego de la misma es negro y parece atraer la luz a su interior. Donde se supondría haber rostros, sólo hay vacío. Cantan: "¡Uno debe morir!", una y otra vez. "¡Uno debe morir!¡Uno debe morir!¡Uno debe morir!¡Uno debe morir!".
Con un respingo por la sorpresa, Ygrein adopta una postura agresiva, moviéndose hacia los espectros más cercanos a las rejas.
Con esa actitud, los cánticos se transforman, gritando al unísono: "¡Lorgoth el Pútrido, nosotros te despertamos!¡Te convocamos!", y al aumentar de intensidad, el montón de deshechos en el interior del derrumbe formando una caverna natural empieza a agitarse, haciendo temblar la tierra, emitiendo un gorgoteo profundo y antinatural.
Con una cacofonía de voces que no se detiene ("¡Uno debe morir!¡Uno debe morir!"), los deshechos empiezan a amontonarse, envolviéndose en raíces extrañas, creciendo y alzándose, hasta crearse una monstruosidad informe hecha de todo ese material, aunque su velocidad es bastante lenta.
Al escuchar a su espalda las monstruosidades, Ygrein decide no enfocarse en las figuras translúcidas de las repisas, deteniendo su avance, girándose hacia el monstruo mientras reza para convocar a sus ángeles espectrales, los cuales brotan en una explosión de energía sagrada, lanzándose para golpear sin descanso al monstruo, aunque parece que su arremetida es poco efectiva para dañar al ser.
Con una sonrisa al observar al monstruo, Akon concentra el poder de su fuego infernal, y lo arroja en una deflagración que llena toda la caverna en que se encuentra la criatura, asolando la superficie del monstruo. Sin embargo, el fuego parece no causar especial mella en la criatura, a pesar de su agresividad.
El monstruo-ramas avanza, sacudido por los azotes de los espíritus angélicos de Ygrein que deshacen poco a poco su integridad, aunque la criatura consigue llegar lo bastante cerca de la sacerdotisa como para aporrearla sin piedad. Dos poderosas ramas descienden contra la mujer, y aunque ésta salta apartándose de una, otra impacta en su cuerpo con un sonido metálico apagado, arrancando de lleno toda la vitalidad sagrada que había invocado horas antes en la habitación de caza.
Sacudiendo la cabeza, algo aturdida, Ygrein eleva una plegaria a Dekaeler rogando por la fuerza y velocidad de su brazo, junto con otra oración para atraer la protección de la guerra en forma de maza sobrenatural aliada. Así, acompañada de un objeto sagrado independiente para combatir, Ygrein salta sobre el monstruo, lanzando una lluvia de golpes por su parte y la de su maza mágica. La concentración exigida para invocar tal oleada de poder, por desgracia, merma momentáneamente la capacidad de dirigir sus impactos, por lo que, aunque éstos alcanzan a la criatura, sólo algunos rompen ramas y destrozan eficazmente la estructura del mismo, mientras que el resto rebotan como si impactasen contra un muelle o, simplemente, golpean el aire al apartarse el ser de su trayectoria.
Sacrificando táctica por efectividad, Akon busca un buen ángulo de impacto para una segunda explosión ígnea que de nuevo envuelve al monstruo de raíces y restos, el cual empieza a sufrir la pérdida de parte de su estructura, cayendo ramas y restos calcinados al suelo. La explosión hace temblar la caverna, y los cánticos de los espectros se elevan frenéticos.
"¡Uno debe morir!¡Uno debe morir!"
Bramando y sacudiendo sus ramas, la monstruosidad vuelve a dejar caer sus brazos de ramas contra Ygrein, y aunque uno se estampa contra el suelo justo donde ella estaba un instante antes, el otro traza un arco lateral que la golpea en la espalda, lanzándola contra el agua con un terrible dolor en las costillas, mientras su cuerpo sigue siendo azotado por los ángeles espectrales y sus mazas de llamas sagradas.
Incorporándose sobre el agua, una nueva plegaria a Dekaeler imprime velocidad a sus ataques, pero el impacto ha sido tan doloroso que sus golpes carecen de la misma potencia que al inicio. Trazando una trayectoria fallida en un primer mazazo, el segundo arranca algunas ramas, y el arma sobrenatural se lanza al interior de la criatura, girando sobre sí mismo para despedazar parte del núcleo de la criatura.
Abriendo las palmas de sus manos, en la distancia Akon concentra su voluntad demoníaca, inflamando las palmas en una fuerza mística que vuela hacia la criatura, estallando en el interior de su maraña, haciendo volar trozos del monstruo en la distancia hacia el agua, con la respuesta temblorosa del ser al recibir tanto castigo.
Temblando sobre los apéndices que parecen varias piernas, la criatura sigue sufriendo un terrible castigo espiritual de la guardia mística de Ygrein, aunque en esta ocasión, al parecer el daño sufrido provoca que el monstruo no consiga impactar adecuadamente en la mujer, quien bloquea un ramazo con el escudo y se agacha para evitar otro. Por su parte, la fuerza de los golpetazos hace dudar a Ygrein quien, aún imbuida en el poder de combate de Dekaeler, tampoco consigue conectar ningún buen golpe. Sin embargo, la voluntad pura del Dios de la Guerra concentrada en el mazo sobrenatural sí que aplasta implacable al monstruo con sus golpes, causando más daños en su estructura, y dejando huella en el ser que se tambalea indeciso, como si su conexión sobrenatural con los despojos se debilitase.
Furioso por la resistencia implacable del monstruo, la frustración de Akon hace que una de sus explosiones sobrenaturales no alcance a la criatura, destrozando en su lugar parte de la entrada a la caverna que lo resguardaba. Aún así, la otra vuela hasta el interior del monstruo, deflagrando y arrancando pedazos informes de la misma.
"¡Uno debe morir!¡Uno debe morir!"
Con un grito de ira, Ygrein concentra parte de su devoción y fe en la barrera de ángeles vengadores a su alrededor, los cuales se mueven en una oleada imparable de ataques tan efectivos que, con un barrido demoledor, causan tantos daños que la criatura, apenas un chasis de escasas ramas y deshechos, se mantiene en pie por pura testarudez, con la mayoría de su integridad esparcida por el agua, arrasada o hecha pedazos. En represalia, a pesar de que una de sus ramas apenas tiene grosor para alcanzar a Ygrein, la otra se mueve como una serpiente, golpeando como un enorme látigo, haciendo volar por los aires a la mujer, quien aterriza de posaderas en el agua, sin respiración por el impacto en el pecho.
Tal impacto deja sin resuello a la mujer, quien al intentar respirar con el dolor del golpe, se marea, quedando desconectada por un instante de la fuente de su poder, momento en que la barrera espiritual angélica se deshace como polvo al viento. Furiosa por haber mostrado debilidad, la mujer se incorpora una vez más y lanza un aplastante mazazo sobre el monstruo con un grito de ira. La maza arranca parte de uno de los brazos atacantes en venganza, momento en que el arma sobrenatural vuela de nuevo al interior de la carcasa moribunda, girando sobre sí misma para terminar de destrozar en un vórtice de cólera guerrera los pedazos que quedaban en pie del monstruo, quien se derrumba sobre sí mismo, derrotado por una poderosa sierva de Dekaeler.
Entre el sonido de los trozos de la criatura chapoteando sobre el agua, Ygrein se apoya sobre su arma, respirando pesadamente para recuperar el aliento.
En ese momento, en la estancia se hace el silencio, junto a los espíritus que se desvanecen de sus plataformas.
Cuando la criatura es derrotada, un elevado susurro recorre la estancia, que pone el vello de punta a los dos compañeros: "¡LLega el final!¡Alabemos a la Muerte!".
Y, tras ello, los cimientos del lugar empiezan a sacudirse.
Con un rápido vistazo hacia la madriguera del monstruo, Akon se asegura de que el montón de rocas sobre el que descansaba la piedra no poseía ningún tesoro oculto.
Ygrein sólo está interesada en saber si lo que hay es alguna salida, pero la cueva tiene todo el aspecto de ser sólida en su breve profundidad.
En el tiempo dubitativo, el techo empieza a dejar caer mampostería sobre el agua después del primer temblor, que amenaza con ser letal tras cada sacudida posterior.
Al mirar hacia las dos salidas de la estancia, éstas de pronto se han convertido en oxidadas hojas cortantes con forma de guadañas que giran lentamente, tratando de trocear todo lo que pasa por ellas. Al fijarse Akon si el mecanismo de las rejas sigue allí para tratar de desconectar las hojas asociadas al mismo... éste había desaparecido.
Al mismo tiempo, las paredes empiezan a cuartearse y mostrar aspecto de tierra de tumba por las grietas a través de las que se ve su interior, desmoronándose poco a poco a través de ellas. Las fisuras adoptan un aspecto de sombras que se expanden, llenando las paredes de mosaicos irregulares.
Corriendo para saltar a través de las cuchillas del relicario, la poca rapidez y agilidad en el movimiento causa algunas heridas desagradables en Ygrein, mientras que, por suerte, Akon es protegido por la magia que la sacerdotisa había imbuido en él, aunque la barrera se debilita considerablemente.
Continuando su carrera escaleras arriba, los aventureros se dirigen hacia la sala de la estatua de Strahd, observando que a su alrededor todo se desmorona lentamente, junto con los temblores ocasionales que desprenden mampostería. Desgraciadamente, la puerta de acceso a las escaleras hasta la sala de cazadores también posee una puerta protegida por letales cuchillas.
Sin embargo, en esta ocasión Ygrein sí goza de una recobrada rapidez que le permite evitar los tajos de las oxidadas hojas, aunque Akon es atropellado por diversos cortes a su paso por el umbral, perdiendo por completo la protección de Dekaeler, además de sufrir dolorosos cortes sangrantes por su cuerpo que lo hacen caer al suelo, sufriendo un daño terrible antes de incorporarse con mirada desesperada.
Ascendiendo la escalera de piedra, la moral de ambos aventureros cae por los suelos al ver que otra maraña de cuchillas ha sustituido la trampilla de acceso a la habitación de los cazadores.
Observando las heridas sufridas, Ygrein dedica una prolongada plegaria curativa para sanar el daño sufrido en el combate y durante la escapada, concediendo una parte de salud también a Akon, antes de enfrentarse a las cuchillas de la trampilla.
Impulsándose por las escaleras, Ygrein confía en su habilidad como en la última ocasión, pero esta vez no es tan rápida, recibiendo un terrible corte en una pierna que deja un rastro de sangre hasta la habitación, donde camina tambaleándose por el dolor.
Tras ella, Akon a su vez también sufre severos tajos debido a que su velocidad tampoco es la más eficaz por el cansancio y el dolor, momento en que se percatan de la situación de cambio en la habitación, donde las paredes de la misma aparecen ajadas por el tiempo, combadas, sucias y llenas de unas extrañas vetas negras, las ventanas se encuentran tapiadas por sólidos ladrillos, y la puerta que comunica con el salón principal es otro amasijo de cuchillas letales que giran entre chirridos de óxido.
Asolados por la desesperación, observando la escasa integridad de la esquina de la habitación que conectaría con el porche de la entrada, Ygrein convoca una última vez a los espíritus angélicos y la maza espectral para que traten de arrasar con todo lo que se cruce en su camino, y acto se guido se lanza a toda velocidad, hombro tensado contra la misma. Al impactar, el muro se derrumba en pedazos con relativa facilidad, dejando caer trozos podridos de madera y deshechos de ladrillo... además de una maraña de ratas furiosas que llueven sobre la sacerdotisa, tratando de destrozarla a mordiscos entre chillidos. Avanzando a trompicones hacia el exterior de la casa, acosada por mordiscos inefectivos, observando como algunas de las ratas empiezan a caer destrozadas por su maza y espíritus angélicos, la sacerdotisa continúa sin mirar atrás, esperando que, efectivamente, cuando Akon ve la salida improvisada, se lanza de un salto a través para seguir a su compañera.
En el exterior, la bruma se condensa alrededor de ambos compañeros, que empiezan a perderse de vista a pesar del sonido de las ratas y las llamadas de uno a otra...
...hasta que el sonido queda por completo amortiguado, y lo único que queda tras retirarse la niebla es a Akon frente a un camino que ya conoce, más allá de la aldea de Uarowia junto a un cadalso abandonado, donde se encontró con su compañera sacerdotisa, la cual ya no se encuentra con él.
Temeroso por los efectos de la bruma, y no deseando estar mucho más tiempo cerca de Uarowia y su casa terrorífica, el tiflin recobra lo suficiente la compostura como para avanzar si descanso camino adelante, esperando poder alcanzar a sus compañeros en algún punto del camino, sorprendido, cuando registra sus pertenencias, de encontrar algunos de los objetos que habían obtenido en aquella casa maldita.
FIN
P.D.: El retorno de Akon e Ygrein a la Maldición de Strahd puede verse en las diferentes sesiones posteriores a aquella en la que se separaron el tiflin y sus compañeros, además de la que Ygrein apareció, totalmente confundida (Y SIN RECORDAR LO SUCEDIDO CON AKON EN UAROWIA -tal es el poder de las brumas-) frente a la Iglesia de Andral en Vallaki.






















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