lunes, 13 de mayo de 2019

Conan D20 - HACERSE UN HOMBRE - Expedición - Sesión 5 - "Choque de Dioses"

Cuando Tiberio, Ramma, Li Po, José Domingo, Durkan y Sarah terminaron de rebuscar entre los rincones de la habitación de los pozos elementales, continuaron su camino hacia el acceso más alejado de la misma, cuyo arco grabado con forma de cuerpo de serpiente sin puerta da paso a una caverna subterránea natural infestada de unas extrañas plantas similares al loto, pero de colores más apagados, y quebradizas. Aunque hay matas espesas por doquier que apenas dejan paso libre, y sus ramas trepan por los muros de piedra de la enorme gruta, parece que su salud es precaria.
Más allá, en el techo, enormes grietas en la piedra que ascienden hasta unos 60 u 80 metros permiten ver allá arriba la luz del día que ilumina con una extraña penumbra la zona, a través de las cuales trepan las plantas que, allí arriba, parecen más verdes, vitales y jugosas.

La caverna y su humedad están impregnadas de un olor dulzón que resulta muy atractivo a Durkan (quien parece entrar en un leve trance al olfatearlas), además de ser familiares a Li Po y Ramma, quienes las identifican como una extraña variedad de Loto Negro, una planta exótica con diversas propiedades, entre las que se incluyen venenosas y letales (de las más conocidas, el Loto Negro).
Siendo conscientes de su efecto potencialmente dañino, Li Po toma una piedra y la lanza hacia una mata espesa, y al golpear, algunas hojas y flores se quiebran y deshacen, levantando una nubecilla de polvo que envuelve la mata, quedando suspendida en el aire durante un buen rato, cayendo despacio hacia el suelo... demasiado despacio.
Al darse cuenta de tal cualidad, aunque hay una ligera brisa en el entorno, y del denso espesor de la flora del lugar, el grupo entiende que avanzar a través de los matorrales podría provocar nubes de polvo de hoja y flor de loto quebradizos que los afectasen.
A pesar del hecho de que Ramma y Tiberio piensan en prender fuego a todo el área, en la que por todo el suelo también hay una alfombra de hojas y flores secas de loto, pensar que, aunque el denso humo podría salir por las grietas del techo de la caverna, también podría extenderse por la zona en pendiente ascendente por la que el grupo ha llegado (como una mala chimenea), elimina la idea en la que todos podrían quedar intoxicados por el humo venenoso.
Les persuade pensar eso... y una gran cantidad de pequeños animales de diversos tipos que aparecen muertos en diversos estados de descomposición por todas partes: roedores, pequeños depredadores, aves y otros mamíferos domésticos y salvajes de pequeño tamaño. Lo más escalofriante que la visión del follaje desvela a Tiberio es observar como, entre las hojas y ramas, descubre como un pequeño ratoncillo que sufre suaves espasmos (lo que indica que hay aún vida en él) es acechado por una serpiente (con coloración similar al mosaico-trampa del inicio de la caverna) de movimientos lentos y meticulosos, la cual se acerca sin esconderse al animal y lo engulle lentamente, sin siquiera clavar sus venenosos colmillos en él.
Maldiciendo el nombre de Set, el grupo no sabe cómo afrontar la situación, sin envenenarse por el miasma vegetal en el aire.
Por su parte, Durkan, observando como un depredador al acecho la caverna, decide comenzar a andar cuidadosamente hacia adelante, apenas levantando los pies del suelo con un estilo picto muy tribal, más orientado a la caza, y deslizándolos suavemente por un área que parece un antiguo camino artificial olvidado bajo la espesura (momento en que los aventureros son conscientes de que, mirando el lugar, se dan cuenta de que hay áreas ligeramente menos tupidas que parecen recorrer caminos construidos bajo ellas), evoluciona entre las plantas de forma eficaz, indicando a los demás que, si se mueven con cuidado, no tienen por qué romper los restos secos en el suelo, evitando dispersar polvillo de loto.
Con un elevado grado de desconfianza, el resto de la compañía decide anudarse sobre boca y nariz tela humedecida, y trata de imitar al picto en su avance, de forma bastante eficaz.

Despacio y con cuidado, los aventureros empiezan a adentrarse en la gran gruta, después de observar que existen dos salidas adicionales, además de la que abandonan, en la caverna natural: una de ellas unas decenas de metros hacia la izquierda de la entrada que estaban abandonando, y otra en un tramo recto en diagonal desde la entrada (sin contar la espesura) al otro lado del espacio natural subterráneo.

Pronto, en su meticuloso avance, se percatan de que hay movimiento entre la maleza, y cuando han avanzado casi 9 metros entre la espesura a través de uno de los caminos sofocados que parecían existir antes de que todo se volviese un paraje salvaje de vegetación, 4 serpientes de casi 2 metros de largo y el grosor de un bastón, con la particular coloración en el lomo del mosaico-trampa venenosa al inicio de la caverna descendente, avanzan cuidadosamente desde varios ángulos hacia el grupo. Su reptar apenas quiebra hojas o flores a su paso, y ni siquiera esa vegetación destruida levanta el suficiente polvo como para resultar ser un inconveniente. Aunque casi todos deciden mantenerse a la defensiva, esperando poder golpear cuando las criaturas se encuentren al alcance, Ramma trata de retroceder buscando un área de penumbra en la que se encuentre menos a la vista de los animales y lejos del alcance de sus colmillos. Por otra parte, Li Po identifica una evolutiva similitud entre su magia venida de más allá de oriente con los movimientos de los animales, sintiéndose extrañamente fascinado por ellos, e interpretando su propia magia al son del hipnóticamente fluido avance reptil.
Con reflejos de tigre, José Domingo reaccionó a tiempo ante el ataque de una de las serpientes, fallando el lance de su espada ancha, pero aprovechando el movimiento fulgurante del animal para acuchillarlo a lo largo de todo el costado con su espada corta. A pesar de la horrenda herida sangrante, el ofidio frenético tuvo tiempo de morder el brazo del Zingario, aunque sus colmillos no fueron capaces de penetrar el cuero de su armadura, pero el ataque provocó un escalofrío de temor precavido en la espalda del pirata.
Li Po, casi en trance al ver el movimiento de las criaturas, danzaba con su Magia Oriental, potenciando sus reflejos sobrenaturalmente. Sin embargo, apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando una serpiente se arrojó contra él. Interponiendo su mano frente a la criatura, la agarró por el cuello, a la vez que ejecutaba las complicadas maniobras con sus dedos en las que invocaba junto a una letanía gutural de su voz su conjuro de parálisis gélida en el animal, pero éste se mostró extremadamente resistente a su magia, lanzando un mordisco hacia su brazo que, por suerte y gracias al poder de su hechicería que potencia sus reflejos, el khitano evita soltando a la criatura en el suelo con desagrado.
Con el gesto ceñudo por el asedio de las criaturas reptantes, Tiberio esperó el momento oportuno en que la serpiente en la mano de Li Po cayó al suelo, para lanzar un certero tajo que la partió por la mitad justo cuando intentaba probar suerte con el aquilonio, cayendo la bestia entre estertores de muerte al suelo. "Esta noche cenaremos carne de serpiente", farfulló, ceñudo, el soldado.

Aquello aún no había acabado.

Durkan, el arqueólogo-brujo picto, danzaba en círculos frente a otra serpiente, la cual lo atacaba probando sus defensas, y mordiendo sin efectividad los ropajes de un brazo, al mismo tiempo que se apartaba como un rayo del tajo de un salvaje cuchillo selvático del picto, quien intentaba apuñalarla sin éxito, gruñendo de temor y cólera por sentir que ha estado a punto de caer envenenado, intentando ahuyentar a la serpiente con sus aspavientos.
Entre los empellones de sus compañeros, Ramma observa las tácticas de los animales, y viendo un hueco en la atención de aquella herida por José Domingo, se apresuró... demasiado deprisa... en su dirección, sin ser consciente de que golpeaba violentamente la vegetación a su paso provocando que su desplazamiento arrastrase polvo de loto con él, cuya substancia se filtró hasta sus pulmones. Aunque el himelio llegó hasta el animal y trató de apuñalarlo y lanzar tajos sin éxito, su vista comenzó a nublarse ligeramente, notando en su cuerpo una profunda pesadez, como si hubiese estado caminando tanto tiempo que ni siquiera recordase cuándo empezó. Se sentía incapaz de seguir moviéndose a su velocidad habitual, y tosía de forma extraña, doblándose y bamboleando.
Viéndose apoyado por un compañero algo afectado, José Domingo, con un hábil lance atravesó la boca de la serpiente de una estocada, destrozando su cerebro, y quedando liberado de un enemigo, desplazándose con ímpetu en dirección a una serpiente que aún no había alcanzado al grupo para atacar, con tan mala fortuna que sus movimientos arrastraron trozos quebradizos de hojas y flores... junto al polvo que las acompañaba. En el momento en que su espada corta silbaba en el aire, y la serpiente la evitaba con un brusco viraje de su cuello, el zingario percibió una extraña sequedad en su garganta y una pesadez en brazos y piernas que casi arrastra sus manos con el peso de las armas. Su visión empezó a temblar y a difuminarse, su cuerpo presa de la debilidad, aunque tuvo la suficiente templanza como para alejarse tambaleante del lance de un mordisco de la serpiente ante él.

Con el movimiento de Ramma y José Domingo, Li Po también avanza con relativa rapidez hacia la posición de lucha en la que el zingario y Durkan están intercambiando lances y ataques con dos serpientes, de forma tan precipitada que no sólo levanta polvo de la hojarasca y las ramas que golpea, sino incluso se introduce en la miasma dejada por el himelio y José Domingo, aspirando merced al movimiento acelerado con descuido. Cuando los efectos alcanzan rápidamente su organismo, sintiendo que sus brazos y piernas parecen de plomo, y su vista empieza a fallar, con un acto de suprema voluntad, implora a su conexión sobrenatural con las energías místicas de su interior y lanza un brazo veloz hacia la serpiente que baila en un waltz de muerte junto al picto. Al apresarla por el cuello, la serpiente sisea una breve protesta, antes de que su cuerpo se cubra de una sobrenatural escarcha que se concentra alrededor de la mano del khitano y se descarga por la piel del ofidio. Con una fiera sonrisa y el rostro somnoliento, Li Po eleva una plegaria a Padre Oscuro por su éxito.

Girando su rostro en dirección al resto de atacantes, Tiberio el soldado, con expresión ceñuda y en silencio absoluto, aparta a su paso al jovenzuelo zingario, y sin miramientos descarga un tajo con la firmeza de una guillotina que pilla por completo desprevenida a la serpiente que acecha a José Domingo, haciendo volar las ahora dos partes de su cuerpo por los aires, con un siseo de dolor. A pesar de que el movimiento del aquilonio ha sido impetuoso, parece que su férrea resistencia y entrenamiento militar han podido superar sin problemas los efectos agotadores del polvo de loto seco que se levanta a su paso y forma una nubecilla pesada en la humedad del ambiente.
De reojo, y viendo que sólo queda una criatura viva y paralizada, Tiberio medita en la posible utilidad del animal para arrojarlo en caso de necesidad contra el rostro de un enemigo, y lo mete en un saco, pensando que quizá Li Po quiera quedárselo como mascota. Con seriedad, tiende el saco con la serpiente coral selvática del sur en su interior al khitano, avisando de que tenga cuidado que el saco siempre esté bien anudado mientras la criatura siga viva y el brujo quiera transportarla.
En la calma del agotamiento que a algunos provoca este ambiente cargado, los sentidos agudos de Tiberio y la afortunada percepción de Ramma permiten observar algo curioso (y perturbador) en las criaturas a las que el grupo acaba de destrozar a golpes... y es que sus cuerpos, muy lentamente, están empezando a reconstruirse, a pesar de haber muerto, aunque no de una forma horrendamente deforme, sino que los trozos de su cuerpo se mueven buscándose unos a otros para ensamblarse, y las heridas empiezan a dejar de sangrar, recuperar parte de la sangre derramada, y cerrar sus heridas sin efectos de podredumbre.
El paso del horror a la comprensión de algunos de los adormilados incursores les indica que, quizá la mejor opción fuese, igual que con la criatura viscosa a la que derrotaron cerca de la entrada del complejo, quemar esos cuerpos en plena recomposición.
Así, tomando los pedazos y avanzando despacio, habiendo aprendido por las malas cómo desplazarse sin levantar demasiado polvo con el roce de sus cuerpos contra la espesura, todos llegan hasta la entrada de la sala de los nichos y los fosos... momento en que José Domingo, Li Po y Ramma caen desplomados en el suelo, completamente dormidos.

Mientras Durkan se acerca a uno de los enormes braseros de bronce en llamas y empieza a arrojar los pedazos de todas las serpientes muertas, Tiberio abofetea enérgico a sus compañeros, al grito de "¡soldados, en pie!", tratando de reanimarlos de manera ruda... e inútil. Con un chasquido de su lengua, Durkan y su voz quebrada dicen, junto al brasero: "no te molestes... estarán durmiendo varias horas hasta que expulsen el veneno de su organismo. Voy a seguir quemando serpientes. Tú haz lo que tengas que hacer". Conforme la carne de las serpientes se va consumiendo en las llamas, el aroma de sus cuerpos asados se expande gratamente como carne especiada con loto por la amplia estancia. Durkan, con el fuego a sus espaldas recortando su pequeña figura envejecida, señala hacia Li Po, diciendo "y esa que está guardada ahí... ¡quémala!".
Tiberio, con mirada extrañada, pregunta cual es el motivo de esa decisión.
"¿Vas a dejar que una criatura como esa salga al mundo y mate a alguien... y sobre todo, que nadie pueda matarla, por muchas puñaladas que reciba? Aquilonio... ¿vas a dejar que una criatura de Set viva?". La mirada que Durkan lanza a Tiberio es de cruda acusación. El aquilonio responde que va a dejarla en manos de Li Po... ya que "Padre Oscuro" sabe de venenos y otras aflicciones de los animales Él sabe de muchas cosas.
Durkan arremete de nuevo, con tono acusatorio: "¿vas a dejar que Padre Oscuro se encargue de que esa criatura viva? ¿Has visto lo que lleva en el cuello tu amigo?". Con esas palabras, se acerca al khitano, lo agarra de la melena, levanta su rostro, y agarra de debajo de sus ropas el Medallón de Serpiente, mostrándolo sobre su mano. "Mira. Un Símbolo de Set. Y mira su dedo", dice agarrando la mano en la que el Anillo de Serpiente se luce. "Otro Símbolo de Set. Y ahora, además, quiere quedarse con la serpiente". El picto se levanta, haciendo aspavientos con las manos señalando las paredes del lugar. "¡Este lugar lo está corrompiendo!".
"Yo le he dado esa serpiente, picto", contesta, airado, Tiberio.
"¿Tú se la has dado?", escupe de su boca Durkan, receloso. "¿Y tu religión te permite eso?".
"Por supuesto que Mitra me permite utilizar a un animal para matar a mis enemigos, igual que con mi caballo Lucrecio los pisoteo en batalla, como si fuesen viles pictos en la frontera oeste", desdeña con una expresión sombría el aquilonio.
Durkan, con un gesto que resta importancia a esas palabras, susurra: "caerá sobre tu conciencia. Esa serpiente es un siervo de Set. ¡Todas las serpientes lo son!".
Tiberio, cansado de la conversación, indica a Durkan que, ya que ha entregado a Li Po la serpiente, el picto, cuanto menos, deberá esperar a que Padre Oscuro despierte para pedirle que destruya a la serpiente, en vez de aprovechar su inconsciencia.
Durkan, sarcástico, se acerca a Li Po y, agarrándolo por el pelo, acerca su rostro a la oreja de éste y, mirando a Tiberio, susurra "¿vas a dejar que esta criatura more en tu ser, Li Po?", y con su mano mueve la cabeza del khitano afirmativamente, a modo de burla.
"Suéltalo, termina tus estupideces, y deja a esa serpiente para que Li Po decida su destino, puesto que yo se la he entregado voluntariamente. Estoy hartándome de esta charla moralista. Así que cállate ya, viejo".
Durkan, soltando sin rudeza a Li Po, se levanta y se dirige al brasero en llamas, murmurando "espero que visitemos pronto un templo de Mitra, para que sepan de tu felonía".
"Tranquilo, salvaje. Mitra lo ve todo, incluso tu impertinencia", contesta orgulloso el soldado.
"Quizá mi impertinencia y siendo un picto sea más honorable que lo que tú acabas de hacer ahora mismo", sisea Durkan, testarudo.
"Eres un maldito idiota, picto. Todo ésto por una basura de serpiente venenosa. En la guerra he untado la hoja de mi espada en eso y sustancias peores para acabar con mis enemigos cuando mi acero mordía su carne. Es sólo veneno. Deja ya de despotricar". Dándose por vencido ante las últimas palabras de Tiberio, Durkan sacude su mano y dice "haz lo que quieras".
Azuzado por todo el hastío lanzado por el picto, Tiberio comienza a relatar las diversas costumbres salvajes que el ejército del imperio realiza en la guerra contra los pictos, al tiempo que éste responde con costumbres tan interesantes de su pueblo como clavar cabezas cortadas de aquilonios en picas a lo largo de la frontera con el imperio, para desmoralizar a los invasores. Después de intercambiar varios lances orgullosos y despectivos entre sí, Durkan decide reposar a la espera de que los aventureros dormidos puedan despertar, sentándose a meditar delante del brasero ardiente más cercano, mientras Tiberio, harto de la cueva, decide patrullar por los alrededores, no teniendo nada mejor que hacer, para evitar emboscadas o visitantes no deseados.

En una de las rondas en las que Tiberio vuelve del área ya explorada y dejada atrás, el aquilonio se sorprende de escuchar un ruido de algo pesado que se arrastra por el suelo, y cuando se acerca deprisa a donde duermen sus compañeros, ve como el cuerpo de José Domingo se arrastra boca arriba de vuelta al jardín subterráneo. Sobresaltado, corre en su dirección, a voz en grito para tratar de poner en alarma a quien pueda escucharlo de sus compañeros.
Al llegar apenas a unos metros de distancia del cuerpo del zingario, Tiberio abre desmesurado los ojos al ver que, tranquilamente, una serpiente de más de tres metros intenta llevarse a rastras al muchacho hacia la espesura, con el mismo dibujo en el lomo que las otras más pequeñas destruidas.
Con un gesto de cólera, Tiberio arroja con éxito su lanza, que golpea cerca de la criatura en la zona posterior del lomo, abriendo una pequeña brecha sangrienta, y la pone en guardia con un sonoro siseo de amenaza, acompañando el ataque con una carga feroz en su dirección, gritando "¡Durkan! ¡Nos atacan! ¡Arriba!". Descuidando momentáneamente su defensa, el soldado apenas tiene tiempo de alzar su escudo, en el que se estrella la boca abierta de la enorme serpiente, que suelta a José Domingo, mordiendo su borde y haciendo brotar veneno a raudales de sus grandes colmillos, corriendo viscoso por la parte interna de la protección y entre la ropa del soldado bajo su armadura, generando un gesto de repugnancia en su rostro.
"¡Durkan! ¡¿Dónde estás, maldito picto?!", sigue inquiriendo en medio de la refriega, Tiberio, forcejeando con la criatura. Con un contraataque por debajo del escudo, el soldado lanza un hachazo que más se asemeja a tratar de cortar un recio tronco, con idénticos resultados en los que apenas una pequeña hendidura brota con sangre viscosa, saltando un puñado de escamas y piel. Revolviéndose en su intento de derrotar a una presa más peligrosa, el ofidio lanza su cola junto a la mitad de su cuerpo hacia adelante, enroscándose alrededor de las piernas y el vientre de Tiberio, quien, antes de ser atrapado por completo, hace palanca con su hacha y escudo, consiguiendo liberarse del pesado animal, cayendo éste a su alrededor, dispuesto para seguir luchando. Viendo que su anterior táctica no ha parecido muy exitosa, el animal trata de nuevo de morder el torso del soldado, y de nuevo se encuentra con la infranqueable muralla de su escudo, la que impregna por su parte interior con su viscoso veneno de forma inocua, pues no ha podido inyectarlo con su mordisco. Nervioso por luchar contra algo a lo que no se puede imprecar, insultar ni poner nervioso, como es otro hombre en batalla, Tiberio de nuevo lanza otro tajo en horizontal bajo su escudo, con idénticos resultados al anterior, abriendo otra sangrienta brecha y arrancando algo de piel y escamas en su impacto. La enorme serpiente, de pronto, suelta su mordisco y se lanza hacia atrás como un resorte, con una siniestra mirada en su rostro.
De pronto, y en un extraño giro de acontecimientos, agarra de un inofensivo (pero férreo) mordisco al durmiente José Domingo por el cuello (a pesar de que el soldado aquilonio trata, sin éxito, de impedirlo), y lo alza frente a ella, a modo de parapeto protector, interponiéndolo en medio de su cuerpo y del frente de ataque del soldado aquilonio. Tiberio, tremendamente confuso por lo sucedido, empieza a azuzar a la serpiente para que suelte al zingario, primero con aspavientos y voces, y después intentando una extraña danza cortesana en la que trata de expresar que, si la serpiente se marcha sin su presa, la dejará vivir. Cuando la criatura observa las evoluciones de su contrincante, en su rostro se refleja lo más parecido a la confusión que podría expresar un animal de esos rasgos, dejando momentáneamente de prestar atención al hombre que tiene entre sus fauces, momento en que Tiberio aprovecha para lanzar un tajo certero, tras ejecutar un salto en mitad de su baile, contra el cráneo de la enorme serpiente, la cual, con el crujido del arma de metal al incrustarse en medio de los huesos de su cabeza, deja su boca floja y cae desplomada, acompañando a su caída el cuerpo de José Domingo, que también se estrella en el suelo, amortiguado por el corpachón del reptil, que enfanga al pobre hombre con los fluidos de su cuerpo moribundo.

Con colérica resolución, el soldado se gira, sin esperar a alejar a su compañero de la serpiente, y con una patada en la cintura a Durkan, como si fuese un perro abandonado, le increpa para que espabile. "¡¿Qué estabas haciendo?! ¡¿Acaso no me has oído, patán?!".
Durkan, sobresaltado, mira confuso a Tiberio y gruñe "estaba en trance recuperando mi energía y mi poder... ¿qué es lo que pasa?".
"¿Que qué pasa...? ¡Mira la entrada de la gruta de loto! ¡Nos estaban atacando! ¡Mira a esa serpiente que ha estado a punto de llevarse a su madriguera a José Domingo!". El picto, confuso, observa en dirección al lugar del combate, y su rostro pasa de confuso a rabioso. "¡¿Lo ves?! ¡¿Ves lo que te decía, aquilonio?! ¡Todo esto es culpa de Set! ¡Y sigues negándolo!". El soldado, obviando las palabras de Durkan, continúa su acusación sobre su inactividad, mientras éste se defiende como perro rabioso explicando que debía recuperarse de su cansancio y retomar fuerzas para poder usar su poder en la expedición. Tiberio sólo insiste en que Durkan sólo se dedica a dormir, aunque éste señala a Li Po, explicando que él debe hacer lo mismo para recuperar fuerzas. Con un gesto despectivo, Tiberio mira a su compañero y añade que Padre Oscuro ahora duerme por el veneno del loto, y ese es otro asunto. Viendo la imposibilidad de seguir una conversación argumentada, Durkan refunfuña y, pateando el suelo, va hacua la serpiente enorme y, agarrándola y arrastrando su corpachón como puede con sus exiguas fuerzas de vejestorio, la acerca penosamente hasta el brasero en llamas, donde empieza a arrojarla poco a poco, para que arda en su interior, levantando una nueva nube de humo a carne especiada. Mientras lo realiza, sigue imprecando a Tiberio que, siendo adorador de Mitra, no comprenda este tipo de cosas. El soldado, impasible, observa la evolución del picto, odiando cada vez más la presencia del pequeño brujo picto, contra quien su odio y desprecio crecen poco a poco.
El soldado aquilonio, tomando conciencia de que no desea la presencia de Durkan durante un rato, hasta calmar sus ánimos, se acerca a la cueva frondosa, y echa un vistazo, descubriendo el rastro por el que ha pasado la serpiente, el cual se dirige hacia la entrada que se encuentra a unas decenas de metros a la izquierda del acceso de la sala de los nichos y los fosos.

Prefiriendo el peligro de la espesura, Tiberio avanza con cuidado de no levantar polvo de loto reseco, utilizando el rastro del animal como guía, hasta llegar al acceso... una cueva totalmente natural, que apesta a reptil conforme el aventurero avanza en una amplia curva hacia la izquierda que forma el paso de la gruta. Así, cuando casi ha girado 180 grados en su avance, descubre una zona de la caverna que se ensancha un poco, aunque no tiene más salida que por donde él ha entrado, en la que, en una oquedad de la pared, parece hallarse el nido de la criatura, pues diversas camisas de escamas translúcidas, fruto de las muchas mudas del animal en su crecimiento, se encuentran cuidadosamente colocadas para acomodar su descanso. Además de ello, por doquier se encuentran esqueletos triturados y esparcidos de muchas criaturas, en general animales de tamaño pequeño y mediano, largo tiempo ha devorados por la serpiente.
Hurgando los restos del área con la lanza que recogió del cuerpo del animal, en el que se había incrustado con su primer ataque, Tiberio descubre que hay partes ajadas por el tiempo de ropajes, descompuestos algunos, podridos otros, y entre los mismos, un cinturón cuarteado con una vaina en bastante buen estado de una espada corta akhbitana, mantenida a lo largo del tiempo de forma sorprendente. El diseño de relieves ígneos de la empuñadura, el rematado y la hoja, y una zona del filo que parecía preparada para acoger algún tipo de abalorio, sorprenden y fascinan al soldado, que guarda la vaina y la espada.
Además de ello, el cinturón también tiene adosado un pequeño paquete de cuero, también en buen estado, en cuyo interior encuentra 3 vainas metálicas pequeñas, una banda de metal del grosor de la espada, con tres muescas ahuecadas, y cuatro frasquitos de cristal (sí, CRISTAL), cada uno con un espeso líquido de diferente color, cuyo tacto del cristal es extraño, pues uno de los frascos, con su contenido de color blanquecino, es extrañamente gélido al tacto, al mismo tiempo que otro, de color rojo sangre, es caliente como un cuenco de sopa recién preparado, mientras que un tercero de color azul celeste, al tocarlo, desprende un desagradable chispazo de luz que chasquea contra la piel, al tiempo que el cuarto frasco posee un líquido que apenas es visible, como si se tratase de un agua tan transparente como el aire.

Fascinado por lo encontrado, Tiberio vuelve a la caverna, donde encuentra a Durkan ceñudo, realizando un preparado en forma de emplasto que aplica bajo la barbilla y la nariz, y sobre el pecho de los afectados, de un fétido aroma. Cuando pasan unos minutos, Li Po y José Domingo empiezan a reaccionar, despertando de su antinatural sueño, aunque parece que Ramma no responde al preparado. Tremendamente cansados, aunque no con la misma sensación plomiza que al respirar el polvo, el khitano y el zingario agitan sus brazos y estiran la espalda, movilizando sus engarrotados cuerpos, producto del sueño forzado sobre la piedra del suelo, y mirando a su alrededor, confusos sobre dónde se encuentran y qué ocurre. Ven a Tiberio que observa con intensidad cualquier movimiento que Durkan realiza, conforme éste estudia al himelio, abriendo sus ojos y tomando su pulso en el cuello, y haciendo un gesto de negativa preocupación con la cabeza.
Aprovechando que el picto se encuentra ocupado, Tiberio se acerca a Li Po para hablar con él, y explicarle todo lo sucedido con el viejo arqueólogo, cómo se ha comportado con respecto al combate con la serpiente que iba a devorar a José Domingo, y la forma en que ha tratado a Li Po mientras estaba dormido, además del hecho de la discusión sobre la serpiente (que ahora no está paralizada y se agita en la bolsa en que se encuentra atrapada, nerviosa y agresiva).
José Domingo, aún algo confuso por su reciente intoxicación, aprovecha para acercarse a Li Po y Tiberio, y al tiempo que escucha su conversación desde la distancia (aunque Tiberio también comparte con él lo sucedido mientras el muchacho dormía), se da cuenta en ambos de los rasgos curiosos que éstos poseen (ojos, orejas y movimiento de la lengua).
Y así, mientras ambos compañeros hablan al margen del pirata, Tiberio observa los extraños ojos de Li Po que están empezando a adquirir una tonalidad dorada en el borde de los iris, además de que sus orejas se están afilando por arriba, mientras que, a su vez, el brujo khitano se percata de que Tiberio, nervioso y agitado como se encuentra, de vez en cuando, al hablar, saca ligeramente la punta de su lengua entre los dientes, como si paladease el aire a su alrededor. Ambos aliados, confusos con lo que cada uno percibe del otro, parecen guardarse su propia opinión al respecto, y mientras el picto continúa con un nuevo remedio más potente que aplicar directamente a Ramma, a quien vierte el preparado líquido por la garganta del ladrón con un cuenco mientras susurra con gravedad "si ésto no lo reanima, sólo queda esperar que su cuerpo expulse el veneno de manera natural... o muera intentándolo", Tiberio enseña la espada, los frascos y las vainas metálicas encontradas para ver si el brujo entiende qué es lo que está viendo. Fascinado por los objetos, en ese momento Li Po, confuso por haber despertado de tan extraño sueño, no comprende muy bien qué son esos artefactos y líquidos, aunque su mente aturdida reconoce que parece algún tipo de juego de herramientas alquímicas, ya que los pequeños cilindros metálicos parecen dispensadores vacíos.

A su espalda, tras un par de minutos, Ramma se despierta, extrañamente espabilado, respirando pesadamente y con una sensación de amargor en la boca, con el estómago revuelto. Alejándose del contacto de Durkan, quien sujetaba la cabeza del hombre sobre sus rodillas y le golpeaba la espalda diciendo "suéltalo... suéltalo... échalo todo", Ramma trata de recuperar la compostura, vomitando, tosiendo y escupiendo para liberarse del sabor extraño, además de sacudir su aturdimiento posterior al subidón inicial. Por suerte, la sensación de agotamiento se aleja despacio de su cuerpo, dejando sólo la necesidad de descansar de forma normal. Tras un examen superficial después de que el ladrón recomponga un poco su presencia de ánimo, Durkan se asegura de que Ramma se encuentra bien, y lo deja a su albedrío.
En el momento en que Ramma ya no está con Durkan, Tiberio se asegura de que Li Po no puede extraer más información de la espada, los viales y los cilindros metálicos, y se dirige con los objetos recién descubiertos al ladrón, para enseñárselos, por si sabe de qué puede tratarse. El himelio, cuya fascinación por la espada y el resto de lo encontrado hace que se aleje de él por completo la sensación de aturdimiento, dedica toda su atención a comprender de qué se tratan tales hallazgos, y cual es su utilidad. En principio, el mero hecho de empuñar la espada, ligera como una pluma y equilibrada como un péndulo, haciéndola danzar con sencillos juegos de muñeca, deja fascinado al ladrón, pues parece que el arma tiene vida propia en sus manos... además de la firmeza del metal trabajado, al igual que el de su propia daga akhbitana. Además, tras estudiar las piezas del juego de artilugios con detalle, Ramma se da cuenta de que la banda metálica encaja perfectamente en el surco sencillo grabado en la parte del extremo afilado de la espada, y los tres huecos trabajados en la misma permiten encajar los tres cilindros dispensadores para que, una vez colocados (adosados) a la hoja, no se muevan, ni siquiera cuando el arma golpea a un enemigo. Ojeando los cilindros, el himelio se percata de que tienen una pestaña con rosca para abrirlos y verter líquido en su interior, el cual, con el movimiento y el impacto de la espada, se derrama sobre la hoja por la zona opuesta de los dispensadores, empapando el metal. Así, el ladrón deduce que los cuatro viales de distinto color, temperatura y reacción física, suponen algún tipo de compuesto que libera unos efectos muy concretos sobre el filo del arma, al igual que haría un mecanismo de veneno en un arma de asesino, para que se desencadenasen al alcanzar a un enemigo. Pensando en qué podría ser, Ramma decide verter una pequeña cantidad de cada vial (salvo el transparente) en cada cilindro dispensador, y montar el artilugio con los cilindros en el extremo de la espada, para un momento en que crea poder usar el arma con efectividad y ver en qué trasciende todo ésto. De hecho, el arma queda en sus manos porque Tiberio se la cede con generosidad, a sabiendas de que su manejo de esas espadas es bastante efectivo contra enemigos acorazados.
Bastante cansados por la experiencia, el grupo decide descansar antes de continuar, no sin antes Durkan dedicar unas enigmáticas palabras a Li Po al mirarlo a la cara cuando pasa junto a él, preparándose para dormir: "bonitos ojos". Li Po, en un principio pensando que el picto pretende burlarse de él con los modales de un sodomita, recuerda la extraña mirada de Tiberio a sus ojos hace un rato y, acercándose al pulido brasero inmenso de bronce, aprovecha la luz de las llamas para mirar su reflejo en el metal... viendo la extraña forma que han adoptado sus ojos, y sintiendo un extraño hormigueo en el pecho.
Con la preocupación en la mente, él y todos deciden descansar cerca de los braseros de bronce que arden inagotables, aprovechando su calor, y se dejan arrastrar por un reparador sueño...
...sueño en el que Li Po reproduce con inquietante exactitud sus propios ojos, observándolo como soles gemelos desde un horizonte inmenso, y causándole una sensación de sopor y sometimiento. Poco a poco, en los paisajes mentales de su pensamiento, oculto y arropado por el sueño, su saber viaja hasta rincones distantes, en los que palabras, gestos y técnicas se dan encuentro poco a poco, hasta generar una idea, y de esa idea extraer la esencia de una nueva forma de manifestar su poder a través del dominio de la voluntad. Entre sudores y murmullos, como si estuviese sometido a una gran tensión, Li Po se revuelve en sueños, su cabeza fraguando una nueva técnica mágica que utilizar en el futuro. Pronto... muy pronto... como la danza de las serpientes que hipnotiza sus presas antes de acabar con ellas de un golpe letal.

Cuando la luz del día se adivina distinta al filtrarse por las grietas de la cueva subterránea, el grupo despierta y se prepara para seguir avanzando, todos bastante molestos con la actitud de Durkan y su fijación por las serpientes, Set, sus extrañas discusiones y el deber a Mitra. Pero, más pudiendo ya la determinación por terminar aquella espantosa expedición, que más valía resultase de alguna utilidad y provecho, de nuevo se ponen en marcha, esta vez con un cuidadoso avance que evita correctamente dispersar polvo de loto seco por el entorno que vuelva a afectar su fortaleza y sus deseos de dormir.
Continuando hacia el acceso que queda al otro lado de la gruta natural, los aventureros se percatan de que, esta vez, este tercer arco sin puerta posee un inconfundible símbolo de set tallado sobre el recorrido del umbral: dos serpientes entrelazadas a cada lado dibujan los marcos de roca de la gran entrada, las cuales se encuentran en la zona superior, donde se separan las cabezas para encontrar cuatro testas de serpiente, dos a cada lado, con miradas enfrentadas entre sí. Pero, lo que más allá puede encontrarse es aún peor. El túnel al que da acceso el umbral se percibe perfectamente trabajado como parte de un complejo subterráneo, talladas sus paredes y techo en esta ocasión con abyectas prácticas ceremoniales de orgías sangrientas de hombres, bestias mitad humana y mitad serpiente, y serpientes de todos los tamaños, practicando sexo, canibalismo y bestialismo de formas aberrantes que dañan los ojos de todo hombre que se respete a sí mismo por siquiera posar sus ojos sobre aquellos relieves. El grupo reconoce no sólo el arco de la puerta, sino también los relieves interiores, como "terreno sagrado de Set", momento en que Durkan mira de reojo a Tiberio y a Li Po, y se aleja unos pasos del khitano, con una actitud preventiva. Lo más preocupante es la atención que, efectivamente, Li Po empieza a prestar a las "obras de arte de las paredes", rozándolas reverente con la punta de sus dedos. Más allá de la entrada, puede verse que el túnel posee columnas grandes y gruesas que sostienen el alto techo, con forma de serpientes cuya boca abierta es el capitel que toca el techo, y el fuste sin basa es el propio cuerpo del animal, cuya coloración también es como la del mosaico-trampa del inicio del camino. El paso tiene un giro hacia la derecha, y casi inmediatamente gira de nuevo a la izquierda, en forma de zig-zag. Tratando de averiguar qué esconde la primera esquina del camino, los aventureros caminan con cuidado, dejando que Ramma estudie concienzudo el pasillo frente a él, cuando de pronto, unos extraños siseos comienzan a inundar el ambiente. No es en sí el sonido de ningún animal, puesto que son más melosos que la simple advertencia de amenaza de una serpiente antes de atacar, ya que su cadencia y ritmo suaves y elegantes poseen una intención muy distinta. Tanto, como para penetrar poco a poco en la mente de los presentes como un canto de sirena.

Y así, envueltos por el sonido fantasmagórico, Ramma, Tiberio y Li Po son arrebatados de su voluntad, y dejando caer lánguidos sus brazos a ambos lados del torso, comienzan a caminar al mismo ritmo que los siseos hacia adelante. Preocupados por la situación, el resto de los aliados que han sido capaces de resistir el efecto hipnótico del sonido, se miran confusos sobre qué hacer, sacudiendo la cabeza para sacar de ella el extraño sonido. José Domingo, pensando rápidamente, toma una cuerda de su equipo, y rodea las piernas de Ramma, hasta que a éste se le hace imposible andar, y cae de bruces al suelo, momento en que el impacto lo saca violentamente del trance. Con un "pero, ¡¿qué diablos...?!", José Domingo lo deja atrás, recomendándole que se tape los oídos, cogiendo la cuerda y repitiendo la misma táctica con Tiberio quien, de la misma forma, se estrella contra el suelo, quedando su rostro tan manchado de sangre como el de Ramma, quien lo mira confuso, y se levanta para ayudar al aquilonio a incorporarse. Tiberio sacude la cabeza, llena de los breves recuerdos de su trance, momentos de pesadilla que lo preocupan por su intensidad. Este lugar, sin duda, es terrible. "Pero... ¡¿Ésto qué es?! ¡Maldito picto... seguro que ésto es culpa suya!", dice el soldado en voz alta, sin percatarse de que Durkan lo observa con dureza desde la retaguardia, enfrascado en sus propios pensamientos.

Cuando la "técnica de rescate" de la mente es utilizada con Li Po, ésta no hace efecto y, a pesar del golpetazo, el khitano sigue tratando de reptar con sus manos libres hacia adelante, momento en que Ramma y Tiberio lo levantan por las axilas y lo sientan contra la pared, abofeteandolo repetidas veces (con firmeza Tiberio... y con saña Ramma) hasta que lo sacan de su trance mágico, gritando "hijos de una mala madre... pero, ¿qué hacéis?".
Ante el lamentable espectáculo que Li Po, Ramma y Tiberio presentan, los dos últimos con la boca sangrando, y el primero añadiendo a ello un profundo calor y rubor en los mofletes, todos se miran bastante confusos y preocupados, y de reojo echan un vistazo a José Domingo, que está recogiendo un largo trozo de cuerda del suelo y los observa, encogiéndose de hombros con una sonrisa. Es en ese momento cuando Tiberio es consciente de lo sucedido, y se tapa los oídos con dos trozos de tela. Mientras lo hace, a su memoria acuden los breves recuerdos de su trance, los cuales hacen que se cubra su frente de un sudor frío. En los breves momentos de su trance, el mundo se había vuelto más oscuro, y en ese lugar, hordas de monstruosas criaturas deformes con rasgos humanos y reptiles mezclados de forma insana... más serpentiformes que de otro tipo de lagarto... cuyos cuerpos estaban en diversos estados de descomposición animada, brotaban por doquier (reventando suelos, derribando paredes) para arrinconar a Tiberio en mitad de un túnel con el aspecto del vientre de una serpiente, cuya única opción era huir hacia unas enormes estancias adornadas con ominosos signos de Set, o arrodillarse ante las criaturas y rogar por su vida al mismísimo Set. El sonido de gemidos, balbuceos y gruñidos era tan abrumador como el hedor de la muerte y las bestias pululantes, tanto como para despertar el pavor en el corazón más bravo. Sólo la oportuna intervención de Mitra de la mano de José Domingo pudo sacudir la visión de la mente de Tiberio, que ahora se hallaba en un estado emocional entre temor e ira.

Con resolución fruto de su recuerdo, Tiberio indica al resto de sus acompañantes que recuperen la compostura y avancen en dirección al área desde donde se escuchan los cadenciosos y molestos siseos que inundan el aire y se vuelven tan hipnóticos. Así, soportando con tesón el sonido, unos metros más adelante, toda la comitiva gira una esquina hacia la derecha, y pueden observar, además de un pasillo a oscuras que avanza recto hacia su izquierda, una puerta tallada de madera maciza más pequeña que el arco por el que acaban de entrar a estos túneles, frente a ellos en la misma esquina que acaban de sortear, la cual representa el lomo de una serpiente que asciende hacia el techo, con el omnipresente mosaico de todas las criaturas encontradas hasta el momento, y el Símbolo de Set justo en medio, grabada una mitad en cada hoja de la recia puerta, con una argolla para abrir el portón bajo cada mitad del símbolo. Tiberio, mientras señala el portón a Ramma para que estudie se hay alguna trampa que impida el paso a su través o cuando sea abierto, ojea con la antorcha en alto el entorno, y observa en la distancia, casi al límite de la penumbra de la antorcha pasillo abajo, algo grande que se arrastra en dirección al grupo. Durkan, sobresaltado, gruñe "¡Otra serpiente!", y escupe al suelo, maldiciendo en voz alta. Cuando el aquilonio oye la voz alarmada del picto, apunta su lanza en dirección a la criatura reptante, y la arroja con fuerza, pero sin puntería, ya que el arma golpea inofensivamente junto a la criatura, lo que provoca un siseo de agresividad desde el pasillo que ahora es perfectamente identificado por encima de la cadencia sonora del lugar.
"Preparaos. Nos acecha otra gran serpiente", dice con tono de acero Tiberio al resto de la comitiva.
Con dicho aviso, Ramma decide fundirse con las sombras del pasillo, avanzando sigiloso y despacio pegado a una de las paredes, en dirección a la criatura, mientras José Domingo, con pasos gráciles y ligeros, y evidente gesto de confianza, avanza recto y tranquilo, armas en mano, en línea recta hacia el animal.
Cuando Tiberio empuña su arma, presto a cargar contra la criatura, y Li Po repasa su repertorio arcano, tras los cuales Durkan desenvaina su enorme cuchillo, de pronto la penumbra donde la silueta de la criatura se arrastra estalla en una llama roja que envuelve la hoja de una espada corta, sobre la que chisporrotean arcos zigzagueantes de luz azul, y de la que se levanta una blanquecina bruma espesa, iluminando el rostro sobresaltado de Ramma, que es quien empuña el arma tan llamativa. Justo cuando la serpiente que repta también se asusta del despliegue de luz y sonido, el ladrón la apuñala por todo el lomo, abriendo un profundo y largo tajo de un tirón, el cual estalla en llamas a su vez, además de estallar por algunas partes con latigazos de energía azul que destrozan piel y músculo, y en otros lugares la piel se vuelve blanquecina y pierde su color, quebrándose y descomponiéndose en hielo con pedazos de carne muerta. En el momento en que la serpiente se agita espasmódica en estertores de muerte, con su otra mano, el himelio la decapita de un tajo certero.
Cuando la luz del fantasmagórico despliegue de fuerzas sobre el cuerpo de la bestia empieza a disiparse, y José Domingo se acerca para aplicar fuego con una antorcha al cuerpo del animal por si se comporta igual que los que moraban en los jardines subterráneos, de reojo el himelio observa al resto de sus compañeros que se han quedado petrificados, mirando la escena con estupor.
Justo en ese momento de silencio incómodo, todos se dan cuenta de que otro sonido se revela, cuando la puerta del templo comienza a abrirse despacio por sí sola, crujiendo la vieja madera sobre los goznes de las jambas, y tras ella brota un tufo pestilente a carne putrefacta que aviva las visiones del momento de embrujo en la mente de Tiberio, junto con una sensación familiar de reciente deja vu en Ramma y Li Po. Más allá del portón, lo primero que se percibe es un muro de piedra de uno de los laterales que se desmorona violentamente, a través del cual empiezan a brotar brazos, torsos y cabezas de pesadilla exactamente como en el recuerdo del aquilonio, con gemidos y balbuceos antinaturales que acompañan esa visión monstruosa, y la estancia hasta la que las criaturas se abren paso: una gran sala con un altar de piedra, en cada una de cuyas esquinas hay una cabeza de serpiente tallada con la boca abierta, mirando hacia la losa del propio altar de sacrificios, junto a un enorme Símbolo de Set que ocupa toda la pared tras el altar, columnas de serpiente como las de los pasillos exteriores a las estancias, pero mucho más elaboradas e intrincadas, además de unos pebeteros con la forma de cráneos de serpiente con la boca abierta hacia arriba que estallan en unas llamas verdosas al abrirse las puertas, iluminando la habitación con un enfermizo color verde danzante y un aroma a incienso viejo y pasado.

Cuando al menos cinco criaturas están a punto de brotar de la pared que están derribando, y todos tragan saliva al sentir el poder tan oscuro que emana de ese lugar, escuchan el susurro de Tiberio que dice "el horror del Aralu se ha derramado sobre nosotros", y después, el soldado sostiene firme su hacha y escudo, y carga a toda velocidad hacia las puertas que terminan de abrirse, hacia el interior del templo, al grito de...

..."¡¡POR MITRAAAAA!!"

-FUNDIDO EN NEGRO-

CONTINUARÁ

No hay comentarios:

Publicar un comentario