
Con los sentidos alerta, pendientes del lejano zumbido de los insectos entre las brumas, y la solitaria luz de una antorcha para descansar, los dos viajeros comentaban entre susurros su situación, descansando como podían sobre el barro y la tierra húmeda de aquella zona anegada por la lejana inundación que la mujer del círculo druídico había informado.
Pero el tiempo era clave, y los minutos pasaban, para lo que Xing decidió echar un vistazo a una de las cabañas medio en ruinas, tratando de encontrar algún signo reflejo de si aquellas gentes alguna vez fueron adoradores de la naturaleza o poseían algún símbolo de adoración a otros dioses.
Con escaso interés, Yoreil acompañó al monje al interior de una de aquellas cochambrosas construcciones, pero el interés perdió fuerza incluso en el humano al ver el suelo inundado de barro denso y una penosa casucha quizá ya saqueada hacía ya años.
Sin perder más tiempo, los compañeros continuaron hacia las titilantes luces hacia el oeste, cuidadosos sobre lo que encontrarían en el camino.
Y, en efecto, aunque Xing portaba consigo su antorcha-bastón, fue Yoreil quien se percató en la distancia, justo por donde avanzaban tras sortear el bajo murete de aquella granja desolada por la que pasaron, de la existencia de un grupo de espantapájaros entre la bruma de la noche, quietos... inertes... sólo sacudidos por la ligera brisa que agitaba la bruma en formas extrañas. Prudente, informó a su compañero, recordándole la advertencia de Muriel sobre los guardianes de Baba Lysaga.
Cuidadosos, avanzaron tanteando el terreno, e incluso rodearon hacia el norte la formación de figuras, considerando que podrían disponer de algún poder de alarma que las animase al ataque... pero sólo la bruma y la brisa se agitaron en la noche. Extrañados, ambos se acercaron al grupo de horrendos espantapájaros hechos de madera retorcida, paja, cuerdas y viejos sacos de tela mal cosidos en forma de ropa. Y los espantapájaros continuaban incólumes al avance, como si los molestos visitantes no mereciesen su atención. Xing, ofendido por pensar que se habían sobre preparado para aquella memez, se acercó con su antorcha. El fuego iluminaba cada vez mejor los monstruosos espantajos, con sus rostros de sonrisa macabra y horrenda, junto a aquellos ojos hechos de grandes botones.
Intrigado, al fin acercó su antorcha a uno de ellos, y le prendió fuego. Y entonces se desató el caos.
Las chillonas criaturas se agitaron para descolgarse de sus arneses, chasqueando hacia Xing -quien clavaba su bastón-antorcha al suelo-, mientras una comenzaba a arder sin mesura, cuando en la lejanía se vio un fogonazo de llama que brotaba de la mano de Yoreil y alcanzaba al monstruo al que Xing había prendido fuego, haciéndolo estallar en llamas entre chillidos.
Aprovechando la oportunidad, el sobresaltado monje arrojó una andanada de tajos y patadas contra la criatura ardiente, deshaciéndola entre mechones de paja humeante y trapos brillantes, convirtiéndose en un montón tembloroso de restos lastimeros, continuando su labor combativa contra otro de los monstruos, despedazando uno de sus brazos y quebrando parte de su costado.
Sin embargo, las criaturas que se encontraban frente a Xing de pronto transformaron sus ojos de botones en grandes ojos de llamas fantasmales, con enormes bocas de dientes de tela, siseando expresiones horrendas que atraparon en un terror paralizante al luchador implacable. Éste, tembloroso, era incapaz de tomar el control de sí mismo.
Por fortuna, una nueva llama voladora desde una posición más cercana a las espaldas de Xing golpeó a otra de las criaturas quebrada por los golpes del monje, deshaciéndola en un fogonazo de fuego y humo, convertida en ascuas rápidamente.
El entrenamiento de Xing en su monasterio, por su parte, le permitió liberarse del temor momentáneo, a la vez que reaccionó con suficiente velocidad como para estrellar un veloz puñetazo en el torso quebradizo de una de las dos monstruosidades restantes junto con una violenta patada en su pierna, causando nuevos chasquidos en la endeble estructura. Aún así, las criaturas no cesaron en su intento de detener a los intrusos. Una de ellas trató de aterrar a Yoreil para incapacitarlo de sus poderosos ataques, mientras otra trataba de desgarrar lentamente a Xing, quien apartaba sus torpes zarpazos con ágiles manotadas, desviando las trayectorias.
Yoreil, con una nueva sonrisa, inflamó la palma de su mano, enviando su fuego purificador a la criatura medio destrozada por los últimos ataques del monje, haciéndola estallar en una antorcha inhumana que se agitó dando pasos inconexos, para caer temblorosa junto al monje, devorada por el fuego. Xing, por su parte, se convirtió en un torbellino de lances de espada, aguijonazos y patadas, clavando su hoja aquí, cortando un brazo allá y pateando la ingle quebradiza del ser quien, a pesar de los múltiples daños, seguía activo tratando de dañar a su adversario por cruzar la frontera de sus dominios. De hecho sus intentos fueron tan pueriles que el monje ni se molestaba en detener los zarpazos: sólo se apartaba de su avance, ileso.
Y en uno de sus giros de cintura, una nueva antorcha voladora se estrelló en el pecho de la criatura cuando el luchador se apartaba de sus ataques, provocando una última explosión de fuego por los inflamables materiales que la componían. Acercándose a la lucha, Yoreil comentaba con sorna que no siempre el monje lo salvaría a él en una pelea. El humano sonrió con comprensión. Intrigado por su funcionamiento sobrenatural, Xing pisoteó los rescoldos, apartándolos con la bota, y su curiosidad le permitió encontrar una sencilla esmeralda tallada de una forma concreta, adosada a las estructuras de madera quemada del torso de los seres, que al parecer formaba parte del ritual que los animaba. Jugueteando con las gemas obtenidas, continuó su camino junto al druida.
Y, a lo lejos, motivada por su lucha, una sombra cruzó entre las luces cada vez más cercanas (y fijas) en la distancia de lo que parecía alguna construcción más allá de la niebla. Una voz chillona llamó preguntando qué sucedía allí, y la falta de respuesta motivó que la sombra que se movía entre las luces se quedase quieta... a la espera. Preocupados por no llamar la atención, comenzaron a avanzar más despacio y sigilosos, a pesar de la antorcha que llevaba Xing -recuperada del combate- era una silueta luminosa difusa entre la bruma. Avanzando como único foco visible, e indicando a Yoreil que, gracias a su sigilo, se quedase atrás, Xing atrajo toda la posible atención caminando con prudencia hacia lo que le parecía una extraña cabaña -como a Yoreil, en efecto, ya se le antojaba-.
Entonces, desde la entrada iluminada de la misma se recortó una silueta de voz agrietada, preguntando nuevamente quién se encontraba allí.
Xing, alzando la voz a pesar de las advertencias silenciosas de Yoreil, explicó que se trataba de un viajero perdido en busca de cobijo. En ese momento, el monje escuchó unos extraños susurros, seguidos de un movimiento que se acercaba a él a través de la bruma.
E, iluminada por el cerco de luz de su antorcha, apareció una amable anciana de rostro sonriente y un extraño colgante al cuello que se preguntaba cómo un joven muchacho como él se encontraba allí en la noche, con los peligros que los pantanos encerraban. Preocupada por su salud, invitó al joven a entrar a la cabaña a cobijarse y comer algo, mientras miraba a uno y otro lado, como buscando si se encontraba acompañado. Pareciendo satisfecha por su investigación, dejó que Xing le explicase una vez más que era un viajero perdido en la bruma de la noche, alejado de su camino, en busca de refugio. La mujer, entonces, volvió a insistir en que entrase a comer algo y calentarse, a lo que Xing se negó amablemente, preocupado por cómo era capaz de sobrevivir una mujer de su edad en aquel lugar, si tan peligroso era.
Con una risita, la señora indicó que aunque era vieja, se había criado toda su vida en los campos, y le resultaban más fáciles de domar que las urbes. Para ella, la naturaleza no tenía secretos. Entonces Xing fue consciente, merced al griterío que formaron, que dos pequeñas bandadas de cuervos se encontraban encerradas en dos grandes jaulas a ambos lados de la entrada sin puerta de la cabaña de la mujer, montada sorprendentemente encima de un enorme tocón de árbol cortado con enormes raíces. Además de aquellas extrañeza, otro objeto lo fascinó durante un instante frente a la entrada de la casa: un cráneo de tamaño gigantesco, vuelto del revés, flotando a un palmo del suelo, en forma de carro de auriga sin caballos. ¿Qué macabra reliquia era aquella? Ante el sonido de los cuervos, la mujer los mandó callar y volvió a atender a su visita. Cambiando a impaciencia su gesto, una vez más la mujer se dirigió a Xing... pero esta vez su voz estaba cargada de un potente hechizo de orden, en el que le pedía que entrase a la cabaña, descansase allí, comiese, se portase bien... y se quedase con ella siendo un buen chico hasta que pensase qué hacer con él.
Por suerte, la implacable resistencia del monje circunscribió el inmenso poder de la mujer, aunque él la hizo creer que había hecho efecto, acompañándola sumiso, al tiempo que ella se giraba para caminar hacia la cabaña. Los cuervos de nuevo comenzaron a chillar. En su sonido, Xing notaba miedo... pero Yoreil era capaz de detectar una velada advertencia de peligro desde su posición oculta entre la bruma, en cuclillas entre los matojos y el terreno irregular. Así, cuando la anciana se encontraban a unos pasos de la puerta, Xing arriesgó su movimiento.
Veloz como pocas veces había sido capaz, lanzó un implacable puñetazo a la nuca de la señora, que se escuchó como un latigazo. Al alcanzarla, la anciana gorjeó confusa, quedando aturdida del trallazo. Acto seguido, el artista marcial la atropelló con una ráfaga de estocadas junto a una poderosa patada en la sien de la misma. Tan veloz como la mangosta y tan potente como la coz de un caballo, el ataque causó una extraña transformación en la anciana, arrebatándole la magia que la ocultaba de ojos indiscretos:
donde antes había una mujer de aspecto agradable, ahora se encontraba una anciana de miembros retorcidos y rostro anguloso lleno de arrugas, con un extraño peinado colmado de trenzas adornadas de cráneos de cuervo, cubierta por una capa y capucha junto a una toga de colores pardos deslucidos, con un cinturón lleno de abalorios y componentes sobrenaturales.
Sin embargo, tan fiero y potente había sido el ataque, que Baba Lysaga no sabía dónde se encontraba y qué hacer para que el mundo dejase de dar vueltas.
Decidido a no dejar respirar a aquella posible amenaza, Yoreil convocó a la furia de la naturaleza, provocando que el cielo se espesase en un instante, y un terrible rayo golpeó a la mujer con un estallido, causando que todo su cuerpo se sacudiese por la descarga de forma incontrolada entre chillidos.
Incapaz de reaccionar, la bruja apenas tuvo tiempo de girarse hacia quien creía embrujado por su magia, clavándole una mirada de odio. Sin embargo, su atacante sorpresa no cedió a la piedad, volviendo a renovar su esfuerzo en incapacitar a la conjuradora, de nuevo pateándole la mandíbula. El chasquido de dientes dejó volar una muela por los aires, a la vez que los ojos de la vieja giraban desorbitados, tratando de encontrar un punto fijo en el mundo. Incapaz de controlar sus sentidos, de nuevo la mujer recibió dos veloces tajos en el vientre junto a un rápido puñetazo en su rostro. Sangrando por la nariz, la boca y la ropa, el aspecto de la que parecía un monstruo terrible de la leyenda era más bien penoso. Sin piedad con aquella mujer, y acompañado del sonido de la lluvia repentina y el espectacular eco de graznidos de cuervo, Yoreil sentenció una vez más a la mujer a la furia del rayo, atravesando su cuerpo con la rabia eléctrica de los cielos, sacudiendo su viejo cuerpo balbuceante en el estallido.
Parpadeando en un gesto de piedad, la mujer que reconoció en aquel momento su destino final, trató de suplicar muda piedad al hombre que portaba una letal espada pequeña en su mano. Pero no fue aquel filo el que acabó con la vida de la anciana, sino una patada que giró como un mayal por detrás del monje y golpeó en un veloz arco aquella vieja cabeza, provocando un feo chasquido al partir su cuello.
La mujer se desplomó inerte, con los ojos en blanco en el suelo. Baba Lysaga había muerto. Bajando lentamente la mirada al cuerpo de la mujer Xing se percató entonces de que el collar que había en su cuello pertenecía a la Diosa de la Noche, Ahzer.
Acompañados por la cacofonía de cuervos, los compañeros enterraron a la bruja frente a la casa con un rito de Andral oficiado por Yoreil, tras lo que se dirigieron a las jaulas.
Entre ácido, tajos de espada mágica y porrazos de bastón mágico, Xing y Yoreil lograron liberar primero a una de las bandadas.
Al escapar, ésta se mantuvo volando en círculos sobre la casa, hasta que la segunda bandada fue liberada, momento en que ambas partieron hacia el nordeste, sin mirar atrás.
Acompañados ahora sólo por el ruido de la lluvia, los viajeros se asomaron a la casa de Baba Lysaga. Allí encontraron un espectáculo de lo más extraño.
Viejos muebles -clavados al suelo de madera desvencijado de la misma- se repartían por doquier: cama, alacena, mesa de comer, escritorio con papeles escritos y un gran libro, baúl remachado en bandas de acero fabricado desde un barril, bañera de metal manchada de sangre junto a una cubeta... y en el centro una curiosa cuna bien arreglada, en cuyo interior se encontraba un bello niño... un bebé... de cortos cabellos dorados y rizados, sonriente.
Bajo la cuna, una luz verdosa se filtraba hacia arriba por los tablones en los que se soportaba... una luz que Yoreil recordó haber visto hacía poco en las llamas bajo un caldero cerrado y tallado en runas.
Sorprendidos por la presencia del niño, mientras Yoreil se hacía cargo de él, Xing razonaba que le resultaba muy extraño ver su aspecto feliz sin sobresaltarse por la lucha y el estruendo del exterior. El druida hizo caso omiso, acunando y mimando al pequeño, mientras Xing investigaba bajo la cuna. A través de las maderas vio lo que parecía parte de la silueta de una gema verde cuya luz pulsaba como un corazón a menos de un metro bajo los tablones. Y no sólo eso, sino que se percató de que la cuna parecía flotar a una pulgada sobre el suelo. Dadas su sospechas, de pronto se percató de que, tanto la cuna como el bebé eran una extraña ilusión que cubría aquellos tablones. Pero, por más que trataba de explicar y razonar con Yoreil, éste era incapaz de reaccionar a la falsedad de la ilusión. Sin embargo, como se trataba de algo inofensivo, Xing dejó de prestarle atención. Cuando vio que Yoreil creía acunar y dormir al niño, continuaron la investigación en aquella cabaña -siempre procurando no despertar al niño, según el druida-.
Con un suspiro, estudiaron sin encontrar nada importante la cama usada, la alacena con comida y bebida, la mesa para comer y los restos de una cena tardía, así como la bañera con restos de sangre que, al parecer, formaba parte de un embrujo de longevidad que había sido practicado hacía poco. Lo siguiente se trató de ojear el enorme tomo y los papeles del escritorio. Saqueando el material de escritura coleccionado en el mismo -plumas y vasijas de tinta de distintos tipos-, Xing empezó a revisar toda la investigación que parecía estar esparcida en los papeles junto al gran tomo. Lo primero que le llamó la atención, mostrándolo al druida, fue que al parecer los papeles hacían mención a que Baba Lysaga se había encargado de encontrar la forma de educar a su "niño" en la forma más fuerte de arte arcano, para transformarlo en el hombre más poderoso de la región. Un mago sin par que sería inteligente, respetado y temido por todos. Un gobernante sin par. Su "niño". Su pequeño... su hijo... Strahd. Al ver aquello, Xing y Yoreil se quedaron sobresaltados, pues estaban seguros de que ninguna mortal podía dar a luz a un Peregrino, así que desconocían de qué se trataba aquello. Al parecer los papeles mostraban una historia pasada en la que Baba Lysaga velaba desde la llegada de Strahd porque alcanzase su destino y naciese como era debido, pues lo había predicho en una visión. Pero como niño, necesitaría de instrucción, así que ella debía conseguir herramientas apropiadas para mostrarle el conocimiento y el poder. Por suerte, el río le trajo regalos que le permitirían lograr sus objetivos. Sin embargo, pronto Baba Lysaga sintió en lo profundo de su corazón que Strahd había sufrido un terrible destino. Su futuro... su niño... tardaba en llegar. Y ella se sentía muy triste. Y en su tristeza lo vio. Lo "engendró" y lo crio desde la cuna. Allí lo tendría hasta que creciese lo bastante para enseñarle las artes de la magia. Hasta entonces, se ocuparía de descifrarlas. Sorprendidos por aquella historia de locura, los aventureros se fijaron en el gran tomo del que parecía extraer notas. Al verlo abierto, ojearon sus textos, escritos en el lenguaje de la magia. Inquisitivos, ojearon la cubierta del mismo, hecha de un terciopelo azul agradable al tacto, con una gema dorada en el centro del lomo, rematando el simple y elegante diseño. Entonces, ya que habían estado con... él... recordaron que, al sanar la mente de Mordenkainen, vieron que uno de los ropajes con los que se vestía tenía un aspecto muy similar a aquel libro: una suave toga de terciopelo azul liso del mismo color, junto a un collar con una única gema dorada rodeando su cuello.
Ahora entendían por qué aquél fantasma... aquella parte de la esencia mental desarraigada del mago, vinculada de forma subconsciente con un poder que rivalizaba con la misma realidad, se encontraba vagando por los páramos de Baba Lysaga. Quizá mientras la presencia de la bruja se mantenía firme, aquel retazo de pensamiento era inútil para alcanzar sus tesoros... pero los percibía cerca. Y, si el libro de conjuros estaba allí... ¿dónde se encontraba el Bastón? Sorprendidos aún de que Baba Lysaga hubiese sobrepasado las defensas del libro y lo abriese, pensaron que el único lugar donde aún no habían buscado era el baúl. Echando un vistazo al mismo, viendo que no parecía ser un problema para abrirlo, pues no disponía de cerradura -y el cadáver de Baba Lysaga, al registrarlo, no había dado trazas de llevar una llave-. Levantando la tapa, el cofre liberó una oleada de energía eléctrica -ironías del destino- que, aunque Xing consiguió evitar con una graciosa pirueta que lo alejó del estallido, Yoreil recibió por completo en la fuerza de su impacto, lanzándolo por los aires, a punto de matarlo al estrellarlo contra una pared.
Y mientras se recomponía envuelto en humo, el druida sólo tuvo tiempo de ver como dos manos seccionadas brotaban de un salto del cofre, saltando sobre él, tratando de desgarrarle el pecho -sin demasiado éxito-, además de otras tantas que buscaban con ahínco incrustar sus garras en la piel de Xing.
Aturdido por el dolor, y casi hincando rodilla en tierra, sólo tuvo tiempo de ver como Xing aplastaba dos de las manos del suelo con sendos pisotones poderosos, además de arrancar de dos veloces tajos que partieron por la mitad a las dos manos que intentaban arrancar la piel del hueso al druida.
"No siempre vas a ser tú el que me salve, ¿no?", bromeó entre risas Xing, ante la mirada consternada de Yoreil. Recuperándose del susto, y asegurándose de que Yoreil aún podía caminar, continuaron investigando el cofre -a Yoreil ya se le había olvidado el niño y su puñetera madre, después de semejante zurriagazo-. En su interior, además de un tesoro en monedas y gemas, así como diversos objetos que, a pesar de no saber cuales eran sus propiedades, Xing identificó con su saber místico que podrían ser mágicos -incluyendo varios pergaminos de conjuros-. Pero, lo más llamativo fue un cetro de madera azulada con ondulaciones talladas en su superficie, de unos dos palmos de longitud. Curiosos por tal hallazgo, se fijaron en que en un extremo había una extraña esfera dorada con rugosidades en su superficie -los jugadores no preguntaron a qué se parecía, a pesar de describirles los rasgos de un mapamundi en relieve esférico y pequeño-, mientras que en el otro parecía estar adornado por lo que se asemejaba a la base de un pedestal. Al ver el cetro, recordaron haber visto algo muy recientemente en los apuntes de Baba Lysaga. Nuevamente, investigando la parte de la instrucción y los "regalos" que el río le había entregado, encontraron entre las notas que se trataba de una especie de bastón que se replegaba o se extendía a una orden mágica, pero sólo si se habían dominado algunos aspectos del mismo. Contrastando una vez más los inconfundibles colores como "marca de autor" de dicho objeto, casi estaban seguros de hallarse ante el poderoso Bastón de Mordenkainen.
Fascinados por la presencia de ambos hallazgos, aunque sorprendidos de que uno de ellos se mantuviese inactivo y el otro hubiese podido ser abierto, no le dieron demasiadas vueltas, procurando recogerlo para entregarlo a su dueño en su momento. Estaba claro que Baba Lysaga pretendía convertir a Strahd en el lanzador de conjuros más poderoso que Uarowia -y posiblemente Voldor- hubiese conocido. Las herramientas para aquel logro eran, a falta de otro adjetivo, perfectas.
Y, donde en la mente del druida, Xing apartaba la cuna para no dañar al pequeño al manipular las tablas, en la realidad el monje golpeó repetidas veces las mismas hasta destrozarlas y dejar abierto el hueco entre las mismas. Llamando al druida, le mostró el objeto: una gema que atrajo poderosamente la atención y los sentidos sobrenaturales del druida, a un metro escaso bajo las tablas del suelo. El druida, incapaz de apartar la mirada, intentó meter la mano para coger el objeto...
...pero las raíces que rodeaban el hueco cobraron vida, creando unas fauces de madera alrededor del objeto, tratando de arrancar un mordisco el brazo del druida. Sin embargo, sacado de su ensimismamiento, Yoreil quitó a tiempo el brazo antes de verlo destrozado por aquella boca vegetal.
Impactado por la transformación, miró a Xing, quien se percató que aquél evento se parecía mucho a su entrenamiento monástico para desarrollar la velocidad sobrenatural que los monjes poseían para evitar ciertos daños y ataques imprevistos. Así, arrodillándose ante el hueco, tomó aire un par de veces, e introdujo su brazo a toda velocidad en la oquedad. Pero las fauces fueron más rápidas. Con un tremendo mordisco, desgarraron parte de la carne del brazo del monje con dolorosos resultados. Gruñendo de dolor, extrajo la extremidad, sujetándola ensangrentada bajo el otro brazo, hasta que el dolor remitió un poco y le permitió volver a concentrarse. Su orgullo no le permitiría ser vencido por un viejo tronco, e intentó una vez más la proeza, con el otro brazo. En esta ocasión, cuando el chasquido atronador de las fauces de madera sacudió el suelo, acompañado de un temblor con el que la casa se agitaba, como tratando de empezar a moverse, de pronto el puño de Xing brillaba con un fulgor pulsante de color esmeralda. Bajo él, las fauces se retrajeron con un crujido, lentamente, hasta adoptar su natural aspecto de raíces.
A su alrededor, aunque la casa vibraba y se sacudía quejándose, los movimientos fueron calmándose, al mismo tiempo que el fulgor de la gema se apagaba despacio, enlenteciéndose los latidos luminosos... hasta que el resplandor se apagó por completo, junto a la agitación de la construcción... y la ilusión del niño con su cuna. Sacudiendo la cabeza con incredulidad, Yoreil echó un vistazo a la habitación sólo iluminada por unas lámparas de aceite en las esquinas y la antorcha de Xing en la puerta, además de ver en su puño la gema apagada. Con un gesto de triunfo, el monje extendió su mano hacia el druida, entregándole la joya verde, que éste recibió con ambas manos con gesto reverente.
Y, en ese instante, por entre las maderas y desde la puerta, las brumas empezaron a inundar todo cuanto ambos veían a su alrededor. Con un gesto veloz, recogieron las pertenencias y objetos a su alcance, en el momento en que el mundo se volvió blanco a su alrededor, e invisible.
Cuando las nieblas se retiraron, sus pies volvían a pisar suelo firme, y sus ojos recibían la liviana luz del día a través de las ventanas de la Mansión del Burgomaestre de Uarowia... justo en el instante en que habían abandonado aquel lugar, cerca de sus compañeros Bukko, Panit, Katy e Ygrein, quienes discutían acaloradamente con la sacerdotisa por su intervención explosiva en el juicio que había presidido Ismark.
¿Se habían dado cuenta de que el druida y el monje habían desaparecido? Es más. ¿Ellos mismos estaban seguros de que lo habían hecho?
































EL GRIMORIO DE MORDENKAINEN.



Pero a Yoreil aún le quedaba una especie de comezón en la nuca, observando de reojo la luz esmeralda bajo los tablones del suelo junto a la cuna del niño que sólo él era capaz de percibir. Cuando Xing le propuso que ya era hora de ver de qué se trataba aquél resplandor, Yoreil le pidió que, de abrir el suelo, tuviese cuidado con el niño.








CONTINUARÁ
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