¿Por qué Robin el Mediano Ladrón, Taeros el Elfo Druida, y Vitus "El Grande" el Humano Mago decidieron hacer caso del contacto de Vitus: Randy, un importante cargo del castillo del que los aventureros provienen, aunque le esconde un secreto importante?
Apelando a la curiosidad arcana de Vitus, Randy lo había lanzado a la búsqueda del Arcano conocimiento del tesoro de conocimientos y riqueza material de Raylin (el Brujo de Ceniza), mientras que Robin se unía a la expedición por la ambición por la aventura y las riquezas que eso le proporcionaría. Por su parte, Taeros consideraba que el pequeño Robin era una pequeña fierecilla desamparada, más parecida a una cría de conejo sin padres, mientras que Vitus se alegra de que el salvaje Taeros los acompañe a la espesura, pues su salvajismo podría ser de utilidad, a pesar de que debe encauzarlo hacia los conocimientos del refinamiento y las verdades del mundo.
El heterogéneo grupo llegó hasta la cripta olvidada a la que les había orientado Randy, para hallar conocimientos sobre el poderoso mago del pasado Raylin. El lugar subterráneo aparecía abandonado y en ruinas, con cascotes por doquier, el suelo de losa rasgado, y huesos de tres cadáveres esparcidos, cerca de una escalinata que llegaba hasta un altar que encumbraba la gran estancia.
Cuando los aventureros se adentraron a la estancia, mientras Vitus quedaba retrasado estudiando un arco de piedra que formaba el acceso hasta la cripta, adornado por tallas de cráneos y runas, los esqueletos se sacudieron de pronto, comenzando a castañetear sus mandíbulas descolgadas mientras se desperezaban, y amagaban falsas muecas de conversación sin emitir un sonido. Vitus, conjurando una iluminación que ayude en la penumbra del lugar, permite que sus aliados preparen su ofensiva, aunque uno de los esqueletos se siente atraído por el poder de esa magia. Mientras el esqueleto avanza a toda velocidad, Taeros decide convocar su forma de Oso de los Bosques (coronado por los Cuernos de Alce del Druida) para enfrentarse a las amenazas, protegiendo con su corpachón al Mago que inflamaba su luz mágica para inundar el entorno, al tiempo que Robin golpea el pecho del esqueleto que avanzaba con un certero flechazo que deshizo su caricatura osea de vida en pedazos. Los compañeros osamentas, no demasiado contentos con la actitud del Mediano, se abalanzaron sobre él. Uno le rasgó el pecho con una esquelética mano que robaba la vida, al tiempo que Taeros embistió al atacante hasta estamparlo contra un montón de rocas, dejándolo destrozado. A su vez, Vitus concentró su poder arcano en dos nodos de energía verde relampagueante que despedazaron en un estallido fulgurante al último esqueleto en la distancia. El esqueleto embestido por Taeros trató de atraer los restos óseos de sus camaradas con su poder del inframundo para curar sus heridas, pero un zarpazo ursino acabó con sus deseos de defenderse y sus pedazos volando por los aires. Taeros se decide a masticar precavido con su cráneo de oso los huesos para que no vuelvan a alzarse, momento en que la calavera desperdigada del último enemigo vibra, con unas chispas púrpura brillando en las cuencas de sus ojos. Una voz cavernosa surge de ella: "Randy os envió aquí para morir, jejeje... Necesita el alma de Robin... y la tendrá, cueste lo que cueste...". Después, deja de agitarse y vibrar, dejando un ambiente amenazador en el silencioso lugar.
Tomando un respiro, Robin estudió con más detalle el altar, descubriendo que unas hebras de energía antinaturales lo rodeaban, conformando una ingeniosa trampa mágica que podría robar la vida si alguien entraba en contacto con ellas. Al parecer, dos cráneos tallados (uno a cada lado del umbral), cuyas cuencas oculares eran menos profundas, podrían ser la clave para desactivarla, a lo que, sin esperar apoyo de sus aliados, Robin pulsó las cuencas del cráneo más cercano.
Un temblor sacudió la estancia, y sonidos de rocas agrietadas y movimiento de mampostería revelaron que una respuesta a aquella pulsación del cráneo de roca se ponía en marcha: un derrumbe de piedra cerraba el acceso por donde los aventureros habían entrado, al tiempo que la trampa de luz del altar comenzaba a brillar con mayor intensidad y a crecer en oleadas a su alrededor, como presagio de una explosión de magia arrebatavida.
Aún intentando comprender el mecanismo de activación de la trampa combinada, que debería haberse pulsado a la vez dos cráneos rocosos a ambos lados del arco de la entrada a la cripta, tratar de hacerlo después de activarse el mecanismo de seguridad mostró ser absolutamente inútil, momento en que la entrada quedaba bloqueada por un copioso derrumbamiento.
Taeros se percata de que un nicho a la derecha de la entrada, entre ésta y el altar, parece más profundo, y podría ser un buen lugar donde protegerse de la oleada de poder. Así, Robin salió disparado y saltó con una ágil pirueta para introducirse en la oquedad, mientras Vitus tropezaba con sus faldones y Taeros lo elevaba sujeto entre sus cuernos para arrastrarlo con él, sufriendo parte de la explosión que castigaba de refilón a su aliado mágico. Cayendo al interior del profundo nicho, el corpachón ursino empujó con un sonoro impacto la pared trasera del mismo, desplazándola y mostrando un pasadizo, al tiempo que su forma animal se deshacía, habiendo absorbido una cantidad desorbitada de castigo, dejando inconsciente al druida. Al mismo tiempo, parte del techo de la cripta caía sobre el altar, destrozándolo y revelando una oquedad en su interior.
Preocupados por lo sucedido, los viajeros deciden descansar.
Vitus, recomponiéndose y estudiando su poder, ilumina el lugar tras el nicho donde parecen estar tranquilos, y de pronto escucha un susurro innatural que proviene de ningún lugar e intenta averiguar quién se atreve a profanar el último reposo de la moradora de la cripta.
Vitus, conjurando magia sobre una roca, llevada en volandas por un sirviente invisible, observa la cripta chamuscada por magia salvaje dejada atrás, en la que se forma una imagen superpuesta translúcida de lo que parece un lugar de adoración sobre un altar totalmente renovado, en el que una mujer ora ante un símbolo divino, leyendo las páginas de un libro.
La mujer, al mirar hacia Vitus, muestra la mitad de su cuerpo arrasado por fuego mágico y descarnado su rostro, y se presenta como Velinia, Sacerdotisa de la Diosa de la Codicia Egrevius. Ya que los aventureros han profanado su lugar de reposo final, exige una compensación. Vitus, negociando con su conocimiento de que el lugar fue antaño donde Raylin ocultó conocimientos sobre su tesoro y logros arcanos, sonsaca a Velinia que ésta pereció a manos del brujo y éste dejó allí una pieza de conocimiento que podría ser de Vitus si éste promete liberarla de su cautiverio inmortal. No obstante, al permitirle acceder a ese conocimiento, hasta que Vitus encuentre la forma de dejarla pasar al Reino de la Muerte, la mujer fantasmal compartirá su mente y sus sentidos con los del mago, haciendo que ambos sufran por la experiencia, además de informar al mago sobre qué hay más allá del pasadizo del nicho protector. El mago accede, aunque no sin antes el raudo Robin percatarse de que algo metálico brillante y enjoyado parece estar dentro del altar hundido.
Adelantándose a Vitus, Robin introduce su manita entre las grietas del altar, y un chispazo de energía residual de la trampa de explosión arcana advierte que podría hacerlo volar por los aires.
Por su parte, VItus observa lo que parece un cilindro de metal noble y piedras preciosas dentro del altar, y trata de descargar la magia residual utilizando sirvientes invisibles que son inagotablemente deshechos por dicha magia.
Al final, Robin intenta apoderarse del objeto con la torpe ayuda de Taeros y Vitus, y al agarrar el cilindro es alcanzado por la magia residual, cuyo restallido lo lanza por los aires.
Cuando se incorpora y recupera, estudia el cilindro con la ayuda de los conocimientos de ingeniería de Vitus y uno de sus libros de sabiduría, percatándose de que se trata de un puzzle de gemas pulsadas y movidas para abrir el cilindro, cuyo fallo llevaría como consecuencia la destrucción de lo que se encontrase en su interior.
Una nueva manipulación de este mecanismo hace que se escuche un siseo en su interior y se escape una nubecilla de humo. Con un gesto brusco, Robin arroja lejos el objeto, que estalla en una llamarada alquímica, dejando sólo pedazos de metal noble, gemas desperdigadas y trozos de pergamino quemado. Menuda pérdida de tiempo.
El grupo, azuzado por Velinia, quien indica que, a pesar de no haber averiguado nada sobre el pergamino, el pacto sobre su libertad sigue en pie so pena de atormentar las existencias de Vitus, y ahora de Robin, que decidió apoderarse del cilindro sin permiso, se adentra en el pasadizo trabajado más allá del nicho, por un ancho sendero de manufactura antigua, abandonado pero no ruinoso, hasta alcanzar una puerta de hierro cerrada a cal y canto. Robin, frotándose las manos, comienza a manipularla con bastante habilidad. Sin embargo, Taeros y Robin, al comentar que habían quedado pedazos chamuscados de papel del interior del cilindro destrozado (cuyos pedazos vendibles habían sido acaparados por Robin), despiertan el interés de Vitus por un viejo ritual de reparación de materia, haciéndole volver sobre sus pasos.
Acompañado por Taeros, la luz portada por su sirviente invisible le revela en ese momento los arcos de piedra que sostienen el techo del pasillo, y como uno en el centro del recorrido parece estar formado por los brazos y las alas de una construcción monstruosa de piedra, la cual en el fondo no es tal, sino una gárgola amenazante que salta sobre Vitus. Taeros, embistiendo el cuerpo de su aliado, lo aparta del peligro para recibir un garrazo en su espalda. Mientras Vitus se recompone, Taeros se propone entrar en liza con el ser, pero no tiene tiempo al notar los zumbidos de una lluvia de flechas que su pequeño compañero Robin, oportunamente, ha arrojado sobre la gárgola al escuchar el ruido de la lucha.
Así, alentados por el afán de Vitus por resolver el misterio de la cripta, se acercan para recoger los trozos quemados de pergamino, cuando perciben que, tras el derrumbamiento inicial, manos con garras de roca intentan apartar la mampostería, así como chillidos sobrenaturales. ¡Más gárgolas! Huyendo de vuelta, en las mentes de Vitus y Robin resuena la voz iracunda de Velinia, quien les promete que la Codicia de Egrevius no es sólo de bienes materiales, sino también de almas de quienes osan profanar sus dominios e incumplir sus promesas. Taeros, malhumorado por todo aquel desatino de criaturas antinaturales, se transforma en un poderoso caballo al mismo tiempo que Robin abre la puerta de metal algo oxidada, y acepta cargar en su grupa a Vitus y Robin, para cruzar el umbral de la puerta. Más allá, una sala abovedada y sostenida por columnas con forma de una mujer con riquezas de distintos tipos sostenidas entre sus adornaban la estancia, así como un símbolo de las manos de abundancia de Egrevius en el propio suelo. Más allá, una puerta de piedra con troneras parecía dar al exterior de esta pequeña capilla abandonada, además de las formas de cuatro gárgolas adosadas a las esquinas de la sala, observando a los profanadores.
Aunque las criaturas, con un chillido, intentaron abalanzarse sobre los tres compañeros, con un relincho de cólera, Taeros se lanzó contra la puerta de piedra, abriéndola con un poderoso impacto de sus cascos. Así, bañado por la luz del mediodía, el poderoso caballo Taeros se alejaba de aquel lugar de perdición con sus jinetes Robin y Vitus, a los que pediría explicaciones más adelante.
FIN DE LA PRIMERA SESIÓN.




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